Nueva York otra vez

Mariano López traza un retrato poliédrico de la ciudad en el que caben tanto los datos históricos como las anécdotas sustanciosas

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Nunca terminaremos de hablar de Nueva York, sobre todo cuando nos referimos a las ciudades que amamos. Y si además de eso se trata de escribir a propósito de un reciente libro sobre la gran urbe americana, mejor que mejor. Lo digo porque acaba de ver la luz una publicación, del sello Tintablanca, que me parece, en principio, curiosa, y, como producto literario, un acierto. Que sea o no comercial es otro asunto: uno no es experto en la materia. El hecho es que la editorial citada ha lanzado una original colección sobre ciudades del mundo que arranca con varias capitales importantes del planeta –entre otras, Roma y París– y que sitúa a Nueva York como una de las más destacadas en sus primeros títulos. Resulta una idea de lo más atractiva.

La colección se dirige a un público viajero, pero no es en absoluto una guía tradicional. No hay noticias de restaurantes, hoteles, transportes, precios y todos esos datos –por lo demás tan útiles en ocasiones– que pueblan las guías viajeras. Podríamos decir que este es un libro fundamentalmente literario y, al tiempo, pictórico, pues al texto le acompañan una buena cantidad de dibujos. Pero es algo más todavía…

Estos libros de Tintablanca se publican con un generoso número de páginas en blanco cuya función no es otra que animar al lector a participar en la elaboración del producto. Me explico: al final de cada capítulo aparecen siempre varias hojas en las que el viajero puede anotar sus impresiones, si lo desea, como una especie de diario. Y las últimas páginas del libro, ofrecidas en un estupendo papel, se destinan a que el dueño del ejemplar pueda acomodar sus propias creaciones, si es aficionado a la pintura.


Mariano López traza un retrato poliédrico de la ciudad en el que caben tanto los datos históricos como las anécdotas sustanciosas


De ese modo, ¿cómo definir este trabajo que cabe en el bolsillo de un chaquetón o en una pequeña mochila de trotamundos? A mí se me antoja que es algo así como un libro participativo. Quiero decir que, al abrirlo, el viajero no va a convertirse en un ser pasivo que recibe información sino que toma parte en ella aportando sus reflexiones y, si así lo desea, sus visiones pictóricas. Es, pues, un libro de creación que sirve a cualquiera y que no está diseñado para escritores o especialistas. Cualquiera puede sentirse autor o artista con este invento. Y guardarlo, claro, para sus nietos.

De la colección tan solo conozco el libro de Nueva York. Pero cabe decir que el texto es espléndido y los dibujos magníficos. La buena escritura de Mariano López nos traza un retrato poliédrico de la ciudad en el que caben tanto los precisos datos históricos como un gran catálogo de anécdotas sustanciosas. Y los dibujos de Miguel Ángel Berges recuperan para nuestra nostalgia los perfiles de la ciudad amada.  

En este Nueva York viajamos en taxis amarillos y nos asomamos a las tabernas, a las alturas del Empire State con su King Kong a bordo, a la estatua de la Libertad, al Central Park, a las bóvedas de Rafael Guastavino en la Central Station, al poeta borracho Dylan Thomas, a la generación beat de Ginsberg y Kerouac, al jazz del Cotton Club y del Blue Note, al Chelsea Hotel, a la High Line y al neón de Broadway. Se puede respirar Manhattan con la pluma de Mariano López y el plumín de Miguel Ángel Berges.

En suma, un paseo por “la ciudad de las ciudades” puede convertirse en un acto casi creativo con este libro en la mano, pues uno se anima a pensar la ciudad y a recrearla en su interior y en su cuaderno.