Viajes de viejos, por Jesús Torbado

He conocido viejos viajeros, auténticos héroes de los caminos, aventureros sin obstáculo que los frenara.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Se van desvaneciendo a toda velocidad, cuestión del salto de los meses, los estentóreos anuncios de las vacaciones veraniegas: ese asalto brutal de muslos femeninos y masculinos, de torsos tableteados y mamas a la intemperie, con el paquete de niños en la distancia, de hombros alicatados y dientes rutilantes de cerveza y chiringuito. Ya no va más, supongo. Los negocios están hechos, cerradas las tentaciones, exprimidas las ubres de la crisis. A los viejos, como siempre, como si no existieran, se les han dejado pocas opciones. Aquí y allá una pareja empalagosa (ella más joven y siempre rubia) sonriendo desde sus dentaduras postizas y sus barrigas retocadas, subiendo al barco de crucero o rebozándose pulcramente en la arena, con una revista y un refresco en la mano. Todos saben que esa gente suele tener dinero y no solo para hacer regalos a sus nietos sino para llenar los restaurantes de lujo y los grandes hoteles. Ni siquiera hace falta atraerlos; van por sí mismos.

No son esos los auténticos viajeros, naturalmente. Andan de vacaciones, y hacen bien, aprovechan su jubilación, disfrutan del crepúsculo de sus vidas (que ya no volverá) y, en fin, deciden seguir vivos mientras están vivos. A veces con la ayuda de sus hijos y de sus nietos, y no me refiero a los lujosísimos periplos de la señora duquesa de Alba, por ejemplo, doña Cayetana -sobre todo en vida del seudoduque-jesuita Aguirre, a quien Manuel Vicent desmenuzó no hace mucho en un curioso libro-. No a ella, que se movía por los rincones exóticos del mundo cargada de dólares e iba precedida y seguida de una legión de lacayos multirraciales que le colocaban la limusina junto a la escalerilla del avión y la botella de champán al borde de la cama.

Hemos conocido a otros, afortunadamente. Durante los estertores de la Unión Soviética flotaban por los grandes ríos y los impresionantes lagos del oeste del país (siguen haciéndolo) unos navíos fabricados en la Alemania democrática y popular. Es decir, modestos, incómodos, feos, si no incluso cutres. Realizaban cruceros de espíritu proletario realmente fastuosos. Por la navegación misma y por las ciudades y paisajes que empujaban a visitar.

En el camarote contiguo al mío viajaba un octogenario con sus dos hijas y algún nieto mayorcito. Tenía dificultades para desembarcar y acudir ante las iglesias preciosas y las increíbles ciudades por las que nos pastoreaban, pero nunca se quedaba en el crucero bebiendo vodka o mirando las nubes. Estaba apuntado a todo. Cuando se cansaba, una de las hijas desplegaba un sillete de cazador, trípode de madera y asiento de cuero: asentaba allí su cuerpo aquel viejo, apoyado en un bastón, escuchaba atentamente las explicaciones del cicerone y luego recorría despacio el espectáculo de los frescos e iconos ortodoxos, de las capillas de madera, del lamentable urbanismo comunista: embelesado, entusiasmado, paciente. Al anochecer, después de acabar con los tres platos de la cena (todos de patatas) y en un espacio de la cubierta del barco, comentaríamos lentamente lo descubierto y explorado.

En otra ocasión, quedó emparejada mi furgoneta vagabunda en el vientre de un ferry con otra más grande y muy escandalosa, ferozmente decorada. Viajaban dos viejos viejísimos en los asientos delanteros y durante la travesía del estrecho de Gibraltar, entre Algeciras y Tánger, nos dio tiempo de echar unas parrafadas. Sobre todo porque no conseguimos abrir las puertas de nuestros vehículos, dentro de los cuales estábamos medio prisioneros. Resulta que aquella pareja y su autocaravana llevaban seis meses recorriendo Europa, de norte a sur, de oeste a este, disfrutando de mercados y de catedrales, de bosques, castillos, palacios y canales. Ahora habían comprado pasaje para cruzar el Mediterráneo e internarse en África. El continente no estaba en aquella época tan alterado y en carne viva como ahora. En fin, tampoco tuve más noticias de cómo se desarrolló su aventura a partir del puerto de arribo de Marruecos, pues pretendían llegar a Ciudad del Cabo a través de los países que les vinieran a mano. Una persona sensata, calibrando su estado físico a través de las ventanillas hubiera pensado que viajaban al menos con enfermera, médico, cura y albacea. Pero si habían aguantado así casi un año, desde que arrancaron de su casa de Canadá, no habría obstáculo que los frenara. Ni siquiera la muerte.

Viejos como estos ha conocido uno a muchos en muchas partes: héroes de los caminos, aventureros, sin ansia de cámaras de televisión. Nunca necesitaron tampoco que los maestros de la publicidad se asomaran a sus vidas.