Welles, por Javier Reverte

Orson Welles era un gran viajero. Dijo una vez: "Nunca me he subido a un tren sin sentir que mi espíritu se animaba".

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Este año se ha cumplido un siglo exacto del nacimiento de Orson Welles, uno de esos genios que de pronto nos regala la vida y que viven junto a nosotros un tiempo, asombrándonos con una obra monumental muchas veces incomprendida y se van de tapadillo, dejando al mundo perplejo cuando su sombra deja de proyectarse sobre la tierra. Welles estuvo por encima de la vida de los hombres comunes en muchas de las facetas de su intensa existencia: a los 20 años ya había sido portada de Time y, pocos más tarde, ya había triunfado en la radio, la incipiente televisión y el cine. Y lo merecía. Muchas de las escenas de sus películas están grabadas en mi retina a fuego y también la sonrisa pícara del perverso Harry Lime.

Sin embargo, en sus últimos años apenas logró trabajar para el cine y las puertas de Hollywood se cerraron ante sus narices. Los grandes magnates del cine -un arte para el que se precisa poner a rodar mucho dinero- le volvieron la espalda. No por su fuerte personalidad, que la tenía sin duda, sino porque no se avenía a ningún tipo de trato sobre las obras que ponía en marcha. Le sucedió como a D.W. Griffith, el director de El nacimiento de una Nación y el inventor del cine como arte, que murió venerado por todos y sin conseguir fondos, durante su últimos quince años, para rodar una nueva película.

He leído estos días, en homenaje suyo, el libro de conversaciones con Peter Bogdanovich, autor de la memorable The Last Picture Show, y también de un maravilloso libro de conversaciones con John Ford. (Por cierto, que en una famosa entrevista publicada por Play Boy en 1967, cuando le preguntaron a Welles quiénes eran los directores a los que más admiraba, respondió: "A los viejos maestros. Me refiero a John Ford, John Ford y John Ford"). En el libro asoma un Welles lleno de juventud, melancolía, una cierta ingenuidad y nada resentido con su suerte. Este monstruo de la realización cinematográfica consideraba que el papel del director en el cine estaba sobrevalorado y daba toda la importancia al actor. Decía, por ejemplo, de Gary Cooper: "Se le ve trabajando en un plató y se piensa: ‘¡Vaya por Dios, tendrán que volver a rodar esa escena!''. Casi no parecía estar allí. Y después, se ve la escena y el actor ocupa toda la pantalla... Es la personalidad. ¿Por qué la cámara empequeñecía a Laurence Olivier y engrandecía a Gary Cooper? ¿Hay alguien que sepa algo de técnica ante la cámara?".

Welles murió con 71 años y sus cenizas están en lo hondo de un pozo, en España, en la finca de un torero, Antonio Ordóñez, pues el cineasta, como Hemingway, era un apasionado de la llamada fiesta nacional. Entre sus proyectos estaba el realizar una película sobre los toros, sobre la rivalidad entre un torero viejo y uno joven. No llegó a empezarla.

Murió, pues, a una edad muy temprana para un hombre que afirmaba: "Cuando tenemos 20 años, o 70 u 80, es cuando hacemos nuestra obra más grande. La juventud y la vejez son los mejores tiempos, debemos conservar la edad provecta como un tesoro y considerar genial la capacidad de funcionar de la edad anciana". Él había hecho casi todo a los 20 años, pero pensaba que todavía le quedaba mucho por hacer. No le dejaron.

Era un gran viajero y se pasó la vida saltando de país en país, no siempre por razones de trabajo. Me gusta algo que dijo en una ocasión: "Nunca en mi vida me he subido al tren sin sentir que mi espíritu se animaba".