Viajar sin perder la calma, por Carlos Carnicero

Los viajes sirven para retratar la personalidad. Se refleja el temperamento como en ningún otro ámbito.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

En una ocasión, un numeroso grupo de viajeros iracundos me pidieron que encabezara la rebelión contra una compañía aérea que retrasó su vuelo para hacer unas revisiones técnicas. El clima era de extraordinaria crispación: la mayoría de los pasajeros estaban indignados por perder su primer día de vacaciones. Naturalmente rechacé el liderazgo con la siguiente argumentación. Las razones que esgrimía la compañía podían ser una excusa, pero también había la posibilidad de que fueran ciertas. Y en caso de duda, yo era partidario de que apretaran bien los tornillos para que no se desprendiera ninguna pieza durante el vuelo.

Viajar es un placer rodeado, muchas veces, de contrariedades. No todas las sociedades están igualmente desarrolladas. Si se elige la eficacia absoluta, recomiendo no salir de los países nórdicos, Reino Unido y Estados Unidos. Y naturalmente del paraíso de la perfección alemana, que a mí me agobia. Si lo que se desea es conocer el mundo, hay que estar preparado para que muchas cosas discurran por raíles distintos.

Cada vez creo más en el psicoanálisis con la única condición de que el terapeuta y el paciente sean medianamente inteligentes como para realizar una introspección profunda. Siento no haber grabado mis sesiones -lo que probablemente no hubiera sido ético- porque me habrían dado muchas páginas ya escritas para una novela. La personalidad se puede domeñar. Los rasgos que nos producen inconformidad, con un trabajo ordenado pueden llegar a modificarse. Digo todo esto porque los españoles somos de naturaleza irascible. Hemos estado tantos años privados de nuestros derechos que no sabemos reclamarlos con calma y educación. Pasamos con una extraordinaria facilidad de la sumisión a la bronca, con los insultos correspondientes, que recibe una humilde funcionaria o trabajadora que está tan maltratada, las más de las veces, como los receptores de las afrentas de la compañía. Berreos se les podrían dar a los grandes ejecutivos, pero en ningún caso a los trabajadores que aguantan el chaparrón y la ira de los afectados por la contrariedad.

Sostengo que el gran déficit de educación no está en el informe Pisa sino en la incapacidad para mantener la educación y la calma. Pero haré una confesión: he modulado mi carácter con los años y he aprendido a decir las cosas más duras en un tono bajito de sal -expresión cubana para indicar cuando se protesta con calma- y con una sonrisa en la boca sin proferir un insulto.

Los viajes sirven para retratar la personalidad de quien los realiza. Se refleja el temperamento como en ningún otro ámbito. He tenido compañeros insoportables de viaje a quienes toda circunstancia se constituía en una contrariedad. Ni que decir tiene que los estándares de los hoteles de Zimbabwe no son los de Nueva York. Si lo fueran, no volvería nunca más a ese maravilloso país, porque cuando viajo allí lo que busco es la diferencia. No he pedido nunca paella en el West Side de Nueva York, porque sé que no es una opción geográficamente adecuada. Muchos turistas no se sienten cómodos en la diferencia y recuerdan continuamente las cualidades del jamón ibérico cuando están en la República Dominicana y no prueban los chilaquiles en los desayunos de México, indignados porque no pueden elegir entre churros y porras.

Hay una regla de oro en las contrariedades viajeras. No permitir que un fallo en las previsiones amargue el viaje. Si uno se altera, es uno mismo quien sufre. El dueño del hotel, el touroperador o el piloto del avión pueden llegar a pasar un mal rato durante una algarabía. Pero esa noche duermen tranquilos y no discuten con su mujer, a no ser por otras circunstancias.

Reclamar derechos es fundamental. No perder la calma y ser concienzudo en la persecución civilizada de las reclamaciones es una técnica imprescindible. A continuación, lo que procede es soslayar la contrariedad, buscar una alternativa y archivar lo sucedido como una pequeña aventura de viajero. La perfección constante y sistemática es de naturaleza fascista porque indicaría una superioridad racial de quien la quiere ejercer. Lo razonable es una eficacia compensada. A mí, cuando he logrado domesticar mis instintos, no me ha ido nada mal.