Wilderness por Javier Reverte

El término con el que empiezo este artículo se podría traducir como Salvajura, que rima con aventura literaria. Años atrás, cuando veía a las multitudes en las playas de agosto deseaba largarme a la "Salvajura".

Javier Reverte

Me gusta el término con que encabezo este artículo. Es una palabra inglesa que no tiene una traducción precisa en español. Es algo así como lo salvaje, lo incultivado, el desierto, el vacío, la soledad..., todo eso junto y algunas cosas más. También es lo peligroso, lo que niega la civilización, lo que queda un poco más allá de la línea de sombras. Quizás en portugués sí existe la palabra precisa: "sertao".

Yo la echo de menos en mi lengua y, a lo mejor, si nos arriesgásemos a crearla, tendríamos que decir algo así como la "salvajura". No tiene un sonido muy bonito, desde luego, pero rima con aventura y con literatura. Algo es algo. No suelo asomarme a las playas en verano, aunque pueda comprender que la gente necesita del mar y no tiene otra manera de acercarse que ir durante las vacaciones estivales. Sin embargo, cuando lo hacía, años atrás, siempre me venía a la cabeza una canción de Lou Reed: Take a walk on the wild side (Date una vuelta por el lado salvaje).

Quiero decir que, cuando veía las multitudes en las playas de agosto, deseaba largarme al wilderness, al sertao, a la salvajura. En el fondo no sé muy bien por qué no lo hacemos. Echarse una bolsa al hombro y aposentarse en una costa tropical, lejos de este lado de lo civilizado, no es tan difícil ni seguramente demasiado costoso. Se puede vivir con toda tranquilidad comiendo un pez y un par de plátanos al día, bebiendo unas cervezas -en todas partes del mundo hacen cerveza más o menos correctamente- y vestido tan sólo con unas bermudas.

Si uno aprende a olvidarse de las obligaciones de la sociedad, pronto olvidará sus ritos. Y si deja de lado sus ritos, no tendrá que gastar corbata ni ponerse camisas a juego con los zapatos. Es más barato ser natural que sofisticado, más sencillo el wild side que el sitio correcto. Claro está que las grandes cadenas hoteleras han descubierto el hambre humana por el trópico y resulta ya difícil encontrar un lugar en donde no haya un resort de esos en los que te ponen una pulsera de colores en la muñeca, con la que tienes derecho a comer y beber lo que quieras, a asistir a los festejos, a tumbarte en una playa acotada y a bailar por las noches a la luz de la Luna.

Eso sí, con la condición de no salirte de la verja, casi siempre guardada por agentes de seguridad armados hasta los dientes que impiden la entrada de las gentes miserables que habitan las localidades cercanas. El wild side no es ahora la soledad tropical sino más bien la humanidad incontrolada, la que el sistema no acepta simplemente porque la forman gentes que no disponen de dinero y que, por lo tanto, al carecer de medios económicos, no consumen.

Lo salvaje, lo inculto, lo desértico y lo incivilizado es situarse al lado contrario del consumo. En suma, que si no gastas, no eres nadie: casi un salvaje. Me gusta recordar una frase de un joven norteamericano que se llamaba Chris McCandless, un muchacho universitario que se largó por las buenas a Alaska después de regalar o vender cuanto poseía, y apenas sin equipaje se perdió "in the wilderness". No tuvo suerte: meses más tarde apareció congelado.

En su diario estaba escrito lo que sigue: "El núcleo esencial del alma humana es la pasión por la aventura. No eches raíces, no te establezcas. Cambia a menudo de lugar, lleva una vida nómada, renueva cada día tus expectativas". A lo mejor, el pobre Chris Mc- Candless se había inspirado en la película Jeremías Johnson, de Sidney Pollack, que tan bien protagonizó Robert Redford. Y fue demasiado lejos en su vocación de soledad y de rechazo a lo civilizado.

Sin llegar a ese límite casi suicida, la verdad es que resulta bastante atractiva una apuesta de tal calibre. Pero en estos casos, digo yo, es mejor ir con brújula. No creo que los avances de la ciencia sean incompatibles con "the wilderness".