Viajeros de fortuna por Jesús Torbado

Desde antiguo se sabe que en España el trabajo o el apalancamiento políticos son un sistema estupendo de prosperar.

Jesús Torbado

Miles de lectores de esta golosa revista, incluso todos los que trabajamos en ella, sentimos de cuando en cuando una afectuosa envidia hacia quienes escriben, fotografían y firman algunos de sus reportajes, hacia quienes informan o comentan determinadas maravillas. Ah, si yo pudiera pasear por ese lugar; ah, si fuera yo de aquellos a cuyo alcance están visiones y experiencias tan gloriosas. Mas son muy pocos los que tienen tiempo, oportunidad y dinero para apropiarse de tan delicados lujos.

La mudanza de sillones ocurrida después de las elecciones autonómicas catalanas ha permitido difundir datos según los cuales es muy sencillo superar aquella envidia; incluso cumplir los deseos más secretos. De antiguo se sabía que en España el trabajo o la ubicación y apalancamiento políticos eran un sistema estupendo y seguro de prosperar. Sus protagonistas lo niegan, como es lógico. Y al igual que los tóxicos controladores aéreos, aseguran que no es para tanto lo que cobran en relación a lo que merecen, que se trata de envidiejas, habladurías e infamias. Mas los hechos dan la razón a los muy resquemados contribuyentes.

En el caso de los grandes viajes por el morro o por la patilla son centenares o miles los periplos absolutamente descarados e inútiles. Desde concejales y funcionarios menores de ayuntamientos muy pobres que se reúnen para jinetear en Cuba, al socaire de supuestas fraternidades socialistas, hasta altísimos gobernantes tipo las señoras bailarinas exóticas Fernández de la Vega y Pajín o aquel jefe superior de los espías que se dedicaba a la pesca de altura con financiación pública. Por no citar a los cienes y cienes de "delegaciones oficiales" que han volado a los más exóticos rincones del planeta para "hacer promoción" de su playita (limpiada dos veces al año), de su gastronomía (callos con garbanzos) o de sus crueles fiestas populares (muerte de un animal incluida). Iban a China, a Siberia, a Buenos Aires, a Bali, a Pretoria... Todo pagado y la compañía de los colegas añadida.

Mas lo que se ha sabido de un político izquierdista y republicano catalán sobrepasa todo asombro. Se llama don Ernest Benach, era al parecer jardinero y la fortuna de los votos le permitió figurar como presidente del Parlamento de aquella comunidad, un trabajo abrumador. Con derechos como el de utilizar para sus paseos un haiga alemán Audi A8 y añadirle la cara y caprichosa infraestructura de un supertelevisor extraplano, un reposapiés almohadillado (¿con seda de Bagdad?) y una mesita plegable para las meriendas del camino, entre otras cosas. Su cargo y su personalidad debían de ser altísimos y absolutamente irreemplazables, pues le obligaron a realizar durante su satrapía en Barcelona hasta setenta viajes internacionales, o sea, 1,6 desplazamientos fuera de España cada mes. Billetes aéreos en business pagados, hoteles de lujo pagados, grandes banquetones pagados, dietas, socaliñas; y auxiliado siempre, por si se fatigaba el marcopolo con tanto trajín, "por una nutrida comitiva de asistentes, secretarios, voceras, traductores, cocheros, pajes, ayudas de cámara...", según enumeraba el periodista José García Domínguez.

Desde luego, uno se pregunta qué tipo de gestiones llevaría entre manos ese conspicuo funcionario como para empujarlo a tanto movimiento, de Italia a Japón, de Australia a Polonia, de Corea del Sur a Toronto, de California a Bulgaria, de Argentina a Nueva York, como cita el aludido informador.

Mas, créanlo, el trabajo fue tan abrumador y estresante que el gobierno de su región le premia, ahora que ha perdido la silla, además del sueldo recibido, con un salario de 104.000 euros por año durante cuatro, más una pensión vitalicia, o sea, de por vida, de otros 78.000 euros al año, compatible con cualquier otra renta pública o privada. Para que pueda seguir viajando a placer, si le apetece y le queda lugar adonde ir, salvo que le regalen otros viajes gracias a los negocios hechos y a las amistades anudadas.

Estos datos permiten llenar de esperanzas el corazón de los envidiosos e impotentes viajeros que topan con dificultades para hallar la fortuna de cumplir sus sueños. Les bastará, y con muy poco esfuerzo, con dedicarse al jugoso negocio de la política. Y seguramente ni será necesario ser de izquierdas, republicano o jardinero. Ni siquiera catalán, desdichado prototipo de ciudadano al que, como se sabe y se ha dicho, el resto de los españoles expolian y le roban la cartera.