Los viajes de Javier Cercas: "No soy turista, pero sí buen viajero, porque viajo mucho"

Dejó su pueblo (Ibahernando, Cáceres) a los 4 años para irse a vivir a Girona con la familia a mediados de los años 60. Ahora es uno de los escritores más reconocidos de España y un referente para quienes defienden la tolerancia y la buena literatura. En su novela “terra alta”, premio planeta 2019, se reencuentra con un paisaje muy parecido al de Extremadura.

Javier del Castillo
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Foto: VICTORIA IGLESIAS

Apura el primer café de la mañana y acepta de buen grado hablar de viajes en lugar de tener que contar una y otra vez las circunstancias que le llevaron a escribir su última novela, Terra Alta. Para este escritor de 57 años, los viajes son parte de su trabajo. Igual que los hoteles en los que pernocta cuando participa en presentaciones y actos culturales. En opinión de Javier Cercas, vivimos en un país privilegiado, pero perdemos demasiado tiempo peleándonos entre nosotros. Reivindica la belleza de su tierra extremeña y recuerda el impacto brutal que le produjo la ciudad de Tijuana (México).

En Buenos Aires, entrada a la casa del escritor Bioy Casares. | D.R.

Lleva más de medio siglo en Cataluña, pero sin desvincularse de sus raíces extremeñas.

Yo creo que nunca me he ido de Extremadura. Cada emigración es distinta y la mía estaba muy arraigada en el pueblo, por lo que siempre volvíamos. Siempre, siempre. Hay otra gente que nunca volvió. Yo soy, fundamentalmente, un desarraigado. Mi madre siempre me dice: si no hubieras venido a Cataluña, no serías escritor. Serías veterinario o cualquier otra cosa.

¿Cómo recuerda ese camino hacia el desarraigo?

Tengo dos recuerdos. El de mi madre señalando Gerona en el mapa y diciendo: “Papá está aquí, en la otra punta de España”, y que era un día de lluvia que coincidió con los Santos Inocentes. Fue una inocentada, pero cuando te vas ya no vuelves. Te quedas a medio camino. Yo creía que ya era de Gerona, pero me están diciendo que no. Mejor vamos a dejarlo.

En Cambridge, con dos profesores. | D.R.

La historia de su novela transcurre en la comarca de Terra Alta (Tarragona), una zona pobre y poco conocida de Cataluña. ¿Por qué eligió ese escenario?

Es un sitio deslumbrante, que yo no conocía, con un paisaje de western. A mí me gusta decir que la novela es un western disfrazado de thriller y novela policíaca. Cuando llegué, me recordó a Extremadura: un sitio deshabitado, de gente muy hospitalaria y humilde. Faltan las encinas, pero lo demás está allí; incluidos los molinos de viento. Es la Cataluña pobre, a la que no va nadie. Ahora hay un poquito de turismo y un poquito de vino, pero muy poco. Es un sitio desconocido, pero realmente fascinante.

Extremadura tiene muchos lugares que son muy atractivos, pero que son poco conocidos.

Tiene toda la razón. Extremadura es absolutamente maravillosa y, además, variadísima. El Jerte es precioso, Cáceres me parece la leche y Trujillo –con perdón, porque soy de un pueblo de al lado– es la bomba. La plaza de Trujillo es la más bonita del mundo. Mérida sobra decirlo, por no decir Zafra o la propia Badajoz, que siempre ha tenido la fama de ser una de las ciudades más feas de España y tiene un casco antiguo precioso. Luego está el Parque Nacional de Monfragüe... Extremadura es la leche y tiene otra cosa fantástica: no es cara.

De los lugares a los que usted ha viajado, ¿cuál es el que le ha impresionado más?

El lugar que más me ha impresionado del mundo ha sido Tijuana (México). Cuando dije que me habían invitado a Tijuana, me dijeron que cómo iba a ir allí si solo había putas, narcotraficantes y asesinos. Me pareció una ciudad brutal, alucinante, de frontera total, salvaje. Por eso me conmovió. La valla de hierro que separa México de Estados Unidos se adentra en el mar, dejando en un lado a las mamás y sus niños –como en una playa normal y corriente– y al otro lado el desierto total, donde solo están los coches de la migra (Policía de Emigración). A principios del siglo XX Tijuana no era más grande que mi pueblo y ahora tiene siete u ocho millones de habitantes. Es el lugar donde se reúnen todos los desgraciados de Latinoamérica que intentan cruzar a Estados Unidos. Yo me enamoré de ese sitio y de esa gente.

En el panteón de Bioy, Casares (Buenos Aires). | D.R.

¿Qué sitio nos recomienda en Cataluña?

Me gusta mucho Calella de Palafrugell, donde veraneaba de pequeño. Ahora tengo una casa muy cerca, en Verges, al lado de L’Escala. Es mi territorio natural, donde pasaba los veranos con mis padres y al que iba años más tarde de fiesta con los amigos. La Costa Brava es maravillosa y no está tan maltratada como otros lugares de España.

¿Cómo se ve España desde la distancia, cuando viaja por Europa o por Latinoamérica?

Cuando viajas fuera con frecuencia, te das cuenta de que vivimos en uno de los lugares más privilegiados del mundo. Los países del norte de Europa, por ejemplo, funcionan muy bien, pero ya les gustaría tener lo que tenemos nosotros: el sol, el clima, la comida, la alegría de vivir, la cordialidad, la hospitalidad... España es todo un privilegio. Lo que pasa es que somos unos zoquetes y nos dedicamos a pelearnos entre nosotros. Si no, esto podría ser la bomba.

¿Viaja más veces solo que acompañado?

Yo no hago turismo. Además, con mi mujer viajo muy poco porque no le gusta volar. Y cuando voy a trabajar, me llevan de un sitio a otro. Reconozco que mi forma de viajar es un poco especial. Además, las vacaciones las aprovecho para escribir, que es lo que más me gusta. No soy turista, pero sí buen viajero, porque viajo mucho.

Puente de la Princesa, Girona. | D.R.

¿Algún viaje especial?

El que hice a Australia. Es un país fantástico, que realmente merece la pena conocer.

¿Le gusta llegar a los destinos a los que viaja con información previa del lugar?

Leo cosas sobre los sitios donde viajo, pero no demasiado. Como el 95% de las veces me acompaña gente del lugar, me limito a verificar algunas cosas, datos esenciales. Ir acompañado de gente de allí es lo mejor.

¿Cómo se lleva con el gremio hotelero?

Los hoteles no me perturban nada. En ellos hago mi vida. Trabajo en ellos y son como mi casa. Me conformo con poco, aunque lógicamente prefiero los cinco estrellas. Ahora me han invitado a un hotel de Cascais (Portugal) situado delante del mar que es una cosa excepcional.