Viaje y mujer, por Patricia Almarcegui

"Las viajeras quedaban invisibilizadas y con ellas otras subjetividades"

Patricia Almarcegui
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Foto: D. R.

Hace unos meses tuvo lugar un ciclo de conversaciones sobre el viaje y la mujer en el que participaron siete escritoras y artistas que habían hecho del itinerario su tema preferido. Se partía de la realidad de que el viaje había sido una práctica masculina y de que cuando se hablaba del “viajero” se pensaba en un varón, blanco y occidental. Las viajeras quedaban invisibilizadas y con ellas otras subjetividades. A lo analizado hasta entonces, en el coloquio (organizado por el Instituto Cervantes de Bruselas), se plantearon algunos puntos que merecen ser recordados. La performatividad, por ejemplo, o la transformación de la viajera en otra u otro para poder desplazarse, un esfuerzo que le obliga a ir más allá de sus límites y se encarna en su escritura haciéndola aún más literaria. La autorreflexión sobre el viaje en solitario, que no existe en los relatos de los viajeros, y que da cuenta del miedo, las dificultades y los peligros que sufre. 

También la interrogación sobre qué significa estar “solos y solas” en época contemporánea, una categoría, la de “viajar solos”, en la que no parecen caber los hombres pues no ha sido una condición de diferencia. Y la necesidad imperiosa de ampliar las categorías del viaje. Estas no se pueden articular solo a prácticas hechas históricamente por los hombres, como la aventura, los descubrimientos o las conquistas, sino a formas y sentidos en los que las mujeres tienen la misma autoridad y no son subalternas.

Raquel Marín

Entre otros: la vida cotidiana, las emociones, la intimidad, etc. Los corpus viajeros han sido catalogados por los hombres y leer a las mujeres amplía la imaginación. Pensemos en cuatro mujeres privilegiadas (las viajeras son pocas y menos aún las que escriben) y la forma en que han mostrado nuevas sensibilidades e imaginarios. La inglesa Mary Pierrepoint, Lady Mary Wortley Montagu tras su matrimonio con Edward Wortley Montagu, es consciente de su género y sabe que accede a espacios íntimos vetados para el hombre.

Su narración es veraz frente a la mentirosa de los hombres, quienes: “No dejan de dar al lector un informe sobre las mujeres, a las cuales es muy probable que nunca hayan visto”. 
Annemarie Schwarzenbach es testigo de la prohibición del shah Mohammad Reza Pahlavi en 1936 de llevar velo en Irán y describe el malestar de las mujeres que se sienten desnudas y avergonzadas, una “prohibición que de nuevo proviene de un hombre”. Gertrude Bell cambia el género de Oriente y lo vuelve femenino por primera y única vez: “En los jardines es donde Oriente es más ella misma: comparten su encanto y son tan inesperados como ella”.

Jan Morris se somete a una operación de cambio de sexo en el año 1972 y modifica su expresión literaria. Creía que la masculinidad había sido la causa de sus viajes de aventura anteriores y decide publicar solo novelas. Definitivamente conocer las visiones de las viajeras es una necesidad, desplazan los relatos hegemónicos y cuestionan los límites que nos “enseñaron” los hombres para escribir. Ahora se trata no solo de feminizar el viaje, sino de despatriarcalizarlo.