Vino y patria por Javier Reverte

¡No soporto que los camareros de no importa qué nacionalidad me intenten meter por las narices los vinos locales!

Javier Reverte
España se ha vuelto, en la última década, un país abrumador en lo patriótico. Pero lo novedoso es que ese agobio no se manifiesta en un sentimiento de lo español sino de lo local. Y a veces rozando la ridiculez. Y que conste que no hablo exclusivamente de política sino también de cuestiones mucho más cotidianas. Debo decir, antes que nada, que al mismo tiempo que no creo en las patrias, empezando por la mía, no tengo tampoco nada contra ellas. Mi bandera me deja frío, en tanto que la Historia de mi país me da temblores, pero nunca reprocharé nada a un nacionalista por amar lo suyo y sí le reprocharé todo por rechazar al otro, por desdeñar al que no nació en su misma tierra. Creo en la cultura distinta de los pueblos de esta península, creo en la diversidad de sus lenguas, creo en la riqueza de su folclore y en la delicadeza de su apego a las tradiciones. Pero no creo en una cultura que reniegue de las otras, en una lengua que anule a las demás, en un folclore que se imponga sobre los folclores ajenos ni en un amor hacia lo propio que se convierta en odio hacia el extranjero. Me gustan la saudade de la lengua gallega y el oleaje de las canciones marineras vascas, la seca hondura del flamenco y la riqueza de la literatura catalana. Amo la diferencia, en suma. Y nada me hace tan feliz como sentirme extranjero en todas las patrias de este mundo, incluida esa en la que nací. Una vez escuché a alguien un grito que hice mío de inmediato: "¡Mundo es patria!". ¡Pero no soporto que los camareros de no importa qué nacionalidad me metan por las narices los vinos locales! Nuestro Estado de Autonomías, plagado de tantas banderas como las que ondean en las carreras de caballos medievales de la ciudad italiana de Siena, ha volcado la mayor parte de su relumbre en la gastronomía. Ya se sabe que no hay nada como el ternasco de Aragón, el morteruelo de Cuenca, el rabo de toro cordobés, la empanada de lamprea gallega, la olla podrida murciana, el lechazo castellano o la nueva cocina catalana, esa a la que un amigo mío describe como "nada en el plato, todo en la cuenta". Pero en los restaurantes en cuyas cartas se ofrecen estos y otros muchos guisos, nadie te obliga a elegirlos. En cambio el vino... Hace varias décadas, nadie hacía un vino decente en España fuera de tres o cuatro regiones. Ahora, de súbito, todas han aprendido. Han bajado grados de alcohol o los han subido, han intentado suavizar su gusto y afrutarlos o enriquecerlos con sabores a frutos o a madera. Pero, en mi humilde opinión, y aunque muchas regiones han logrado hacer digerible algo que resultaba casi siempre indigerible, las tres o cuatro denominaciones tradicionales siguen siendo las que hacen el mejor vino de nuestro país. No voy a nombrarlas, porque están en la mente de todos. Y en mi caso, como bebedor de buen vino, sigo siendo fiel a esas regiones. Por más que en mi tierra, la Comunidad de Madrid, hayan conseguido que aquellos caldos con tersura alijada y sabor a tinaja de mi juventud puedan tomarse sin que te acometa un ataque de epilepsia, yo no los bebo. Pero llegas a las nuevas regiones del vino y, quieras que no, el camarero de turno te coloca la carta de los vinos locales y te dice que se están logrando vinos excelentes y que debes probarlos. Si vas acompañado de un amigo del lugar, es peor todavía, porque insistirá hasta la saciedad para que lo tomes. Y tú vuelves a la memoria de tu juventud y te acuerdas de tantos jumillazos, pitarrazos, cariñenazos, torazos y argandazos que a punto estuvieron de reventarte las sienes. Pero ese no es el extremo peor. Lo más agresivo de este nuevo fervor patriótico es cuando no encuentras otro vino que el local y las fronteras se han cerrado a todos los demás caldos. Hace poco, en la localidad valenciana de Requena recorrí varios restaurantes sin lograr encontrar otro vino que no fuera el obtenido de sus propias vides. No clasificaré sus caldos; tan solo diré que me vi obligado a beber únicamente agua. ¿Cómo convencer a nuestros nuevos dictadores del gusto de que el vino no tiene patria?