Viajeros huracanados por Jesús Torbado

Quizás algunos piensen que ir de vacaciones al Caribe no es exactamente viajar, pero aun así la gente sigue sin tener en cuenta la sabia sentencia de Blas Pascal: que todos los males le sobrevienen al hombre por no quedarse en su casa.

Jesús Torbado

Cuando medio mundo anda colgando guirnaldas en casa, acopiando turrón, congelando besugos y dudando entre cava político o champán también de importación, tienen ya los huracanes pocas ganas de mover sus monstruosos ojos por las costas del Golfo de Méjico. Se ha desvanecido su recuerdo siniestro. Y se han secado también aquellos ríos de lágrimas que estuvieron a pique de anegar el aeropuerto de Barajas.

Comenzó la saga -como dirían los periodistas deportivos- una diputada socialista catalana llamada Lourdes Muñoz, de efímera gloria. Y comenzó con el Katrina, el tifón que convirtió a la ya decaída Nueva Orleans en una bañera y sembró muertos por su alfoz. Aquella señora incluso nos endilgó por las rendijas de la Internet un relato prolijo y abstruso, apenas inteligible gracias al lamentable español que usaba y a su manifiesta torpeza literaria, de los tremendos sufrimientos que padeció en diversos albergues de Florida y el poco caso que hicieron las autoridades a sus requerimientos y a su alta dignidad de dama política de vacaciones.

Ya entonces, cuando los intrépidos viajeros iban regresando, vimos grifos de lágrimas por partida doble: en sus ojos y en los de los parientes que los recibían. A finales de noviembre, prevenidos ya los cámaras de televisión, los efectos del Wilma resultaron implacables. Se quitaban la palabra unos a otros relatando ante los ávidos periodistas, en descarnado directo, las desorbitadas desventuras que padecieron en los refugios, lo aburridos que estaban en las escuelas y en los baños blindados, la escasa comida que les servían... La parentela abría la boca espantada por sucesos que ni Marco Polo, ni Burton, ni Livinsgton ni los mismísimos Ponce de León y Cabeza de Vaca -que recorrieron a conciencia aquellos andurriales- llegaron a conocer: volaban los avisos luminosos de hamburgueserías, se doblegaban los cocoteros, silbaban los vientos contra el acero de los hoteles, qué horror, qué espanto.

La mayoría se quejaba amargamente de que nadie corriera veloz a salvarlos desde la madre Patria, o lo que fuere ya el territorio del que habían partido. Ningún consejo de altos comisionados y embajadores movilizó al porta-aeroplanos Príncipe de Asturias, ni salieron flotillas de F-18, ni el ministro Bono, tan avezado y generoso en movilizar a nuestras tropas en plan oenegé universal, tuvo la delicadeza de remitir un par de divisiones acorazadas a Cancún. En fin, ni siquiera los entusiastas bomberos de Huelva, con sus perros fantásticos, hicieron amago de fletar media docena de Hércules o un par de 767 de Air Europa para entregar aspirinas y calcetines secos a los atrapados.

Toda aquella gente que se había derramado por las playas blancas y calientes había conocido una aventura viajera morrocotuda y obligado era que radios y canales de televisión se hartaran de divulgar sus cuitas, sus llantos, sus agravios y sus protestas. Tal vez muchos de ellos, a rebufo de la popularidad que consiguieron la diputada Muñoz y su indigesto relato, con el Katrina como protagonista, pergeñaron incluso una novela o medio millar de blogs internéticos para ejemplo de vacacionistas futuros y de imprudentes viajeros colectivos.

Eso es lo que ocurre por viajar y todos deberían saberlo. Aquí y allá se encuentran huracanes indomables, torrenciales aguaceros, perros furiosos, árboles tronchados, peligros de todo género. Incluso si uno se interna en países menos controlados por los turoperadores, pongamos la India, se puede tropezar incluso con mendigos zarrapastrosos. O con niños hambrientos en África. Y hasta con tipos malolientes en las estepas mongolas... Experiencias ominosas, infames peligros, en fin, que también deberían exhibirse ante las cámaras para provocar el llanto de la cuñada y los pucheros del compañero de trabajo. Quizás algunos piensen que ir de vacaciones al Caribe no es exactamente viajar, pero aun así la gente sigue sin tener en cuenta la sabia sentencia de Blas Pascal: que todos los males le sobrevienen al hombre por no quedarse en su casa, viendo tan ricamente los huracanes y los abrazos y lágrimas de quienes escaparon de su garra.