Vida de mariscal por Luis Pancorbo

Tras servir a los zares rusos, Mannerheim fue presidente de la Finlandia independiente, y hasta le quisieron hacer rey en 1918.

Luis Pancorbo

?En Finlandia hay una figura, la del mariscal Carl Gustav Mannerheim, que descuella cuando se habla de gastronomía y buena vida, artes no reñidas con los viajes más singulares, con el trabajo serio y con jugarse el bigote cuando sea menester. De la ductilidad del mariscal para adaptarse al terreno da prueba que fuese condecorado por ambos bandos en las dos guerras mundiales. A lo largo de su vida llevó muchos sombreros, entre ellos el de general de la Rusia zarista, y el de comandante en jefe del ejército finés. Fue antibolchevique y luego se apoyó en los comunistas. Fue capaz de entrevistarse con Hitler, que fue a visitarle a Finlandia el día de su cumpleaños, y de darle calabazas militarmente hablando. Los ingleses tampoco tenían mal concepto de Mannerheim, invitándolo a menudo a cazar tigres en la India.

Su mejor marca viajera fue el par de años que se tiró en Asia a partir de 1906. Camuflado como científico sueco en una expedición francesa, Mannerheim, que entonces era oficial del ejército zarista, no sólo espió manualmente, haciendo mapas con lápiz y papel, sino realizando estudios antropológicos por regiones que poca gente occidental había recorrido, como el Turquestán. Y además lo hacía a caballo, desde Rusia hasta China, zigzagueando por las rutas de la seda, otras veces abriendo nuevos caminos, o más bien trochas. Siempre al estilo de Rudyard Kipling, haciendo valer "el peso del hombre blanco", conoció bien a chinos y mongoles, a kirguises y sartos. Cazó gamuzas e hizo mediciones de altitud y de cráneos, escribiendo con un alto sentimiento narrativo: "Extiendo mi impermeable sobre el suelo de piedra y me echo, lleno de voluptuosidad, con mi zamarra de caza a modo de almohada". Como dice Veijo Meri, autor de una biografía del mariscal: "Mannerheim conoce perfectamente el arte de escribir a fondo en cualquier situación física o mental".

Tras servir a los zares, Mannerheim llegó a ser el militar providencial de la Finlandia independiente. No sólo fue nombrado regente y presidente: hubo quien le quiso hacer rey de Finlandia en el año 1918. Hablaba cinco idiomas, si bien no logró aprender correctamente el finés hasta que tuvo 50 años. Cuando cumplió los 75, obtuvo su mayor título, el de Suomen Marsalkka, Mariscal de Finlandia. Otro como él, más alto en el escalafón militar y en la estatura (más de un metro noventa), no lo hubo, ni es fácil que lo haya.

Entretanto, no perdió su buen gusto por las mujeres y la buena mesa. Se llama Marskin ryypy ("El trago del mariscal") a su bebida favorita, un acquavit -mejor si es danés y aromatizado con comino persa- con un toque de ginebra y otro de vermú francés. Lo principal es tomarlo helado y llenar la copa hasta el borde. No conviene que tiemble el pulso, especialmente en la próxima ronda.

Carl Gustav Mannerheim siempre tenía reservada una mesa en el Savoy, un restaurante inaugurado en el año 1937 en el paseo Etelä Esplanadi de Helsinki, que concentra lo finés en su máxima expresión de calidad y un precio en consonancia. El comedor interior es obra de Alvar y Aino Aalto, una joya de decoración, luces y volúmenes conjugados. Pero el Savoy, al estar ubicado en el octavo y último piso de un edificio, ofrece también un comedor exterior -acristalado, por supuesto- con una vista incomparable de la vieja ciudad, de sus techos y las cúpulas de sus catedrales, tanto la ortodoxa rusa como la luterana. Al final está la raya gris del mar.

Ahí se pueden degustar las especialidades de la casa, que tanto le gustaban al mariscal: silakka, los boquerones bálticos empanados, lucio, caza con bayas, lengua de reno... Sin olvidar el vorschmak, un plato de origen polaco que le apasionaba a Mannerheim. Se hace a base de carne muy picada de cordero, arenque y vaca, con su acompañamiento de puré y pepinillos, y va muy bien para atravesar las brumas y todo lo que éste y otros años pongan por delante.