Contra viento y arena, una columna de Xavier Aldekoa

"Conocí a decenas de activistas e intelectuales que luchaban contra viento y arena para preservar la lengua española en la antigua provincia española del Sahara".

Ilustración para la columna de mayo de Xavier Aldekoa.
Ilustración para la columna de mayo de Xavier Aldekoa. / Raquel Marín

A primera hora de la mañana, en la escuela Martir Mulay Lhij Sid, del campamento saharaui de El Aaiún, se libraba una batalla de palabras. Al final de un patio alargado de arena, el profesor Embarek Rais daba clases de español ante decenas de niños apelotonados detrás de viejos pupitres de madera. Además de enseñar el abecedario a sus alumnos —la te con la a, ta; la te con la i, ti—, Rais les daba un billete para volar. 

Al final de la clase, pedía a sus estudiantes cuáles eran sus palabras favoritas en castellano y todos los chavales estiraban sus brazos hacia el cielo con impaciencia. Sus respuestas eran vehículos para soñar: “¡piscina!”, “¡lluvia!”, “¡amigo!”, “¡mar!”. 

Cuando se enteró de que yo venía de Barcelona, Jalil, un niño con la mirada de pillo, quiso ganarse mi favor: “¿Mi palabra favorita? Son dos: Barça y Messi”. Y todos sus compañeros se desternillaron con él. Pese a las risas infantiles, al maestro Rais se le torcía el gesto al hablar de su lengua. Cuando él era niño, aseguraba, aprendían castellano como si se murieran de sed y en la primera semana ya les enseñaban el abecedario completo. Ya no. Desde hacía años, los niños solo aprendían una letra cada semana.

Aunque el español es la segunda lengua oficial de la República Árabe Saharaui Democrática después del hassanía, un dialecto del árabe, su uso languidece en el desierto. Como los mejores profesores se marchan al extranjero, cada vez es más difícil encontrar buenos maestros que cojan el legado de sus antecesores. La política hace el resto.

Para no enemistarse con Marruecos, los sucesivos gobiernos españoles han hecho poco por preservar el tesoro de que se hable nuestra lengua entre las dunas del Sahara. Pese a la inminente derrota —los expertos auguran que en dos generaciones el uso del castellano en los campamentos saharauis será residual—, conocí a decenas de activistas e intelectuales que luchaban contra viento y arena para preservar la lengua española en la antigua provincia española del Sahara, un territorio bajo control castellano durante más de cien años hasta 1975, y en los campamentos en el suroeste argelino. 

Para él, el español no era una lengua, era su niñez, el idioma con el que sentía e imaginaba y con el que despedía el día o celebraba la salida del sol.

Buscando a esos últimos guerreros de la lengua, conocí a Ahmed Mohamed Fadel. Poeta casi septuagenario, me invitó a su casa de la wilaya de Bojador y me sirvió a un té de menta muy dulce antes de explicar su historia. Fadel, me dijo, había dedicado su vida a la causa saharaui y escribía versos en castellano desde que era adolescente. Para él, el español no era una lengua, era su niñez, el idioma con el que sentía e imaginaba y con el que despedía el día o celebraba la salida del sol. “El idioma de Cervantes vive refugiado en personas como nosotros”, decía.

Para él, el castellano lo había sido todo: cuando siendo un adolescente tuvo que huir de su casa y atravesar el desierto bajo las bombas marroquíes en un exilio forzado hacia Tinduf, Fadel solo tuvo tiempo de llevarse una mochila casi vacía. Dentro, solo había tres cosas y un mundo entero a la vez: una foto del Che, un casete de Serrat y un libro de Federico García Lorca. Fadel sonreía al recordar aquellos tres recuerdos que le acompañaron durante años en su nuevo desierto: “En aquel momento era joven y pensé que era pobre y no tenía nada; ahora pienso que no podía haber llevado un equipaje más valioso”. 

Síguele la pista

  • Lo último