Viajes a los destinos sagrados

Ya sea por cumplir un precepto o una promesa, por invocar una curación salvadora, por purificarse o por devoción, tras el paso de los siglos el hombre sigue viajando como peregrino.

Nuria Cortés. Ilustraciones: Ximena Maier

El Status Civitatis romano clasificaba a los foráneos como latinus, barbarus, hostis y peregrinus. Estos últimos eran aquellos que viajaban por los países extranjeros o que no tenían derecho de ciudadanía. No fue hasta el siglo XII cuando el vocablo comenzó a designar ya unívocamente la práctica religiosa de visitar lugares sagrados, un fenómeno antropológico presente en la mayoría de las religiones. Según el Documento de la Santa Sede sobre el Peregrinaje del 2000, se estima que cada año a los centros de culto religioso que tienen alcance suprarregional se dirigen en todo el mundo unos 240 millones de personas, de los que 150 millones son cristianos.

Por eso no es de extrañar que el llamado turismo religioso comience a ser algo más que una oferta anecdótica relegada a un segundo o tercer plano. Los tours para asistir a canonizaciones y beatificaciones se han sumado a las tradicionales peregrinaciones a santuarios como Lourdes, Fátima o Medjugorje, esta última en Bosnia-Herzegovina.

El turista religioso europeo suele estar dispuesto a pagar ciertas comodidades y prefiere estancias cortas de un máximo de tres o cuatro días aprovechando un puente o alguna etapa de un viaje más largo. Peregrinaciones exprés aparte, en el mundo aún permanecen caminos que mantienen unido al hombre con sus miedos, sus sueños y sus mitos.

Jerusalén, Israel
Llamada Yerushalayim (casa de la paz) por los judíos, y Al-Quds (la santa) por los árabes, Jerusalén encierra en su Ciudad Vieja los principales lugares sagrados de las tres grandes religiones monoteístas del planeta: el Muro de las Lamentaciones, el Santo Sepulcro y la Cúpula de la Roca. El primero de ellos es el único vestigio del Segundo s Templo, que fuera destruido por los romanos en el año 70 tras la Gran Revuelta Judía.

Según cuenta la leyenda, el emperador Tito dejó en pie este muro para que los judíos no olvidaran que Roma había vencido a Judea. Sin embargo, ellos lo atribuyeron a la promesa divina por la cual nunca se destruiría por completo el templo sagrado como símbolo de su alianza perpetua con el pueblo judío.

La Cúpula de la Roca
Precisamente en la Explanada de las Mezquitas y allí donde estuviera el recinto más sagrado del Judaísmo, se encuentra la Cúpula de la Roca, una de los más bellos y antiguos ejemplos de arquitectura islámica y el tercer lugar más importante para los musulmanes tras La Meca y Medina. En su centro se localiza la roca sobre la cual Abraham, padre de todos los judíos y de todos los árabes, estuvo a punto de sacrificar a su hijo Ismael, y desde donde Mahoma ascendió a los cielos para reunirse con Alá durante el mijrav, el viaje nocturno que le llevó desde La Meca hasta Jerusalén.

Siguiendo la Vía Dolorosa, se llega a la Basílica del Santo Sepulcro, el lugar más sagrado para la Cristiandad e importante destino de peregrinación desde el siglo IV. Curiosamente, las llaves del templo las custodian desde la época del Imperio Otomano dos familias musulmanas de Judea y de Nusibeh para evitar así las disputas que existían entre latinos y griegos sobre quién debía tener dichas llaves.

Levantada sobre el Gólgota, la colina donde Jesús fue crucificado, en el interior de la Basílica se encuentran la piedra donde las mujeres uncieron su cuerpo tras el descendimiento, la roca donde estuvo clavada la cruz, el sitio desde el cual el ángel anunció la resurrección de Jesucristo y el Santo Sepulcro en el que fue enterrado.

El Cenáculo o El Huerto de Getsemaní son otros de los lugares sacros que se pueden visitar en esta ciudad marcada por la santidad y que, en ocasiones, causa en los peregrinos el llamado "síndrome de Jerusalén", una intensa identificación con algún personaje bíblico que lleva incluso a quien la sufre a vestir túnicas y a realizar actos de purificación y abluciones.

La Meca, Arabia Saudí
La ciudad más sagrada del Islam, aquella hacia la que más de 1.600 millones de musulmanes se postran cinco veces al día, es el lugar donde nació Mahoma, donde le fue revelado el mensaje de Alá por primera vez y donde él volvió después de su migración a Medina en el año 622. Todo musulmán tiene la obligación, salvo que circunstancias personales se lo impidan, de realizar al menos una vez en su vida el Hajj o peregrinaje mayor durante el mes musulmán de dhu''l-Hijja.

