Viajar para equilibrar la memoria por Carlos Carnicero

El viajero no debe acarrear objetos para el recuerdo sino la fórmula de sus esencias para que empapen su existencia.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Los viajes pueden constituirse en capítulos esenciales de la construcción de la memoria tal y como la deseamos embalsamar. Son episodios especiales de la vida al margen de los sucesos cotidianos. Los elegidos, quienes tienen una sensibilidad especial para escudriñar el mundo, poseen filtros en la mirada para discernir los verdaderos recuerdos en cada lugar; se sitúan en cada destino y dejan que los acontecimientos se destilen hasta las zonas reservadas para la retentiva personal de las presencias más valiosas; allí formularán su evocación para constituirla en representación selectiva para siempre.

Al final, cada uno almacena las remembranzas que por la impresión que causaron merecen sobrevivir; lo encomiable, cuando se vaya a extinguir la vida, sería disponer de un último minuto para hacer desfilar, en cadencia cinematográfica, los recuerdos que sinteticen la existencia.

No deberíamos guardar demasiados recuerdos porque su acumulación disminuye la perspectiva: sirven para evocar acontecimientos de la existencia como divisa de sucesos memorables. Conviene ser exigente al recopilar memorias porque el tiempo es esencialmente escaso y nadie garantiza que un último momento de lucidez permita muchos detenimientos. Si lo que abarca la mirada al contemplar los recuerdos de una vida es asumible en tan solo un instante intenso, la selección habrá sido acertada.

Ahora, en las sociedades desarrolladas, casi todo el mundo viaja. Hay mucha gente que deambula por nuestro universo sin darse cuenta de los verdaderos placeres prohibidos: sentir no tiene precio, precisamente por la intangibilidad material de su valor. Hay que desconfiar de las estanterías rebosantes de recuerdos que pretenden atestiguar el carácter viajero de sus moradores.

El peregrino no debe acarrear objetos para el recuerdo sino la fórmula de sus esencias para que empapen su existencia; aprender a percibirlas es un rito iniciático que se sublima a partes iguales desde la curiosidad, la sensibilidad y la humildad de saber que todo está pendiente. Cada viaje es un emprendimiento en el edificio de la vida. Preparar lo que se desea visitar, dejarse seducir por lo inesperado y ganar tiempo con cada tarde perdida en un detalle son elementos para lograr el objetivo: que la memoria se empape de la vida.

Cada lugar tiene un ángulo y un tiempo para observar la médula de las identidades que se pretenden descubrir. Monte Albán, Chichén Itzá y Teotihuacán exigen madrugar, porque el aislamiento y la luz tenue del amanecer infiltran los conocimientos de las civilizaciones antiguas escondidos en sus piedras milenarias. Anochecer cimbreando las lomas de Valparaíso es la condición para descifrar la dignidad de los marinos que agotaron las bordadas, navegando a barlovento, hasta doblar el Cabo de Hornos, cuando el Pacífico solo estaba al alcance de los más valientes. La Toscana puede ser un paseo interminable o el subterfugio para que el vino, el olio de oliva y la luz límpida nos acerquen al alma dormida de una Europa que no se termina de constituir. París está condensada en la luz tamizada por las vidrieras de la Sainte-Chapelle: justo antes del anochecer los vitrales emplomados transpiran la historia de Francia cuando buscaba lugar para un imperio que se disputaría más tarde con lo que quería ser España.

No hace falta tener figurillas en los estantes de la biblioteca ni una foto digital en el ordenador para pretender la sabiduría de un viajero. Una piel sensible basta para purificar las emociones que apuntalan cada viaje, si uno se ha dejado llevar por los aires suspendidos en el trayecto de cada desplazamiento.

Sería pretencioso señalar lo que cada uno debe encontrar por sí mismo. No cabe proyectar magisterios de las maravillas del mundo; todas ellas, hoy en día, están al alcance de una tarjeta de crédito terciada, agazapadas en el mostrador de cualquier agencia de viajes. Ni siquiera procede recomendar ningún destino; las motivaciones para un viaje nunca pueden acomodarse en la sensibilidad de otro. Cada cual tiene que descubrir de qué pasta están hechas sus terminales para detectar la ternura, la pasión o el misterio que esconde cada experiencia envuelta en un destino. Un viaje es una senda tranquila entre cualquiera de los apeaderos que nos permite la existencia, sin otra pretensión que dejarse poseer por las cosas humildes que nos aguardan en todas las latitudes. Al final de todos los caminos solo nos aguarda la muerte. Por eso es importante saber escoger el itinerario más completo.