Viaje y fútbol, por Patricia Almarcegui

"Ahora me confundo y no sé bien si estoy en los alrededores de Agadir en un atasco de domingo entre las motos y las familias que sortean los coches para ir a ver el partido del Hassania Union Sport"

Patricia Almarcegui
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Foto: D. R.

Hubo un tiempo que viajaba para ver fútbol. Me he olvidado de muchas cosas, pero recuerdo haber estado en Andorra (Teruel), Gorizia, Soria, Lorca, Lérida, Madrid, Santander, Barcelona, Caspe, Castellón, Zaragoza y Udine. Lo de Milán lo recuerdo mejor. Quizás por la imagen de la lista de pizzas colgada en la pared escritas con rotulador grueso y azul. Yo quería la misma que tomaba en el restaurante Da Baffetto de Roma, salchicha, cebolla y champiñón, pero el camarero me ofreció probar mejor las especialidades de la casa: Van Basten, Gullit y Rijkaard. 

Vivía en la capital italiana, era casi adolescente y bailarina, y cuando quedaba con amigos íbamos a esa pizzería cerca de la Piazza Navona. Allí disfrutaba con el jugo extraviado de la cebolla que envolvía la salchicha fresca, se mezclaba con los trocitos desperdigados de la carne y que hace años que no comería. El restaurante que había hecho de los tres grandes futbolistas del Milán unas pizzas (y que no llegué a probar) estaba en Bérgamo o quizás en Mestre, ya no me acuerdo. Pero sí que no era en Milán, pues habíamos decidido evitar en la medida de lo posible la ciudad además de no ir en coche. 

Raquel Marín

“No puedo ir más allá”, dijo el taxi que nos llevó desde la estación y nos abandonó en los alrededores del estadio. Llegaban adolescentes, muchos adolescentes, y padres con hijos y un gran murmullo. Ahora me confundo y no sé bien si estoy en los alrededores de Agadir en un atasco de domingo entre las motos y las familias que sortean los coches para ir a ver el partido del Hassania Union Sport o a la entrada del campo de fútbol de Teherán en la película Offside de Jafar Panahi. Pero sí recuerdo que vendían bufandas y pelucas con trenzas negras imitando las rastas de Ruud Gullit, y que el acceso era muy lento.

Me abrieron la mochila y no me dejaron entrar con la botella de agua. Al chico de delante le quitaron la peluca y le miraron debajo de las trenzas. Estábamos en la zona que habían reservado para los espectadores del Real Madrid y el resto del estadio de San Siro clamaba. El campo era verde y lejano y muy al fondo,  nuestro sitio, una mancha entre 80.000 espectadores. Saludamos a un padre con su hijo de unos 12 años sentados a la izquierda. Habían llegado el día anterior. Viajar desde Madrid a Milán para ver el partido, y el estadio clamaba. No sé cuándo empezó a llorar el niño pero hubo un momento que apoyó la cara en el regazo de su padre y lloró, tan fuerte y a mi izquierda, que lo oí entre el partido y me giré para consolarlo.

Cuando terminó el encuentro, quisimos ir al hotel donde se alojaba el Real Madrid para saludar al jugador que nos había dado las entradas, darle además las gracias, pero la salida del estadio era imposible. “Vayan en metro directamente a la estación cuanto antes e intenten volver a Roma”, nos aconsejó alguien. La celebración de la victoria aún no había empezado y la arquitectura fascista-art déco de la Milano Centrale, la estación de tren de Milán Central, estaba vacía. Quién querría irse de la ciudad en un día de la semifinal de la Copa de Europa en el que il Milan había ganado 5-0 al Real Madrid.