Cada viaje es único, por Javier Moro

No es igual visitar a los Kayapó cuando lo hice, que hoy, cuando casi no queda selva en los alrededores de la aldea

Javier Moro
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Foto: Javier Moro

A finales de la década de los ochenta del pasado siglo, hice un viaje singular en compañía de unos indios de la tribu Kayapó en la Amazonia brasileña. Remontamos el río Xingú hacia la aldea de donde eran oriundos. Aquellos compañeros de viaje no hablaban nada excepto su idioma, y su única vestimenta era un cordel alrededor de la cintura para sostener el pene. Cuando se acababan las cerillas, encendían fuego frotando dos palitos de madera. Comíamos todo lo que cazábamos y pescábamos. Para mí, aquella singladura era como un viaje por un túnel del tiempo hacia un lugar fuera de la historia, fuera del mundo. Un periplo hacia lo “auténtico”. 

Raquel Marín



Al cabo de dos semanas llegamos a la aldea de Aukre, un conjunto de chozas a la vera del río. Estaba desierta. Uno de mis compañeros de viaje me dijo que tenía que presentarme al jefe de la tribu, y que lo encontraría bajo un pajizo en el linde de la selva. Allí dirigí mis pasos. Bajo un amplio cobertizo estaba sentada la tribu entera. Todos tenían la vista puesta hacia un punto en el techo. Parecían hipnotizados. Cuando me agaché, me llevé la gran sorpresa: aquellos indios desnudos y pintarrajeados, con plumas en la cabeza, estaban viendo la televisión. ¿Y qué veían con tanto interés? Un episodio de la serie Dallas, doblado al portugués, idioma que por supuesto no entendían. Por esa pequeña pantalla, los Kayapó entreveían un mundo desconocido y que les fascinaba. Luego me enteré de que el primer dinero ofrecido por los madereros como pago por tener derecho a talar su trozo de selva lo destinaron a la compra de una antena gigantesca de televisión. Querían ver mundo.

Hoy, la aldea de Aukre tiene casas de ladrillo y hasta una calle asfaltada. Los jóvenes van en moto. Muchos se dan al alcohol. Todos quieren su celular. La verdad es que en este siglo XXI apenas existen lugares donde no llegue nuestra civilización con una fuerza arrolladora. Lo que lleva a preguntarse si vale la pena seguir viajando en un mundo que se parece cada vez más a sí mismo.

He tardado tiempo en entender que no existen otros mundos, sino uno solo en perpetua ebullición y cambio. Y como en la vida misma, lo maravilloso del viaje es lo inesperado, lo que se sale del plan original, lo que te deja con la cabeza llena de estrellas y con más preguntas que respuestas. Dos viajes por recorridos idénticos realizados por personas distintas nunca serán iguales. Además, entendí que cada viaje tiene mucho que ver con el momento en que se realiza: no es lo mismo visitar los templos de Angkor en 1992, cuando todavía guerreaban los Jemeres Rojos en la zona y uno se encontraba solo en aquella ciudad perdida en la selva, que ahora, donde me dicen que hay que hacer cola para visitar los monumentos. No es igual visitar a los Kayapó cuando lo hice, que hoy, cuando casi no queda selva en los alrededores de la aldea. Si antes iban descalzos y desnudos, ahora usan zapatillas y pantalones cortos de marca. Aquel cacique que fui a saludar bajo el pajizo conduce hoy su propio cuatro por cuatro… Por eso, cada viaje es una experiencia única, irrepetible e histórica.