Viajero y, además, corresponsal, por Carlos Carnicero

El equipaje de un viajero avezado debe incluir, de oficio, un ordenador portátil y una cámara de fotos manejable.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Están los tiempos para el ejercicio de una economía existencial. Hay que aprovechar cada oportunidad y sacarle todo el partido a cada euro porque cada día resultan más escasos, por lo menos para los que somos ciudadanos comunes sin medios de fortuna.

Para los iniciados, viajar forma parte de la esencia de nuestras vidas; renunciar al descubrimiento es una frustración importante, aunque la realidad económica se imponga. Hay, no obstante, una solución práctica: adecuar el presupuesto a nuestras posibilidades y realizar los viajes con medios mucho más ajustados. La ventaja se manifiesta en el descubrimiento de que una gran parte del lujo es gratis si se tiene el ingenio para descubrirlo. Beber una cerveza en un vaso helado no tiene gasto añadido porque poner el recipiente en el congelador no aumenta la factura eléctrica. Si uno es audaz, puede fingir ser el potencial comprador de un costoso traje de Armani: el placer no está en la posesión, sino en la ficción razonable de que se disfruta lo que se desea como comprador vicario desde la propia escasez.

Hubiera dado cualquier cosa -y todavía estoy a tiempo- por ver personalmente la tragedia griega, no como un ejercicio de morbosidad sino como una apreciación sociológica del derrumbe del Estado del Bienestar. ¡La que nos espera!

Haber estado en la ciudad de Lisboa durante la Revolución de los Claveles es un adiestramiento insustituible para nuestra propia vida. Como haber visitado Berlín los días en que el famoso Muro fue derribado. Siempre digo que viajar a Cuba representa una oportunidad de conocer una realidad sociológica y política que no se puede observar en ninguna otra parte del mundo. Además, las nuevas tecnologías permiten a cualquier persona convertirse en un reportero o cronista de experiencias que interesan a mucha gente. En el equipaje de un viajero avezado debe incluirse, de oficio, un ordenador portátil y una cámara manejable de fotos. En vez de gastarse ochenta euros en la entrada más barata del The Metropolitan Opera House de Nueva York, se puede tomar notas de la visita a Chinatown para armar un reportaje sobre la falsificación sofisticada del lujo. Y se puede escuchar a María Callas, aunque no esté viva, en un simple CD.

Pasear por la Plaza Djemaa el Fna, en la ciudad marroquí de Marraquech, no obliga a ninguna compra -siempre que se sea capaz de resistir la habilidad de los comerciantes-, pero permite escudriñar los secretos de los mercaderes del desierto y dar buena cuenta de ello haciendo un ejercicio de redacción que no reporta gasto ni promociona ingresos, pero da la satisfacción de publicar en Facebook lo que uno ha sentido.

Con tener un blog y unos cuantos amigos dispuestos a una dialéctica sobre nuestras experiencias toma pleno sentido sentirse como un auténtico corresponsal. No se entienda este manifiesto como una invitación a sustituir a los medios de comunicación ni a los periodistas. Se trata de aprovechar inteligentemente las redes sociales y acceder al intercambio de información sin otro filtro que el de nuestras propias percepciones.

El mundo, tal y como lo conocemos, está cambiando a una velocidad de vértigo. Ser testigos activos de estas transformaciones es un privilegio. Dejar testimonio de nuestros sentimientos y nuestras preocupaciones es garantizar que la memoria no sustituirá, con el paso del tiempo, todo lo que se nos fue permitido conocer en directo.

El siglo XXI discurre a la misma velocidad de las nuevas tecnologías. Ya no se está en Internet; se vive en Internet. Y la grave crisis económica nos proporciona la formidable excusa de ser los corresponsales de nuestras propias vivencias. Por lo menos le he encontrado un resquicio positivo a esta tragedia. ¡No es poco!