Viajar solo para estar con uno, por Carlos Carnicero

He emprendido una batalla personal contra el exceso de modernidad y contra la cárcel en la que nos mete el progreso.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Tengo nostalgia del papel y de la pluma. De las cartas guardadas en cajas de cartón. Adoro los muebles de IKEA por su diseño y funcionalidad, pero me asusta el vértigo de lo efímero. Me molesta no tener necesidad de una cabina de teléfono. He intentado contar las veces que he cruzado el Atlántico; no lo puedo precisar, pero son más de un centenar de vuelos, seguro. No he hecho nunca un largo viaje en barco. Naturalmente no me refiero a un crucero. Me he movido demasiado rápido. No estoy cansado; solo quiero viajar y vivir conmigo mismo, sin prisa, sin conexiones obligadas, sin citas inevitables.

He decidido emprender una batalla personal contra el exceso de modernidad. Llevo tiempo rumiando sobre esa cárcel en la que nos mete el progreso. Claro, casi todo son ventajas; me refiero al progreso. ¿Será posible una mixtura entre sosiego, progreso y sutilidad?

Lo he sentido escribiendo en un café de Buenos Aires. Allí Cortázar esgrimía la pluma; ahora prolifera la conexión wifi. La conversación es casi siempre telegráfica. Demasiada prisa por llegar a ninguna parte. Todo el mundo tiene una convocatoria imprescindible que le impide sentarse a conversar consigo mismo.

En La Habana siguen resucitando automóviles anteriores a la revolución del 59. No importa que el motor ahora sea Toyota. Ninguno tiene airbag. El aspecto exterior de la urbe sigue detenido en el tiempo. Disfruto de La Habana, pero me causa ansiedad la lenta velocidad de Internet. No quisiera parecer frívolo en un universo de escasez. Empiezo a tener adicción a la conectividad. Me falta tiempo para mí mismo.

Adoro la estética de los años 30; el fascismo destrozó una época llena de esperanza, pero Centroeuropa, en aquellos años, siempre me ha producido una gran fascinación. Nostalgia de lo que pudo ser. Teléfonos en los que había que pedir la llamada. Coches que ronroneaban por carreteras que hoy serían comarcales. El tiempo y el espacio, lentos, sobrios, compactos. Movimientos intelectuales en Viena y París. Pintores de lo imposible. Sueños rotos.

Tengo un plan B para el resto de mi vida. Quizá solo es una ensoñación, pero voy a tratar de culminarla. Adoro estar solo. Camino solo, como solo, leo solo. Es un reclamo de tiempo para mí mismo. He llegado al estadio psicológicamente apasionante de contemplar mi perfil sin necesidad de que alguien me lo confirme. Los psicoanalistas y quienes hayan disfrutado de ese tratamiento saben bien de lo que estoy hablando. El placer de una medida razonable de confort y comodidad con la propia vida sin que surja la ansiedad de un instante tras otro.

Siempre he sido un nómada. He vivido en Zaragoza, San Sebastián, Madrid, Londres y La Habana. No estoy cansado de tener varias vidas paralelas. Lo que me asusta es la dependencia de la velocidad de cada instante. He comenzado a ahorrar para un largo viaje. Digo un año o más de recorrido. Sin plazos. Siempre en barco o en tren; algunos tramos en automóvil. Sin alojamiento reservado. Sin agobios en los plazos de cada estadía en cada uno de los lugares por los que quiero discurrir. Sin depender de una conexión a las redes. Sin necesidad de mandar telegramas por Twitter. He mirado en Internet -al que no pienso renunciar en dosis razonables- y sigue habiendo cargueros que alquilan camarotes para viajeros sosegados. Me gustaría ir de San Francisco a Panamá, de allí a los Mares del Sur y regresar por el extremo oriente, partiendo de Nueva Zelanda.

Novelas de papel, libreta de viajero, maletas de cuero. La imprevisión como carta de navegación. Empiezo a no soportar la sociedad que se está construyendo. No pienso aprender a jugar al golf. No quiero cambiar de coche. He renunciado a la ropa de marca. Mis zapatos solo tienen que ser cómodos.

Quiero tener paciencia para llegar a las últimas estrofas de una canción. Tengo todos los discos de Leonard Cohen. Lo conocí cuando empezaba. Me gustan mucho más los cafés que las discotecas. Los museos son siempre la esperanza de conocer una mujer apasionante, detenida delante de un cuadro hasta que se empiece a desdibujar la pintura.

Reviso mi agenda y tacho muchos nombres. Dejo páginas en blanco para nuevos descubrimientos humanos. Husmeando solo, despacio, sin agobios, cada instante del resto de mi vida.