Viajar sin libro por Jesús Torbado

La escasa publicación de literatura viajera en nuestro país significa una gran pobreza intelectual.

Jesús Torbado

En la marea de libros que arrasaron plazas y parques de la mayoría de las poblaciones españoles hace unas semanas, poca fuerza tenía el suave oleaje de los textos de viajes. Ni siquiera las guías, que deben considerarse imprescindibles para asomarse al exterior de la propia casa. Con ahínco se empeñó la industria editorial, desde la feria del Retiro madrileño principalmente, en hinchar los globos de la novela policial escandinava, no tan estelar como se ha insistido; fueron invitados sus horneadores más conspicuos, la dócil prensa aplaudió hasta el estruendo sus creaciones y los señores libreros quedaron satisfechos con la colecta de sus cajas. Incluso esos políticos que se asoman a todo lo que atraiga a los votantes pontificaron bien sobre el asunto.

En la discreta ciudad de León, sin embargo, la docena de casetas plantadas ante las puertas de la casa gaudiana de Botines intentaron enarbolar la bandera de los viajes para dar más sustancia a sus exhibiciones comerciales. No fue un intento fallido, aunque tampoco digno de memoria duradera. El entusiasmo y el esfuerzo de los encargados del festín no recibió el pago merecido. Acudió un buen puñado de personas relacionadas con el asunto, escritores variados, nómadas de vocación y hasta poetas sedentarios, que firmaron sus obras y hablaron de ellas y de otras en una sala adornada de retratos. La atención y el entusiasmo de la parroquia fue perfectamente descriptible. Hasta hubo seguidores que dijeron que jamás compraban un libro de viajes, ni un modesto mapa, pues con preguntar por el camino tenían bastante.

Sin embargo, el de la literatura viajera es un género no sólo muy antiguo, sino desbordante y riquísimo. En fin, una de las obras cumbres de este arte titúlase La Odisea y enormes novelas como la grande de Cervantes están sanguíneamente emparentadas con los relatos viajeros. Esta especialidad literaria, en fin, siempre ha figurado entre las más apreciadas en la mayoría de países civilizados.

No en España. Nunca. Menos ahora. Cuando dejaba de ser peligroso asomarse al exterior, según recomendaban las ventanillas de los trenes antiguos, numerosas editoriales se lanzaron a publicar guías de muchas partes e incluso obras clásicas del género viajero. Poca fortuna tuvieron, especialmente las segundas. Las guías en sus mil formas, libros prácticos y casi imprescindibles, abundan todavía, son solventes y gozan de buena salud. Si no es tan grande su éxito como en otros países, al menos merecen consideración. Aunque se renuevan, amplían y corrigen con mucha tacañería. Pero sigue siendo verdad total que quien se mueva tanto por dentro como por fuera de este castigado país nuestro podrá comprobar qué escasísimos son los viajeros españoles que llevan siquiera una modesta guía en las manos. Ni que quemaran la piel.

El panorama de las otras obras, las de leer reposadamente en el sillón, antes o después de un viaje, o sin perspectiva alguna de viaje, resulta menos halagüeño. Desde hace unos 15 años, unas pocas editoriales lograron ofrecer sendas colecciones estupendas de libros de viaje. Península/Altair y Ediciones B, que incluso acarreaba un excelente premio propio, a la cabeza de todas ellas. Otras muchas generalistas se apuntaron a la jugada, mas hubieron de desistir pronto ante la falta del favor público. Ahora mismo se publican muy pocos libros de viaje en cuanto tales, lo que significa una gran pobreza intelectual. ¿Y por qué? Porque no se compran ni se leen. Si la estadística de los españoles que viajan al exterior es ridícula, la de los que leen produce lágrimas.

Lógicamente, resultado de tales penurias es que son escasísimos los escritores españoles que hoy componen libros de viaje. De cada 200 escritores de viaje británicos (que suelen traducirse enseguida a las lenguas cultas, pocas veces al castellano), ni siquiera podría enumerarse uno en España. Caen de tanto en tanto obras aisladas y tentadoras, relatos de briosas aventuras personales, pero muy pocos. Ni siquiera de aquellos clásicos viajes por España, aquel sueño (y aquella práctica) por el que tanto luchó Camilo José Cela desde hace medio siglo. En realidad, podría decirse que el único que cultiva el género con asiduidad es Javier Reverte, al que justamente se contrató en la feria de León para pregonar sus periplos. Dijo muchas cosas, pero no es seguro que lo escucharan.