...y santuarios, por Jesús Torbado

Hay lugares santos, mágicos y misteriosos. Conocerlos, incluso venerarlos, es pasión de buenos viajeros.

Jesús Torbado
 | 
Foto: Raquel Aparicio

Comentábamos ayer, hace cuatro semanas, algunas hazañas de la gente viajera relacionadas con los santos y cómo entre estos los había buenos, malos y apócrifos. E insistimos en la rareza de que para los fieles cristianos existieran santos maravillosos, tipo San Antonio de Padua, y otros nefastos o ridículos, a quienes suele llamarse santones, saddus, magos, chamanes o cantamañanas. Mas quedó en el teclado un asunto que sin duda tiene grande y evidente interés para los viajeros. Me refiero a la cuestión inmobiliaria, es decir, a los lugares en que los santos han ido asentando, con la ayuda de sus devotos, su santidad. Quien se haya interesado por el asunto, como quien esto con toda piedad escribe (atención a su libro de 2001 ¡Milagro, milagro!), se asombrará de que hasta hoy mismo las Vírgenes que se aparecen continuamente por todo el orbe católico lo primero que piden a sus visionarios es un bonito lugar de adoración: que les levanten una iglesia, o un santuario, o un convento... Lo logran casi siempre. A partir de un elemento modesto (un pino, una encina, una cueva, un riachuelo, un fresno -en El Escorial, por ejemplo-), nacen iglesias memorables y suntuosas. Tal pasión no solo no es novedosa sino que es elemento ancestral. Todas las religiones han establecido lugares santos y en ellos han crecido incluso ciudades enteras. Los viajeros expertos saben lo apasionante que resulta acercarse a ese sitio y disfrutar de los abigarrados ambientes y devociones. En los alrededores de nuestra descoyuntada patria, sin ir más lejos, están establecidos dos de los más visitados y suntuosos. La razón de su éxito, lógicamente, es la curiosidad de que allí se practican milagros. Añadida al márquetin correspondiente. Una visita a Fátima o a Lourdes explicará la potencia de la fe y sus altísimos beneficios. Tanto si sus elementos funcionales son ortodoxos como heterodoxos, reconocidos, rechazados o dudosos. Pues ya ni es necesario ser católico o creyente para estar convencido de que las visiones que allí ocurrieron fueron ciertas y benévolas. También es patente el beneficio material que este asunto reporta a cuantos lo manejan, a autoridades religiosas, civiles, militares y mediopensionistas, amén de comerciantes diversos.

En cada región o país aparecen docenas de estos sitios e incluso se suceden en idéntico emplazamiento los santos o dioses que los colonizan. Al igual que donde hubo un templo paleolítico, hubo después uno griego o romano y después -hablando de nuestros territorios- una iglesilla visigoda y más tarde una mezquita islámica para concluir en una soberbia catedral (pongamos el espacio sagrado de Córdoba, el que en estos días todos quieren guardar en la faltriquera, incluso los comunistas más ateos, con la excusa de las riquezas del pueblo), al igual que esa antiquísima tradición universal, los santos en sí mismos mudan de cara o de aspecto allí donde estuvieron para seguir estando. Efectivamente, hay lugares santos, mágicos, misteriosos, a lo largo de todo el mundo. Visitarlos, conocerlos, incluso venerarlos, es pasión de buenos viajeros. Así se originaron las peregrinaciones históricas y el desarrollo de esos mismos lugares. Incluso al margen de lo que se crea. ¿Es verdad que acudió la madre de Cristo a posarse en un pilar, como en Zaragoza, o en vuelo rasante a Loreto en Italia, o en una tela a Guadalupe y en otros miles de sitios? ¿Y llegó a Compostela el errabundo apóstol Yago dentro de una barca de piedra? Lo importante quizá es lo que hoy sobrevive de la leyenda o de la creencia.

Hace un par de años, recorriendo templos y ruinas griegas en la costa turca (viaje que recomiendo con fervor) fui a dar frente a las ruinas de la antigua Myra (hoy Demre o Kale, que de las dos maneras la llaman), al sitio del que fue obispo San Nicolás, Santa Claus o, más torpemente, Santa para los nórdicos sintéticos y protestantes. Allí, cerca de un grandioso monumento al tomate (que con las naranjas es el sustento económico del pueblo) se arraciman diversos edificios en memoria y explotación de aquel clérigo milagroso cuyo sarcófago (falso, claro) debe de estar vacío, pues los italianos ya robaron los huesos del aquel patrono de los niños, las vírgenes, los marineros y de los viajeros en general. Y de Rusia, desde luego. Recé unas oraciones, compré algunos suvenires y seguí buscando santuarios insólitos, curiosos, estupendos. Sí, el mundo está repleto de ellos. Da gusto.

// Outbrain