Viaje y modernidad por Javier Reverte

El antiguo viajero llevaba cuadernos de notas, mapas y prismáticos; el de ahora, ordenador, móvil, MP-3 y GPS.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio
Qué días aquellos de ignorancia ibera sobre la modernidad. Por ejemplo, el final de los años 50 del pasado siglo, cuando llegaron a nuestros hogares las primeras duchas. Eran, al parecer, un invento americano y la gente las miraba con desconfianza. En mi posguerra familiar los niños tomábamos un baño semanal (por lo general los sábados), uno detrás de otro y en la misma agua calentada en grandes baldes, lo que suponía para el último un agua ya bastante fría y de color chocolate. Recuerdo a una amiga de mi madre, culta ella y muy elegante, afirmando una tarde muy solemne en el salón de casa que ducharse más de una vez por semana podía llegar a producir polio. Y ya ve, amigo lector: hoy nadie puede prescindir de su ducha diaria, incluso dos en los meses de verano, y la polio está casi erradicada. También tengo muy clara en mi memoria una imagen de finales de los años 60: en un pueblo andaluz, dos turistas ingleses le tomaban fotografías a un borrico. ¡Cómo nos reímos de ellos mis amigos y yo! Pues bien, al filo del siglo XXI, viajando por las serranías de Almería, me encontré tirándole fotos a un burro, un animal que hoy está a punto de extinguirse y que ya es casi una especie protegida. Me acordé de aquellos turistas y de mí mismo cuarenta años antes. Y sentí vergüenza, la verdad. El primer móvil que tuve lo estrellé contra una pared a las dos semanas de comprármelo, harto de que me controlaran, afirmando ante quien me quiso oír que si hasta entonces se podía vivir sin móvil, ¿por qué teníamos que cambiar? Juré no comprarme otro. Y hoy tengo uno sin el que no puedo salir a la calle e incluso estoy pensando en adquirir un íphone. He logrado, por lo menos hasta ahora, dejarlo en Madrid cuando me voy de viaje. Pero seguro que duraré muy poco en mi empeño. Hace menos de un año, en un viaje con cinco amigos por África, y mientras acampábamos en un parque salvaje a la hora de la siesta sin presencia humana en bastantes kilómetros a la redonda, uno de mis compañeros gritó: "¡Hay cobertura!". Y todos saltaron rápidamente de sus catres, salieron de las tiendas y comenzaron a pasear frenéticos, con el móvil pegado a la oreja y llamando sin pausa a España. Me sentí como un marciano. A veces, en las entrevistas de prensa los periodistas me preguntan si viajo con ordenador. "¡No, Dios mío!, ¿para qué?", respondo. "¡Por el wi-fi!", contestan muy seguros de sí. Yo afirmaba hasta hace poco que no necesitaba wi-fi. Pero en mi último viaje a la ciudad de Nueva York, hace ya cosa de un año, me di cuenta de que ya no existen casi los cibercafés y que todo el mundo viaja con su portátil a cuestas en busca de wi-fi. Así que tendré que comprarme uno. El antiguo viajero llevaba mapas, multitud de papeles acreditativos, cuadernos de notas y, en todo caso, unos prismáticos. El de ahora lleva ordenador, móvil, MP-3 y GPS. Mi último descubrimiento de la modernidad aconteció en Suiza hace cosa de cuatro años. Iba a viajar en tren desde Friburgo a Zúrich cuando, al asomarme a la ventanilla del despacho de billetes y pedir el que deseaba, el empleado me dijo: "¿Quiere un vagón de silencio?". Me quedé de piedra. "¿Y qué es un vagón de silencio?", pregunté. "Pues un vagón en el que no se puede hablar con el compañero de asiento ni siquiera en voz baja y, por supuesto, nada de teléfono móvil". Desde luego que, de inmediato, pensé en lo raros que son por lo general los ciudadanos centroeuropeos. "¡Vagones de silencio!, ¡madre mía!", exclamé para mí. Y ahora, si Renfe decidiera instalar vagones de silencio, viajaría en ellos sin dudarlo ni un momento y pagando lo que fuera preciso. ¿Se imaginan ustedes un plácido y relajado viaje en el que no sonaran los teléfonos móviles y no estuvieses condenado a tener que escuchar durante varias horas los problemas amorosos y sexuales de los jóvenes en sus relaciones de pareja, las lúcidas inversiones de los hombres de negocios y de los que juegan en Bolsa, las brillantes opiniones sobre política, las insustanciales charlas de quienes no han descubierto que leer constituye una afición mucho más enriquecedora que el parloteo banal? En España, uno se baja de los trenes al llegar a su destino con la cabeza como un auténtico bombo. ¿Llegará ese día feliz en que los vagones de silencio sean tan normales como la ducha?