Viceversas dominicanas por Luis Pancorbo

Miches es un puerto pesquero somnoliento y con un litoral tan virgen que dicen que Cisneros y Slim ya le han echado el ojo.

Luis Pancorbo
En una hora escasa se llega desde una tumbona de Punta Cana a La Otra Banda, un pueblo con fama de tener una excelente carne de caballo. La ponen a secar en la calle, al margen del polvo y los escapes de los coches. La Otra Banda se enorgullece de los pata blanca, los ricos ganaderos (hateros) de toda la vida, algunos de ellos descendientes de los canarios fundadores del lugar. En otros países la calidad se define como pata negra, aunque ya decía Sender que la vida es un lío de viceversas. Cinco kilómetros más y aparece Higüey, capital de la provincia de la Altagracia, el mismo nombre de la Virgen que es patrona nacional, y muy milagrera, según cuentan los romeros que vienen hasta de la frontera haitiana a su ultramoderna basílica. La provincia contigua, El Seibo, parece haber cambiado todavía menos desde tiempos coloniales. La capital, Santa Cruz del Seibo, fue fundada por Juan de Esquivel en 1502. Lo primero con que se topa el forastero es con la estatua de un caballo. Una manera, como en Mongolia, de subrayar el amor de los seibanos por sus caballos, no solo los de paso fino sino los de comer. Y para beber, mabí de bejuco de indio, no todo ha de ser mamajuana, el supuesto afrodisíaco del país. El Seibo abunda en cruces y cañones, cosas que han solido ir juntas en la historia. La Cruz Asomante, nombre de un crucero metálico, marca el Oeste, como otras cruces que había antaño en los demás puntos cardinales. En el centro nada rivaliza con el monumento al caudillo Juan Sánchez Ramírez. Al pie de una columna hay un par de cañones y una lápida que recuerda a ese terrateniente, dueño de bosques de caobas, a quien le pareció intolerable la dominación francesa de la isla en tiempos napoleónicos. Sánchez llegó a pagar un ejército de su bolsillo, coordinó la llegada de armas desde Puerto Rico, y en Palo Hincado, a tres kilómetros y medio de Santa Cruz del Seibo, infligió una derrota espectacular al general francés Louis Marie Ferrand. Este hombre no pudo soportar el bochorno y acabó pegándose un tiro en un solitario paraje de la Guaiquía. Palo Hincado es un lugar a trasmano, pero digno de verse en cuanto a cogollo de lo dominicano y de lo hispánico. Una roca negra y redonda preside un pedestal de cemento pintado de blanco para evocar la victoria de Sánchez sobre los franceses el 7 de noviembre de 1808. Celebérrima fue la arenga de Sánchez: "Pena de la vida al que volviere la cara atrás, pena de la vida al tambor que tocare retirada, y pena de la vida al oficial que lo mandare, aunque sea yo mismo". Un oficial de marines diría más bien: "¿Retirada? Un cuerno". El caso fue que tras Palo Hincado se siguió hablando español en la vieja Hispaniola y se frenó la voracidad franco-haitiana. Si en El Seibo hay interminables pastizales, en Hato Mayor, provincia segregada de la de El Seibo en 1992, triunfan el cacao, los cítricos, el aceite de palma y las chinolas (maracuyás), aunque no dan para vivir bien a todo el mundo. La capital, Hato Mayor del Rey, fue fundada por Francisco Dávila en el año 1520 con los esclavos que se trajeron a La Española en tiempos de Nicolás de Ovando. Es un punto de partida para ir al Parque Nacional de los Haitises, lleno de selva montuna y de cavernas donde la humedad parece susurrar los cantos de los indios taínos. Cerca queda Sabana de la Mar, donde embarcarse para avistar ballenas jorobadas en el Golfo de Samaná, o para ir a islitas estereotipadas del tipo de Cayo Levantado y otros paraísos turísticos más elitistas como Las Terrenas. Por otro lado, una pista llena de baches por montes, donde nacen ríos fragorosos como el Híguamo, enlaza Hato Mayor con una parte marina de El Seibo aún intacta. Ahí está Miches, un puerto pesquero somnoliento y con un litoral tan virgen que dicen que los magnates Cisneros y Slim -pareja virtual en muchas conjeturas- ya le han echado el ojo. Se habla de los dos mil millones de dólares que costará Tropicalia de Playa Esmeralda de Miches, un complejo junto a lagunas de agua dulce. Eso si la crisis amaina. Entretanto, Miches es un lugar tan bueno y aislado que las pateras dominicanas salen de él rumbo a Puerto Rico. "Buscando visa para un sueño", canta Guerra mientras sigue lloviendo, y no es café.