Voz colombiana por Javier Reverte

El uso colombiano de nuestra lengua, que es patrimonio de todo el pueblo, me enamora cada vez que visito el país.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Llevaba años oyendo hablar a muchos amigos, y muy bien por cierto, de la belleza de Cartagena de Indias, una ciudad colombiana echada a las orillas del Caribe. Y al fin, hace cosa de tres meses, caí por allí de una manera casual. Mis amigos me habían hablado de su belleza, de su estilo colonial intocado y de ese don que tanto apreciamos en las gentes colombianas: la hermosura que contiene el castellano cuando ellos lo hablan. Mis amigos, sin embargo, nada me habían dicho sobre el clima cartagenero. Y la verdad es que tardé al menos tres días en reponerme del sopapo de calor con que me recibió la ciudad nada más descender del avión que me llevaba allí desde Bogotá, la capital del país. En el hotel y en el restaurante en donde cené la primera noche me dijeron que aquello era una inusitada ola de calor. Supongo que lo hacían para aliviar un poco mi pesadumbre, porque el calor siguió exactamente siendo el mismo durante los siete días que pasé en Cartagena. Pero el cuerpo se habituó al tercero. Y ya pude disfrutar mal que bien de la bonita urbe.

Cierto que es bonita la Cartagena colonial, la que se extiende intramuros de los barrios Centro, San Diego y Getsemaní. Bonita y elegante, con su hermosa Plaza de la Aduana o la Puerta del Reloj; y, por supuesto, la catedral, e iglesias, como la de Santo Domingo o Santo Toribio; o viejos palacios, como el de la Inquisición. Visitando este último se me ocurrió reflexionar sobre la capacidad de la Historia para el olvido. O lo que es lo mismo: la capacidad humana para transformar los hechos terribles en un presente amable. En este palacio fueron juzgadas por el Santo Oficio, en públicos autos de fe, centenares de personas acusadas de brujería, blasfemia o herejía. Y casi mil de ellas fueron ejecutadas. Y hoy admiramos la fachada barroca del inmueble convertido en museo. Ya ven: la piedra es insensible y eterna, mientras que la sangre se seca y se borra.

Pero dejados aparte monumentos y piedras labradas, museos y catedrales, lo mejor de Cartagena de Indias, en mi opinión, es el impacto que produce la tumultuosa vida caribeña, tan cargada de sensualidad y bullicio, tan despreocupada como lúdica. Y por encima de ello, lo que antes anotaba: ese uso colombiano de nuestra lengua que a mí siempre me maravilla y enamora cada vez que visito el país; un uso que no solo es privilegio de las clases cultas o acomodadas sino que es patrimonio de todo el pueblo colombiano.

Cuando me registré en el hotel, la muchacha que amablemente me atendía rellenó los datos de mi ficha y luego me dijo: "¿Me regala una firma, señor Javier?". Y yo respondí: "Pidiéndolo de esa forma, señorita, le regalo lo que quiera".

Dejé dicha la hora en que debían despertarme a la mañana siguiente y cuando descolgué el teléfono esa mañana, oí la voz dulce de una señorita: "¿Durmió bien vuesa merced?". Y añadió con voz cantarina: "¿Ordena alguna otra cosa, señor Javier?". A lo que respondí: "Que me despierte usted todas las mañanas de la misma manera".

En España hemos convertido nuestra propia lengua en un instrumento de comunicación a menudo chabacano, parco en expresiones, limitado de vocabulario y de sintaxis alborotada. Qué pena escuchar en la radio a los tertulianos que no saben utilizar más lenguaje que el del insulto y han olvidado las posibilidades que el idioma ofrece para la ironía. Y qué sonrojo se siente al escuchar el uso que hacen del español muchos de nuestros parlamentarios, cuando salen a la tribuna de oradores y nos machacan los oídos con sus "de que" y sus "ej que", o acuñan unas frases tan ingeniosas como aquel famoso "manda güevos".

Cuando oigo hablar a los niños españoles, con frecuencia me cisco en sus padres, que empeñados en enviarlos a Inglaterra para que aprendan el inglés olvidan que primero deberían de enseñarles a hablar bien en su propio idioma. ¿Por qué no enviarles una temporada con una familia colombiana?, se me ocurre de pronto.

La última tarde en Cartagena de Indias, paseando por sus calles empedradas, escuché a un chico que, a través del teléfono celular, hablaba con una muchacha, imagino que su novia. Le oí decir: "¿Cómo te fue hoy el día, mi belleza?". Un chico español quizás habría dicho: "Pashha contigo, tía".