Cada año, La Meca acoge a cerca de tres millones de fieles que asisten a la Fiesta Grande del Sacrificio, en la que millones de corderos son sacrificados en recuerdo de Abraham. Los peregrinos, vestidos con dos piezas de tela blanca sin costuras, deben completar una serie de ritos, entre los que se encuentran dar siete circunvalaciones alrededor de la Kaaba, orar en la llanura de Arafat hasta la puesta del sol y viajar al pueblo de Mina, donde habrán de apedrear al diablo, representado por unas columnas de piedra.

El complejo de la mezquita, donde se encuentra la Kaaba, cubre un área de más de 350.000 metros cuadrados y puede acoger a unos 820.000 creyentes durante el Hajj. La Meca, al igual que Medina, tiene prohibida la entrada a los no musulmanes.

Bodh Gaya, India
Hace unos 2.500 años, el príncipe Siddharta Gautama se sentó bajo un ficus y entró en una profunda meditación tras la cual alcanzó el Nirvana, convirtiéndose en Buda. Desde entonces, la pequeña ciudad india de Bodh Gaya, en el Estado de Bihar, es el más importante sitio de peregrinación budista.

Los fieles que hasta allí acuden se acercan al descendiente del árbol que cobijara al príncipe durante aquella noche, llamado Bochi (iluminación), y atan pañuelos en sus ramas, esparcen pétalos, encienden lamparitas y queman incienso.

Pero la peregrinación no se completa hasta que visitan el Mahabodhi, uno de los más antiguos templos budistas, en cuyo interior se guarda una colosal imagen sedente de Buda tocando la Tierra con su mano derecha, la misma postura con la que adquirió la suprema iluminación.

Benarés, India
Ciudad santa desde hace más de tres mil años, cuando era un centro religioso dedicado al dios Sol, Benarés constituye el principal punto de peregrinaje para los hinduistas. "Más antigua que la historia, más antigua que la tradición", tal y como la definió el escritor Mark Twain, a ella acuden millones de peregrinos cada año para purificarse o para morir. Esto último representa para todo hindú la bendición suprema, ya que si la muerte le llega a menos de 60 kilómetros de la ciudad, Shiva lo liberará completamente del ciclo de las reencarnaciones y permitirá que su alma se funda en el paraíso de Brahma, el dios creador.

Al alba, la orilla del Ganges se llena de hombres y mujeres realizando baños purificadores, orando y ofrendando lamparitas de aceite y guirnaldas de flores. Cuando el sol despunta en el horizonte, los fieles le rinden tributo dejando correr entre sus manos entreabiertas el agua sagrada del Ganges. De entre todos los ghats o escalinatas de piedra que se distribuyen a lo largo de cinco kilómetros, el de Manikarnika es el más impresionante por ser su explanada uno de los crematorios principales de la urbe.

Otro de los enclaves sagrados para los hinduistas es el Templo de Oro, en cuyo interior se guarda el lingam más preciado de Benarés, una piedra fálica que simboliza la potencia vital de Shiva.

El Camino de Santiago
Cuenta la tradición que a mediados del siglo IX un ermitaño de nombre Pelayo, que vivía en el bosque de Libredón, observó durante varias noches cómo unas luminarias misteriosas que semejaban una lluvia de estrellas caían sobre un montículo deshabitado. Tras el descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago el Mayor, se generó una multitudinaria corriente de peregrinación que acabó formando una densa red de itinerarios conocidos en su conjunto como el Camino de Santiago, entre los cuales es el llamado Francés el recorrido de mayor tradición histórica, habiendo sido declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Los momentos de mayor apogeo se produjeron durante los siglos XI, XII y XIII, cuando Santiago de Compostela se convirtió en uno de los destinos más importantes para los devotos, tras Roma y Jerusalén. En la actualidad, y tras la decisión del gobierno autonómico gallego de potenciar el Año Santo Compostelano de 1993, el Camino ha vuelto a resurgir con fuerza.

Los periodos de mayor afluencia coinciden con los Años Compostelanos, celebrados cada 6, 5, 6 y 11 años. Durante el último Xacobeo, celebrado en 2004, Santiago recibió la visita de 12 millones de personas, de las que 180.000 obtuvieron la Compostela, la certificación oficial que acredita que se han hecho por lo menos los últimos 100 kilómetros del Camino a pie o 200 en bicicleta.