Zane Grey se va de pesca, por Javier Reverte

En los recuerdos de la gente de toda mi generación, el nombre de Zane Grey permanece escrito, si no con letras de oro, desde luego que con letras bien férreamente hincadas en la memoria.

JAVIER REVERTE

En los recuerdos de la gente de toda mi generación, el nombre de Zane Grey permanece escrito, si no con letras de oro, desde luego que con letras bien férreamente hincadas en la memoria. Sus historias del Oeste eran, para los niños, una buena manera de escapar a lomos de la imaginación de la realidad del mundo cutre de la posguerra. Era uno de nuestros autores favoritos, junto con Burroughs, el creador de la figura de Tarzán, y Oliver Curwood, que relataba historias de buscadores de oro en el Yukón. Grey, como los otros dos citados, es sin duda un narrador de segunda fila, pero a mí me gustaba más que Salgari, cuyas historias de piratas me parecían demasiado alejadas de la realidad. El escritor americano, no obstante, se esfumó de mi vida en cuanto abrí el primer libro de Jack London. Con London me di cuenta, a la edad de trece años más o menos, de lo que era literatura y lo que no lo era.
Yo no sabía que Zane Grey trabajó como dentista antes de que sus amenas novelas del Oeste le hicieran multimillonario. También desconocía que fue jugador profesional de béisbol. Y desde luego, no tenía ni la más remota idea de que su gran pasión era la pesca. Así que tomé con curiosidad un libro recién aparecido de Zane Grey, nunca traducido al castellano: Relatos de pesca en mares vírgenes, de Ediciones del Viento. En mi opinión, sin duda es el mejor libro de este autor olvidado. Relatos de pesca en mares vírgenes es la crónica de un largo viaje de Grey con un grupo de amigos y parientes por la costa del Pacífico, entre las Islas Galápagos y California, dedicados a la captura de grandes peces. El viaje se realizó en el año 1925, a bordo de una goleta del propio Grey, la Fisherman, que contaba con 56 metros de eslora y 11 metros de manga.
Zane Grey nos retrata en esta obra con gran tino, e incluso poéticamente en muchas ocasiones, las inmensas soledades del océano. De este modo narra su partida de una deshabitada isla tropical, después de disfrutar de varias jornadas de pesca: "La isla del Coco se erguía a nuestras espaldas, su hilera de picos recortándose contra el cielo cuajado de estrellas; misteriosa y distante, celosa de sus secretos. Yo era reacio a marcharme y a la vez me alegraba. Aquel era un lugar en donde no hubiera querido quedarme más tiempo. Hay sitios que son demasiado primitivos para el bien del hombre: que remiten de forma extraña a las edades pasadas y a sus más profundos instintos".
Pero lo más imponente de Relatos de pesca en mares vírgenes es el retrato de la naturaleza bravía y de un océano salvaje. Así, por ejemplo, narra un momento dramático que acontece durante una jornada de pesca: "Apareció la cabeza de un atún, de la que Bob tiraba hacia arriba con la caña como un gigante. Y entonces vi el enorme y ancho morro de un tiburón que llevaba el atún en la boca. Bob tiraba para no perder el atún; el tiburón hacía lo mismo; y los otros tiburones peleaban por conseguir lo que fuese. El gran tiburón se había tragado el atún hasta las branquias. De repente, Bob se tambaleó hacia atrás, balanceando la cabeza cortada. En el agua se produjo una horrible conmoción. Nos acercamos más y más y me quedé asombrado al ver una docena o más de tiburones grandes justo bajo la superficie, una imagen hermosa y a la vez horrenda. Bob hizo oscilar la cabeza del atún sobre la superficie y los tiburones se arrojaron a ella. Eran tan violentos como tigres y tan accesibles como ovejas. Un marinero clavaba el arpón en sus cabezas cuando intentaban hacerse con los restos del atún".
El libro de Zane Grey deja en el lector una sensación de profunda tristeza, porque estamos leyendo algo sobre un mundo ya desaparecido, una naturaleza inhóspita y un mar salvaje que hasta hace menos de un siglo convivían con el ser humano y le ofrecían la ceremonia de una agradable existencia plena de vigor y de poder. Nosotros la hemos matado.