Viajeros de olvido por Jesús Torbado

Hay millones de viajeros realmente esforzados y valientes de los que nadie se ocupa, a los que nadie atiende.

Jesús Torbado

Los inevitables excesos a que obligan la publicidad, el hambre de reconocimiento público, la codicia de fama y de dinero nos han acostumbrado desde hace mucho a venerar o adorar a muchos personajes por sus obras más llamativas y estruendosas, incluso sin analizar el verdadero mérito de las mismas y su sentido, incluso aunque sean falsas. Véase el cercano escándalo ante la muerte de un montañero mallorquín en la cima del Annapurna, con la penosa secuela de las declaraciones de un compañero-jefe, personaje al parecer muy mediático, como ahora se dice, que lo dejó abandonado en la nieve y después, bronco e injusto, acusó a otros de no acudir a socorrerlo.

No fue aquel alpinista obligado a su viaje, sino que lo hizo voluntariamente y sostenido con grandes apoyos y buen aparejo propagandístico. La supuesta heroicidad del triste desenlace no debería ser considerada mayor que la del taxista que se da un golpe con su coche y muere, o la de cualquier otro trabajador que cae en el tajo en el que se gana la vida. Mas aquí incluso se propuso que el ejército español acudiera con todos sus medios al rescate imposible del cuerpo, como si el ejército estuviera organizado para ese fin y los caprichos privados, aun con desenlace fatal, hubieran de ser pagados a escote por todos los ciudadanos.

Así encontramos en cada esquina del tiempo a viajeros que se pavonean de sus prodigiosas hazañas, con cuentos fantasiosos y sólidas patrañas que darían envidia al mismo barón de Münchhausen. Brillan en los televisores, ensordecen a contertulios en la radio y llenan páginas en productos impresos. Tal vez algunos merezcan la atención que se les presta, pero hay millones de viajeros realmente esforzados y valientes de los que nadie se ocupa, a los que nadie atiende y cuyos nombres han sido borrados antes de pronunciados.

En la ciudad mexicana fronteriza de Tapachula, cerca del Pacífico, podría escribirse toda una biblioteca con las hazañas y penurias de miles de seres que intentan malamente organizarse para cruzar todo México y entrar clandestinamente en Estados Unidos. Hasta allí han ido llegando de El Salvador, Guatemala, Honduras..., en periplos estremecedores. Después, la travesía de México es siempre un documento del terror. Que puede durar años. "Si no fuimos violadas es que no pasamos por México", es la frase común que las mujeres llamadas latinas susurran en Arizona y California. Las que consiguieron llegar hasta allí. Pues se ha dicho que en Tapachula puede haber normalmente hasta medio millón de personas varadas, perdidas en su (mala) suerte.

Sólo hay un paralelismo viajero, igual de secreto, en los duros parajes próximos a Melilla y en otros espacios menos conocidos aunque no menos hostiles del Magreb: en Marruecos, Argelia, Libia y Túnez. Poquísima gente se acerca a contemplar, a ayudar a estos nómadas forzadamente top-secret. Casi a nadie interesan sus aventuras, sus desventuras de antes o de después de embarcar en la patera o de irse al fondo del mar, con fugaces excepciones como la hermosa película de Gerardo Olivares, 14 kilómetros, o algunas novelas de Vázquez Figueroa. Esas gentes de raza negra a las que la necia corrección política obliga a llamar subsaharianos practican viajes tan inverosímiles como arriesgados: a pie, hacinados o escondidos en viejos camiones o tractores. Viajes desde Mali, Níger, Chad, o desde más lejos. Miles de kilómetros. Sin guía ni azafata.

Evidentemente ni las revistas llenas de colores ni las televisiones que tan saturadas están de ruido se interesan casi nunca por ellos. De tarde en tarde, un poquito quizá. ¿Quién visita o atiende sus patéticos "campamentos base", en nada parecidos a los de los Himalayas? Viajeros involuntarios, nómadas heroicos que sólo se hacen visibles cuando han muerto. Pero también muy poco visibles. Y sólo alguna vez.