Vida de "expats" por Jesús Torbado

La condición de extranjero, la cualidad de nómada, alcanzan los más altos podios de la dignidad y encanto cuando son voluntarias.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Puesto que todo el mundo sabe cómo el idioma inglés se las apaña para acortar palabras y acolchar significados, no hará falta entretenerse mucho para explicar que los expats son los expatriados, es decir, aquellos ciudadanos que han salido de su patria para vivir y trabajar en otro sitio. Son cientos de miles. Solo el año pasado salieron de España ochenta mil paisanos y se ha dicho en una encuesta que más de la mitad de los preguntados estarían dispuestos a abandonar su tierra y su historia si encontraran un trabajo decente en otra parte, en Japón o en Perú, qué más da.

La condición de extranjero, la cualidad de nómada, alcanzan los más altos podios de la dignidad y encanto cuando son voluntarias. La de emigrante tiene ya matices diferentes, aunque consiga resultados parecidos. A la pregunta de si volverían a su pueblo de los reporteros de las televisiones que difunden programas de ...por el mundo, la mayoría responde que quién sabe, que tal vez más tarde. Muy pocos confirman que desean volver. O sea, que no, por mucho que echen de menos las cañas de cerveza en su bar de la esquina, las fiestas patronales y el jamón de sus abuelos.

El caso de los expats modernos es muy particular y quien viaje un poco se los encontrará en todas partes y de todos los colores. Desde misioneros a empresarios, desde ejecutivos a médicos de relieve, de deportistas a amos de casa; sobre todo a técnicos de todas las especialidades y todos los grados. En general, se trata de trabajadores muy cualificados, que tienen sueldos altos y una vida no por ajetreada bastante atractiva. Las empresas para las que trabajan, grandes en general, les proveen de buenas casas, excelentes colegios para sus hijos, coches y billetes aéreos para una o dos excursiones a su casa originaria, incluida la familia. Dando por sentado que siendo personas inteligentes y trabajadoras tienen al alcance de sus dedos casi todas las alegrías que se reparten en este mundo. Personalmente conozco a una familia madrileña-extremeña radicada hoy en Singapur, a diecisiete horas de avión de Madrid, empleados de una multinacional holandesa, que en los últimos meses ha viajado de vacaciones, más o menos largas, con sus dos niños chicos a Malasia, Bután, Australia, Angkor y a algunos otros maravillosos destinos asiáticos. No es lo mismo que acercarse a Torrevieja o a Toledo a visitar al Greco, o ir al campo con la tía Encarna... Muy poca gente existe que viaje tanto y tan bien. Si acaso los periodistas, los políticos y los diplomáticos, todos ellos expertos en esa dichosa actividad.

Los paraísos en los que suelen vivir los expats, con frecuencia en una especie de guetos, pero debidamente aislados y muy bien comunicados son redes sociales, exigen alguna disposición psicológica. Conocimientos de lenguas y disposición para entenderse en otra nueva, según donde los manden sus patronos. Una capacidad de adaptación notable: en costumbres, comidas, vecindario, climas, resignarse incluso a perder las raíces, aunque en el mundo moderno el cultivo de raíces ancestrales apenas existe. Con frecuencia se entiende uno mejor con un birmano que con el vecino de al lado y se hacen amigos de cualquier latitud. Salvo esfuerzos inteligentes de sus padres, los hijos acaban perdiendo su lengua materna o buena parte de ella e ignorando la historia de su patria y de sus antepasados. (Y las pequeñeces hogareñas del presente). ¿Es eso grave? No lo creo. Ahí tenemos los casos del primer ministro francés, Manuel Valls, y de la alcaldesa de París, Anne Hidalgo.

Ejemplos de grandes exiliados o expatriados voluntariamente hay miles: por guerras, o por pestes, por hambres, por pobreza, por infortunios diversos. Y por gusto. En toda la historia y en todas partes. Somos una total humanidad viajera. Al fin y al cabo, todos procedemos de otra parte (bueno, salvo los vascos y los catalanes, desde luego, que colectivamente parecen venir "del muslo de Júpiter", como dicen los franceses). Es decir, fundamentalmente todos somos emigrantes, todos somos viajeros del destino. Pero los grupos de los expatriados de hoy han tenido por lo general la mejor fortuna.