Viaje a los mares interiores por Carlos Carnicero

En cualquier sitio se puede expandir nuestro corazón si uno tiene la suerte de trabajar en lo que realmente ama.

Carlos Carnicero
El mar es la mejor percepción sensorial del infinito. Lo pensé por primera vez, hace ya tiempo, en el malecón de La Habana: la bruma del duro sol de mediodía hacía que el horizonte fuera más imperceptible por el brillo y el reflejo de la luz en el agua. Sabemos que al final hay tierra, pero es imposible imaginarlo a través de la vista. Siempre pensé que desde los viejos muelles del río Guadalquivir se huele Cuba, con esa mezcla de sentidos que van de la guayaba a los aguacates de agosto, todo tamizado por una humedad que tiene la culpa de que las mujeres y los hombres nos dejemos llevar tantas veces por las pasiones y los sentidos. Y desde el malecón habanero se siente también la Bahía de Cádiz; pero eso son ensoñaciones promovidas por el corazón partido por las dos orillas del Atlántico.El último fin de semana estuve en Brighton. Fue un sábado sorprendente con mis amigos Sarah, Begoña y Víctor. No hay nada más antiguo y nostálgico que Brighton. Esta ciudad balneario, situada en el sur de Inglaterra, exhibe un músculo lúdico y arcaico; es un paraíso gay y las calles están abarrotadas de gente que deambula sin saber precisamente adónde ir. Músicos apostados en numerosas esquinas demuestran que esta ciudad solo vive para el turismo y resulta bastante difícil imaginar cualquier actividad que no tenga que ver con los servicios: lejos de las urbes de moda, conserva muchas esencias de lo que sin duda fue.El mar es lo que justifica una ciudad como Brighton. El viejo parque de atracciones -que me es familiar desde que leí de adolescente la novela de Graham Greene Brighton, parque de atracciones- está ahí, como si fuera un episodio común de mi vida. Buscamos un pub, un restaurante tan malo en su comida como excelente en sus vistas. Al fondo, una noria bipolar apabullante y el horizonte infinito de un mar que en vez de ser azul tiene el color de la plata. La culpa, seguro, es de la bruma inglesa, cuya luz todo lo distorsiona. Descansé la vista sobre el horizonte. Creo que volveré a vivir a una ciudad con mar o buscaré un mar en cada ciudad en donde viva.Al día siguiente encontré el remedio; mi amiga Begoña me arrastró desde casa, en donde yo me encontraba refugiado al abrigo de mi ordenador -que amenaza con convertirse en una prolongación de mí mismo-, y fuimos a Hyde Park, entrando por el acceso de Knightsbridge, y nos dirigimos directamente a The Serpentine, un sencillo restaurante o bar de comidas al borde del lago.Allí pasé un día realmente delicioso terminando el libro El refugio de la memoria, de Tony Judt. El texto era el complemento ideal para un fin de semana descarrilado de la cotidianidad de mi existencia: un repaso triste, desde el más profundo optimismo, de un filósofo terminando sus días desde una claridad prodigiosa y una generosidad intelectual que no resulta nada habitual en nuestros días.Miré al lago con una cadencia asonante que venía marcada por las pausas ante cada idea terminante, definitiva, sobrecogedora, expectante, que desgrana Judt en su obra póstuma.No era el lago artificial del mayor parque de la ciudad de Londres, sino el infinito concentrado de todos mis mares interiores. Begoña se fue a caminar y yo me quedé clavado en mi silla, sin poder dejar de alternar las miradas entre ese limitado mar interior y las palabras de Judt. Entendí que en cualquier lugar está el mar y en cualquier sitio se puede expandir nuestro corazón si uno tiene la suerte de trabajar en lo que ama. Londres, para mí, ya tiene mar: no sé cuánto tiempo más viviré aquí, pero el último domingo, el descubrimiento de la vocación marítima de la capital del Reino Unido me demostró que no hay que salir corriendo en busca del horizonte porque siempre lo tenemos al alcance de los ojos.