Viajar para poder volver por Carlos Carnicero

Los viajes forman parte fundamental de la construcción de la memoria personal. Con lo agotadores que son, la delicia está en regresar a casa y comprobar que las fotografías siguen en las paredes.

Carlos Carnicero

No sé por qué hoy me he acordado de la pensión de doña Rosita, en Querétaro. Ni siquiera recuerdo el nombre de la calle; sólo sé que estaba al final del recorrido de una arteria preeminente que arrancaba en el Zócalo y que era lugar de paso para gentes del comercio.

Quizá me he acordado porque ayer un grupo de amigos me pidió consejo sobre su futuro viaje a México, del que tanta gente tiene una memoria abominable por el caos del Distrito Federal.

El resto del país no tiene nada que ver con la capital. México es un universo de sensibilidad condensado en la esquina del salón de doña Rosita, en un tresillo de mimbre colonial, desde donde la plasticidad de los colores, los adornos -muchos de ellos trasnochados-, crean una atmósfera bohemia, decimonónica y acogedora donde un vaso de tequila, un té con limón o un gin tonic son el soporte suficiente para una tarde de ensoñación.

El resto consiste sencillamente en observar a los huéspedes, husmear la calle y sentir los olores de una cocina que colmada de especias se constituye en unos aromas inolvidables e inconfundibles. Los viajes forman parte fundamental de la construcción de la memoria personal porque cada desplazamiento a un lugar desconocido establece una bóveda de experiencias insospechadas.

Alrededor de cada alejamiento del entorno cotidiano se establecen recuerdos que perdurarán y que, en función del carácter selectivo de la memoria, irán transformando sus detalles en función de la idiosincrasia de las personas. Como casi todo en la vida, depende de la sensibilidad, que es una cosa tan difícil de definir como fácil de entender. Yo más bien diría que hay personas sutiles, capaces de escudriñar en los detalles. Esas son personas sensibles.

Para mí los viajes constituyen el eje de mis evocaciones más placenteras . Mi primera experiencia fue extraordinariamente prematura. No había cumplido dieciséis años y pasé un largo y cálido verano en Italia, cobijado por una organización católica que se dedicaba fundamentalmente a la reconstrucción de iglesias con tanto atrevimiento, que nos permitían, a esa edad, subir por los andamios para darle una mano de pintura a las cúpulas más retiradas.

Realmente la disciplina era mucho más relajada de lo que pudieran sospechar mis padres. Trabajábamos duro durante toda l semana y al llegar el viernes sonaba la campana del final del laboro y cogíamos carretera, en auto stop. Con una inconsciencia propia de la edad, con el sabor de lo prohibido, recorrí el país desde la frontera suiza hasta el extremo sur de la Península de Italia.

Las experiencias de aquel verano abarcan desde un recorrido a la grupa de una motocicleta Harley Davidson en el trayecto de Piacenza a Torino hasta noches durmiendo a la sombra del Duomo de la catedral de Florencia porque el carecer de dinero entonces no era importante. Luego la vida me ha ido permitiendo desplazamientos abundantes, tanto en función de mis dedicaciones profesionales como del disfrute de mis vacaciones.

El oficio de periodista es un lujo para el viajero porque la deformación profesional induce cotidianamente a constituirse en un chismoso de los más pequeños detalles, que es donde se condensan los placeres invisibles pero que son los más entrañables.

Los misterios siempre se desbrozan en una conversación inesperada. Latinoamérica, por la coincidencia del idioma y la cultura compartida, es el nicho en donde uno puede aprender más rápidamente los secretos ocultos; el ambiente mismo está prefabricado para platicar. Establecer relaciones en Argentina, en Cuba o en Venezuela sólo exige el cruce de una sonrisa y la invitación a un café. Si la suerte acompaña a la jornada, a partir del primer razonamiento vendrá el verdadero descubrimiento del lugar que rara vez se refleja en las guías de turismo.

Hay algunas recomendaciones que he recopilado en la memoria de mis viajes y que se constituyen en mis únicas encomiendas verdaderas. La primera es, sin duda, no agotar las posibilidades del lugar desde la convicción de que si de verdad merece la pena el viaje, siempre habrá oportunidad de regresar. Me ocurrió en la Patagonia chilena, en un crucero limitado, reducido de tamaño, capaz de atravesar el entramado de canales que confluyen en el Estrecho de Magallanes.

Terminé el recorrido con la sensación de que quedaban muchas cosas por descubrir, un poco abrumado de pensar que una región tan alejada e inaccesible no permitiría un regreso asegurado. Cuarenta y ocho horas más tarde, y merced a la oportunidad que tuve de acompañar al recién elegido presidente Ricardo Lagos en su primer viaje oficial por el país, estaba yo en los mismos escenarios, esta vez en misión de periodista, recorriendo los mismos lugares que acababa de abandonar pensando que era para siempre.

La vida depara sorpresas que en ocasiones se constituyen en verdaderas oportunidades de futuro . Algunos de mis amigos más sólidos han sido producto del azar en una conversación improvisada en tierras alejadas, y la propia amistad se ha constituido en una razón permanente de volver. Ese es el segundo mandamiento: hay que cultivar, en la distancia, la relación con las personas que te dejan huella. Hoy día el correo electrónico, la velocidad de las comunicaciones y el cariño adquirido permiten que la presencia efímera de un encuentro se constituya en la base de una sólida amistad.

La tercera recomendación es tan simple como una predisposición del alma para adaptarse al terreno, una especie de capacidad camaleónica de evitar la comparación con lo conocido, que induce a probar lo que no está a tu alcance cotidiano. Tengo para mí que me va a faltar tiempo para viajar y que el meridiano de mi existencia me conmina, en ocasiones, a un cierto picor en la punta de los pies como para emprender un viaje cada día.

Al final dicen que la Tierra no es tan grande, pero yo, que tengo un mapamundi en la cabeza, sigo haciéndolo girar para comprobar cuántos rincones esperan una conversación, una taza de café, un trago o simplemente una mirada.

Me gustaría llegar a viejo con ánimo y salud para no quitarme unas zapatillas cómodas, agotar la pensión en cada viaje y apropiarme, por un instante, de todos los rincones del mundo. Porque, además de todo eso, con lo agotadores que son los viajes, la delicia está en regresar a casa y comprobar que los libros siguen en las estanterías y las fotografías en las paredes.