Viaje gnóstico, por Luis Pancorbo

La localidad egipcia de Nag Hammadi saltó a la fama en 1945 por el descubrimiento de unos papiros: los evangelios gnósticos.

Luis Pancorbo

Nag Hammadi, una pequeña y algo somnolienta ciudad del Alto Egipto, saltó a la fama en 1945 por el descubrimiento de unos papiros que se creyó que iban a cambiar el mundo. Eso se dice a veces. Se encontraron los evangelios gnósticos, textos, por tanto, llenos de gnosis, que quiere decir "conocimiento", y del tipo más alto, oculto y escamoteado de la historia del cristianismo. Aún hay quienes dan vueltas al tema. Antiguamente Nag Hammadi se llamó Chenoboskion, "el lugar donde pastan las ocas", y allí se ubicaron los primeros monasterios coptos. Hoy es una ciudad tendida en la orilla occidental del Nilo, con unos 30.000 habitantes, musulmanes en su inmensa mayoría. Hay muchos caminos para llegar allí. Se puede bajar desde El Cairo, subir desde Luxor o cruzar el desierto que arranca en el Mar Rojo. Ya en Qena, capital de la muhafazah o gobernación del mismo nombre, se bordean plataneras y cañaverales de azúcar por unos 50 kilómetros. Y pueblos como Dishna, donde casi todos los hombres van armados a causa del fundamentalismo. En Nag Hammadi las gentes no te quitan ojo y un coche de Policía te sigue mientras paseas por la gran calle que da al río. Las tiendas venden desde vaqueros a floridos trajes de novia. No lejos anda el zoco con el hojalatero que hace faroles o el panadero que amasa hogazas nobles, y todo lo demás. La mayor parte de los taxis en Nag Hammadi son calesas. A la hora de reponer fuerzas, el restaurante Port Said no falla con sus humus de garbanzos y sus kebabs de cordero. Lo más interesante queda al otro lado del pueblo y del anchuroso Nilo azul. A 18 kilómetros al Nordeste, cerca de Hamra Doum, se ubica Phbôo (Pabau), con las ruinas del primer monasterio cristiano del lugar, el fundado por San Pacomio en el año 320. En una gruta cercana, a los pies de Djebel el-Tarig (es decir, el monte Gibraltar), fue donde hace 63 años el campesino Muhamad Ali al-Samman encontró unas jarras con trece libros escritos en papiro y encuadernados en cuero. Un tesoro de 1.100 páginas traducidas del griego al copto en el siglo II, con 52 textos distintos entre los cuales figuran los evangelios gnósticos, o los evangelios no reconocidos, de Tomás, Felipe, Valentín, María... Dan Brown encontró en María Magdalena un filón para su Código Da Vinci, pero lo cierto es que algunos gnósticos rendían culto a un dios tan original como Barbelo, Madre-Padre, y fuente de todo. También aparecieron en Nag Hammadi los Apocalipsis de Pedro y Santiago. Y el Evangelio de los Egipcios, conocido como el Libro sagrado del Gran Espíritu. Y el Apocrifón, y tantos textos vibrantes, con sus originales verdades, o al menos verdades no filtradas por la diatriba y la intransigente ortodoxia. Los papiros de Nag Hammadi se encuentran en el Museo Copto de El Cairo, salvo los fragmentos que conformaron el llamado Códice Jung. Alguien robó esas páginas, las sacó de Egipto y, tras peripecias varias, constituyeron un regalo para el psicólogo Karl Gustav Jung. Otro misterio dentro de la azacanada historia de los gnósticos, esos buscadores de la verdad absoluta que, en los primeros siglos del cristianismo, decían ser los depositarios de las enseñanzas secretas de Jesús (no precisamente las de los cuatro evangelios oficiales). Y es que, si bien por vías y creencias muy diversas, los gnósticos anhelaban beber en las más puras fuentes cósmicas, allá donde la divinidad y el universo son la misma cosa. Ideas, muy orientales por otro lado, que fueron decayendo hasta quedar laminadas por la ortodoxia romana. Sin embargo, algunos de esos textos gnósticos, como el evangelio de Tomás, todavía claman en el desierto: "Quien haya encontrado el mundo y se haya hecho rico, ¡que renuncie al mundo!". Ya puestos, uno prefiere esa otra frase gnóstica de "Haceos transeúntes".