Yibuti, por Javier Reverte

Los yibutíes se "ponen" a toda hora ciegos de "kat", una hierba euforizante que despierta una especie de pereza ensimismada.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hace unos pocos meses anduve por tierras de Yibuti, en un viaje cuyos motivos son difíciles de explicar ahora, por falta de espacio y de interés.Ya en el año 2000, yo había tratado de llegar en tren hasta allí desde la ciudad etíope de Dire Dawa, pero las cosas se complicaron con los visados y no pude realizar el viaje. Me quedé entonces en Dire Dawa y me acerqué a la ciudad de Harar, la urbe musulmana en donde Arthur Rimbaud dejó para siempre la poesía para dedicarse al tráfico de armas y de esclavos. El negocio no le salió como esperaba y murió joven, pocos años después, a causa de la gangrena que le devoró una pierna. En cuanto al tren que unía Etiopía con Yibuti, hace un par de años que ha desaparecido. Los chinos, los nuevos colonizadores de África, están construyendo uno nuevo.

Aquel es un territorio hostil, en el que resulta difícil imaginar qué narices pinta allí el ser humano.En el pequeño territorio que ocupa este Estado (23.200 kilómetros cuadrados, equivalentes a dos tercios de Cataluña) habitan algo más de 800.000 personas, casi todas concentradas en la ciudad de Yibuti.Es un país tendido en un recodo del golfo de Adén, entre Eritrea, Etiopía y Somalia, en donde apenas se puede respirar fuera de la estación de los monzonesque soplan del noreste, entre los meses invernales del invierno y el inicio de la primavera. Durante el verano, las temperaturas pueden alcanzar los 55 grados sobre cero, mientras sopla eljamsin,el viento del desierto.

No hay cultivos en el pequeño territorio que ocupa el país ni riqueza mineral alguna.Y la pesca, aunque muy rica en aquellas aguas, no parece interesar demasiado a los yibutíes, que apenas la explotan. El país sobrevive con los ingresos que le produce el puerto que da al golfo de Adén y que es la salida natural al Índico de la vecina Etiopía, un país sin riberas marinas. Su independencia, lograda por acuerdos con Francia -antigua potencia colonial- en junio de 1977, la protegen unos miles de legionarios franceses.Si uno no puede explicarse qué pinta allí el ser humano, más difícil es explicarse qué pintan los franceses. ¿Añoranza de un pretérito imperial?Pierre Loti, el famoso trotamundos francés, lo describió como un país de guijarros y sol, y dijo:"Nada se mueve, todo está muerto de calor. Solo se oye el zumbido de los insectos. ¿A qué hombres puede alimentar una tierra semejante?".El escritor y viajero español Ander Izaguirre, en su estupendo libro El testamento del chacal, añadía:"El sol de Yibuti mata de vez en cuando, por insolaciones, deshidrataciones, colapsos, ataques cardíacos. Pero funde cerebros con mayor frecuencia".

No es de extrañar que el calor ataque a la razón. Y tal vez por ello, los yibutíes seponena toda hora ciegos dekat,una hierba euforizante que, bien masticada dentro de la boca para extraer su jugo, despierta en el consumidor una especie de pereza ensimismada.Elkatno se cultiva en Yibuti porque allí no se cultiva nada. Llega a diario por toneladas en un avión desde Etiopía -o en el tren, cuando lo había- y la gente gasta en su consumo casi tanto como en alimentos. Yo lo probé una vez, en la ciudad etíope de Bahr Dar, y la verdad es que no me produjo efecto alguno.

¿Qué más de Yibuti? Anotaremos que allí está una de las depresiones más hondas del planeta, el lago Assal, a 157 metros bajo el nivel del mar.Más abajo, dicen, queda el infierno. Aunque, recorriendo el país, uno llega a pensar que el infierno está arriba.