Manuel Vilas, escritor: "Me fascina Las Vegas, que es pura comedia"

Finalista del último premio planeta con “Alegría”, este escritor nacido en Barbastro (Huesca) recuerda a sus padres fallecidos en su anterior novela, “Ordesa”. Manuel Vilas tiene muy presente el pirineo aragonés de su infancia y las distancias inabarcables del medio oeste americano. Los viajes también tienen vida propia en su última novela.

Javier del Castillo
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Foto: VICTORIA IGLESIAS

Para empezar bien la ronda de entrevistas se toma un bocadillo de jamón con tomate y se pregunta, entre bocado y bocado, por cómo reaccionarían en Estados Unidos –donde vive ahora con su mujer– si tuvieran la oportunidad de probarlo. “Pero ellos no tienen ni puñetera idea de qué es lo que me estoy comiendo”, apostilla.

La entrevista tiene lugar durante la promoción de su novela Alegría antes de iniciar la tradicional gira por la geografía española. Las reflexiones sobre sus viajes demuestran una original manera de disfrutarlos.

Supongo que desde niño tuvo la oportunidad de disfrutar de su Pirineo aragonés.

Efectivamente. Mis viajes de adolescente están relacionados con el Pirineo, con el esquí y la montaña. Fue un deslumbramiento. Hay dos órdenes en los viajes: la naturaleza y las ciudades. Mi experiencia primera está en la naturaleza.

En su novela “Alegría” cuenta usted muchas historias relacionadas con los viajes.

La narración está cimentada en los lugares que he ido conociendo: Latinoamérica, Francia, Italia, Estados Unidos, Portugal y los viajes dentro de España. Mi mujer trabaja en Iowa (Estados Unidos) y me parece un país maravilloso, ideal para viajar.

D.R.

¿Qué es lo que más le ha sorprendido de Estados Unidos?

Que todo es brutal, extremo. Las habitaciones en los hoteles son gigantescas, con camas queen, y los cafés con leche, desproporcionados. Hasta el papel higiénico es más grande. Hay como una especie de extensión de la materia y eso produce sensación de euforia.

¿Sus defectos?

Los americanos no saben comer y tienen un serio problema de obesidad. Para ellos comer es la adquisición inmediata de calorías. Son comidas hipercalóricas que no están basadas en la exquisitez sino en la cantidad.

¿Qué viajes han cambiado más su forma de ver la vida?

Hay dos ciudades que me han fascinado por razones completamente diferentes: Las Vegas y La Habana. Las Vegas, porque es una ciudad cómica, pura comedia. Una parodia. Y La Habana, porque es una ciudad en ruinas.

D.R.

Cuando llega a los destinos, ¿dónde fija la mirada?

Yo no soy turista. Los museos y las catedrales muchas veces me aburren. El gótico es igual en todas partes. A mí me gusta callejear y conocer. Cuando voy a una ciudad visito los centros comerciales y las tiendas, miro los precios... Me conozco los grandes almacenes de Estados Unidos. Voy muchísimo a Walmart y me considero un experto en tiendas de marcas rebajadas. En ellas puedes encontrar calzoncillos Calvin Klein o Levi's por 10 dólares cuando en una tienda normal los venden por 40.

Además de Estados Unidos, ¿qué otros países le fascinan?

Me encanta Italia. Me gustan Florencia, Roma, Nápoles... Pero, sobre todo, Roma, que es la ciudad que mejor conozco. De España me encanta Madrid, porque es una ciudad que tiene una capacidad integradora tremenda.

¿Cómo le gustan los hoteles?

Bonitos, agradables, sin ruido..., y con habitaciones que tengan sentido. Los hoteles americanos, en el Medio Oeste, son baratos y de una calidad extraordinaria. Conozco hoteles de Chicago estupendos por 100 dólares la noche.

D.R.

¿Su lugar más recomendable del Pirineo aragonés?

No hay ningún sitio en España más hermoso que el valle de Gistaín. Y es un sitio que no conoce casi nadie. También recomendaría la zona de Ordesa y el Parador de Bielsa, al pie del Monte Perdido.

¿Qué es para usted el viaje?

El viaje es para mí conocimiento, porque mi cerebro se activa muchísimo. Me activa mucho Latinoamérica, cuando veo su energía humana. Luego, Latinoamérica es la desigualdad y la miseria, el caos, las viviendas, el deterioro de la vida... A mí todo esto me produce una enorme sensación. Me activa el cerebro para escribir y pensar sobre el mundo que hemos creado.

Cuéntenos alguna peripecia vivida en sus desplazamientos.

Nunca me ha pasado nada desagradable. En Latinoamérica se me activa una especie de sexto sentido y empiezo a estar vigilante con todo, porque veo una situación socialmente tensa. En Ecuador me dieron una suite en el hotel y pedí que me la cambiaran porque me sentí como una especie de narcotraficante. Era una alcoba gigantesca, de 200 metros cuadrados, con dos cuartos de baño, y me la cambiaron por otra más normal.

D.R.

¿Le gusta viajar solo o acompañado?

Prefiero viajar acompañado, aunque entres menos en el viaje. Al ir acompañado charlas y amortiguas con la conversación todo lo que estás viendo. El viaje en solitario es más intenso. En esa soledad tuya frente a lo que ves se produce el descubrimiento y el conocimiento. En Roma he estado quince días solo y la ciudad te pega muchísimo más que si vas con alguien.

¿En cuál de los diferentes medios de transporte le gusta más desplazarse?

Si tengo la posibilidad de elegir, me quedo con el tren. El tren es una manera más humana y razonable de viajar. Donde tu cuerpo no está sometido a un trastorno salvaje, como en el avión.

¿Le preocupa el abandono del mundo rural, la España vaciada?

Soy aragonés y para mí es algo sangrante. En Huesca hay muchos pueblos abandonados, lo que demuestra una falta de empatía muy grande hacia esos territorios. Aragón tiene la misma extensión que Holanda y viven 17 millones menos de personas.

 

¿Alguna vez coge la mochila para echarse al campo?

No soy de mochila. Mi forma de viajar tiene una máxima: solo voy a sitios donde esté, como mínimo, igual de bien que en mi casa. Y, si puede ser, mejor. De lo contrario, no me muevo.

¿Un sitio de referencia en vacaciones?

A mi madre le gustaba mucho la playa y yo, si no voy a pasar una semana a la costa mediterránea, no lo aguanto. Cuando existía la Corona de Aragón teníamos salida al mar Mediterráneo. Ahora no la tenemos y por eso los aragoneses invadimos en verano las playas de Salou.