Los viajes de Rosa Montero: "Viajar nos da el oxígeno que necesitamos en el estrecho cauce de nuestra vida"

Tiene nueva novela, La buena suerte (Alfaguara), y una vitalidad a prueba de pandemias. Cada libro es para ella un viaje y a sus 69 años esta madrileña, que no pudo ir de vacaciones de pequeña porque sus padres eran pobres, sigue soñando con sorprendentes destinos. Aunque ha viajado por todo el planeta, se reserva fuerzas para subir a los montes de Croacia.

Javier del Castillo
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Foto: VICTORIA IGLESIAS

Se agradece el sol otoñal en el Retiro madrileño, uno de sus lugares preferidos. La periodista y escritora llega a la terraza del Florida con su chupa vaquera, pendientes con  forma de raspa de pescado y la sonrisa abierta que la caracteriza. 

En su nueva novela, La buena suerte, el protagonista se baja del tren antes de llegar a su destino y se instala en el lugar más feo del mundo, en una especie de huida... 

Hay una tentación en todos los humanos de escapar de nuestra propia vida. Y no porque no nos guste, sino porque la pequeña vida individual, por muy estupenda que sea, es demasiado pequeña en comparación con todos nuestros sueños. Yo creo que viajar nos da justamente ese oxígeno que necesitamos en el estrecho cauce de nuestra vida. El protagonista de la novela, Pablo, lleva eso mucho más radicalmente: lo hace porque está herido por el rayo de la desgracia. Pero, efectivamente, todo viaje nos da el alivio de salir del encierro de la pequeña vida.

A 300 kilómetros del Polo Norte. | D.R.

¿Qué viajes o vacaciones recuerda de niña?

Vengo de una familia pobre y no teníamos vacaciones, ni salíamos a ningún lado. El primer avión que cogí fue a los 20 años para ir a Tenerife con una compañera de la universidad. Antes, con 17, fui a París en tren, y cinco años después, cuando empecé a trabajar en la revista Fotogramas, me mandaron a San Francisco, que me encantó.  Era mi primer viaje transatlántico y el segundo avión al que subía después de la escapada a Tenerife.

¿Cómo era París a finales de los sesenta para una jovencita española?

Era la emoción, el mundo. Nosotros entonces teníamos la sensación de que España no estaba en el mundo y era verdad. Luego cruzábamos en coche la frontera para ver maratones de películas que aquí estaban prohibidas.

Pekín, 1990 | D.R.

El periodismo fue una buena oportunidad para viajar y contarlo. 

Viajar era uno de mis sueños y el periodismo me ha permitido ir a sitios maravillosos como el Polo Norte para hacer un reportaje sobre los inuits, mal llamados esquimales. 

Experiencia que recogió en un libro de viajes, titulado Estampas bostonianas.

Exacto. Entre los viajes personales y los viajes profesionales, he conocido todas las partes del mundo, menos el África Negra. Era otra forma de viajar. Ahora nos hemos metido en esa moda del fastrip y salimos un día corriendo por la mañana y volvemos al día siguiente por la noche. Sin hacer nada y sin ver nada. 

Con Pablo, en Jerusalén, hace 20 años. | D.R.

Por razones de salud no podemos viajar fuera, ¿sería buen momento para conocer mejor España?

Yo conozco España de arriba abajo. Entera. Me la he recorrido a pie muchísimo, por todas las montañas, con mis perros y con Pablo [Lizcano]. Hemos sido muy montañeros, muy andariegos. También hicimos algunos viajes maravillosos a Alaska, Canadá, Noruega, Islandia o las Highlands escocesas. Pero una cosa que nos gustaba mucho hacer era quedarnos en España.

¿Cuál es el destino preferido dentro de nuestro país?

Me entusiasma Asturias. Me gusta con locura. Además, tengo parte asturiana. Son de una belleza absoluta los montes asturianos… La zona de Babia, en León, también es otra maravilla. Los Pirineos son palabras mayores, pero están más masificados.

En Japón, bajo la nieve. | D.R.

¿Y su lugar preferido en el mundo?

Las Highlands escocesas. Me gusta también mucho el paisaje de Irlanda del Norte y el oeste de Canadá. Las Montañas Rocosas canadienses son espectaculares, con unas rutas increíbles. También Noruega tiene unos paisajes preciosos, muy bonitos. 

¿Le costó viajar más tras la ausencia de Pablo?

No me quedé encerrada y sigo, pero he perdido el compañero perfecto porque teníamos los mismos gustos. Ya no he vuelto a hacer esos viajes, pero hago otros menores. 

¿Algún objetivo pendiente que se le resiste?

Sí. Los montes de Croacia. He estado en Croacia, pero me han dicho que esa zona es superbonita y no la conozco. También me gustaría ir a la Patagonia y conocer la Antártida, pero ir a la Antártida es complicado porque tienes que hacerlo en unos barquitos que a mí me dan terror porque me mareo. Otro sitio al que no me importaría volver es a Islandia, el país más bonito del mundo, absolutamente extraordinario. Y también quiero conocer Groenlandia…

Irlanda del Norte, 2015 | D.R.

Un buen programa por delante. 

Sí. Por cierto, y a la tundra siberiana también me apuntaría.

En su caso, está claro que no hay comparación entre playa y montaña.

A mí en una playa solo podrás encontrarme en invierno. En verano, jamás. El turismo de la naturaleza en España está en alza, pero me sigue poniendo de los nervios que las grandes rutas y los pequeños caminos, que llevan abiertos más de quinientos años, se estén cegando. Nadie los mantiene y si tú no los limpias y quitas las zarzas, en dos años ya no los vuelves a encontrar. Se han perdido un montón de caminos. Me parece increíble que se hayan mantenido abiertos mil años y ahora se cierren.

Moscú, despacho del búnker de Stalin, 2012. | D.R.

¿Los viajes son cada vez más previsibles y menos aventura? 

Lo malo es que no los convertimos en aventura. Cada kilómetro cuadrado tiene un mundo por descubrir. Esto lo decía también Pablo: en cada sitio hay un mundo microscópico. Si te paras y te pones a descubrirlo, existe. Pero pasamos volando por encima de las cosas, sin profundizar. 

¿Guarda objetos y recuerdos de sus viajes?

Me gusta traerme siempre algo de cada lugar que visito, aunque sea una piedra. Soy una amante de las piedras y tengo la casa llena.

¿Alguna anécdota viajera?

En Islandia estuvimos a punto de que nos llevara la riada de deshielo, cuando viajábamos en el coche. En Jamaica, con la periodista Ana Cristina Navarro, estuvo a punto de violarnos un tío y yo estuve a punto de abrirle la cabeza con una piedra. Menos mal que no lo hice, porque me hubiera arrepentido.