Vías de Seda por Luis Pancorbo

Una ruta o una vía es siempre un buen pretexto para echar a andar. En el caso de la ruta de la seda estamos hablando, además, de un auténtico cordón umbilical entre oriente y occidente.

Luis Pancorbo

Cascando pipas de albaricoque para acompañar un trago de los generosos vinos uzbecos del Valle de Fergana uno ha de sentirse por fuerza próximo a un tiempo lejano, y lo más cerca de eso fue cuando Alejandro Magno dirigía sus hombres a la conquista de la Transoxiana.

Fue el Entrerríos fabuloso de Asia, por donde pasaban los hilos de seda que iban desde China al Mediterráneo. Uzbekistán estaba en medio como siempre, como el país sin mar que es y rodeado de países sin olas.

Ha sufrido y sufre avatares notables, como el último baño de sangre con el que se sofocó la revuelta popular de Andijoan, en el Valle de Fergana, pero su gente tiene la misma resistencia de las herraduras, aunque parezcan coquetos ellos con sus tubeteika, unos sombreros bordados que se pueden plegar, y ellas luciendo dientes de oro en lo que gastan más que en joyas. Por Uzbekistán han pasado todos los pueblos, conquistadores y pastores.

Desde el feudalismo al capitalismo, desde el comunismo a la mafia, todo se agita en la coctelera de un país de polvo, de crines, de azulejos revistiendo mezquitas y medersas de tanta belleza como las del Registán de Samarcanda. Muchos son los nudos de lana que pisar, siempre con buen pie, en una alfombra de Bujara.

Eso y más queda entre el Amur Darya y el Sir Darya, dos ríos que han sido desviados y ordeñados hasta el paroxismo. El Amur, tras ser desangrado por los regadíos intensivos, ha dejado al Lago Aral sin tanto aporte que se ha desecado por más de cien kilómetros, abandonando barcos y pueblos en el barro agrietado, un desastre de proporciones amazónicas.

Todo sea por el algodón. Campos de algodón como campos de nieve en medio de la sequía son un espejismo de Uzbekistán, cuando a lo lejos se alza, como si fuera un faro, un alto minarete forrado de azulejos cristalinos de color turquesa, el color preferido, como es lógico, de los turcos, esos otros desconocidos.

Pues bien, ahora que se está derritiendo el casquete del Polo Norte, y hasta las boinas de hielo del Everest y del Kilimanjaro, no estaría de más afrontar los vientos del Asia Central, ésos que golpean como sedas en el par de meses de verano y como espadas de hielo en los siguientes diez. No son vientos céfiros ni vientos ausentes como los que acarician la cara desencajada de La balada del viejo marinero, de Samuel Coleridge. Éstos son vientos de cólera de Dios, de Tamerlán, el mongol cojo que desconocía la piedad. Si se resisten, dan a la piel de la gente consistencia de montura.

Unos estudios de la Unesco dicen que en el 2020 la Ruta de la Seda será tomada por uno de cada tres viajeros. No cabrían tantos en la Muralla China, si ése fuera el punto de arranque, y desde luego sobrarían en el Turquestán chino, sucesión de nada con villorrios polvorientos de la provincia de Xinjiang. Luego vienen todos esos países que acaban en "stán" de Asia Central, donde lo que sobra es espacio.

Pero una ruta, o una vía, es siempre un buen pretexto para echar a andar. En el caso de la Ruta de la Seda estamos hablando, además, de un auténtico cordón umbilical entre Oriente y Occidente. Rustam Mirzaev, un periodista uzbeco que se doctoró en Moscú, vuelca ahora su afán en organizar viajes por la Ruta de la Seda. Ha escrito libros, con fotos suyas, sobre la historia y los monumentos de Uzbekistán.

También es suyo El sol viaja en torno al mundo para disipar las sombras, un libro escrito en ruso donde recoge lo que fueron contando diversos escritores sobre puntos de la Ruta. Todo ello es oportuno porque poco a poco se va abriendo el último muro. Georgia ya no exige visado de entrada.

Para ir a Armenia no se necesita el camello sino un vuelo desde Munich a Erevan y Tbilisi. En Baku (Azerbaiyán), en el foro de TransCaspian 2005, agencias y operadores han presentado opciones sobre cómo moverse por la zona. Incluso a Irán ya ha llegado un tren de la Ruta de la Seda, que nace en Turquía y va cargado con ojos curiosos, pues lo esencial no es el medio de transporte ni la duda cartesiana sino echarse a ver por esos países.

Es más, se preparan las vías para que ese tren penetre en Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán, Tayikistán y Kazajastán, con lo que el corazón de Asia Central se servirá en bandeja al viajero junto a blinis con caviar. "Pare de sufrir", como dicen algunos carteles de iglesias californianas.

Si se elige Uzbekistán, los viajeros, ahítos ya de las bellezas de Samarcanda, Bujara y Khiva, siempre pueden derivar a regiones extremas como el Estado autónomo de Karakalpakstán, con capital en Nukus, punto de partida para ver lo que queda del Lago Aral. O en la otra punta del país, el Valle de Fergana, punto de encuentro de etnias, lugar asombroso a los pies de la cadena nevada del Pamir, donde la gente come pipas de albaricoque y miel blanca como en tiempos de Alejandro.