Viajar limpiando el desamor por Carlos Carnicero

Hay una tendencia generalizada a volver a los lugares que han significado algo desde la nostalgia de un amor perdido.

Carlos Carnicero
Cada vez estoy más convencido de que la vida está compuesta por capítulos de un libro que no sabemos cuántas páginas tiene. Lo inteligente, cuando la experiencia lo permite, es terminar cada apartado saboreando el mejor aroma y olvidando las amarguras. Y cerrar el libro, por un breve espacio, para comenzar de nuevo. Siempre hay un principio.Pensaba en todo esto en el Oyster Bar de la Grand Central Terminal de Nueva York. Quizá uno de los epicentros de la Gran Manzana que condensa mejor el sabor permanente de esta gran ciudad. He estado unas cuentas veces en Nueva York a lo largo de mi vida. Y en situaciones disímiles y con personas diversas. Los recuerdos se superponen como en las capas de formación de la pizarra. Establecen bloques que se pueden desmembrar, analizándolos uno por uno. Lo único que no está permitido consentir es que absolutamente nadie metabolice el sabor de la memoria propia. Siempre he pensado que uno de los conceptos más entupidamente arraigados es el de la media naranja; en la vida las naranjas son enteras y lo único que procede es compartir el cesto durante una temporada o para siempre con otra naranja, pero conservando la individualidad. La mixtura integral por amor produce grietas como las de la central nuclear de Fukushima.Hay una tendencia generalizada a volver a los lugares que han significado algo desde la nostalgia de que se visitaron con amores perdidos o amortizados. No es un disparate siempre que sea un ejercicio de limpieza. Me refiero a que los amores, cuando se acaban, no deben producir metástasis en los archivos personales. Cada instante es único y nada está escrito de que por delante queden los mejores episodios de la vida. Se puede compartir sin perder la esencia de uno mismo y las percepciones deben ser privativas.Es cierto que un amanecer en las ruinas de Chichén Itzá es un revulsivo para toda la vida que puede acrecentarse si la experiencia se compartió con la persona adecuada, pero no hay seguros de eternidad para el amor y lo cierto es que uno tiene que estar preparado para que se termine. Lo que no se controla, no se posee, se administra. Y como el amor es cosa de dos, depende de un consenso básico de los sentimientos y las emociones de ambos. Cuando el acuerdo se funde, el final es inevitable y conviene hacerlo con el menor escandallo de perjuicios. Sin explosiones.Volver a los escenarios que tuvieron una significación añadida por la persona con la que se compartió la experiencia sólo es saludable si sirve para confirmar la teoría de que la vida está compuesta de episodios que se terminan. Como las líneas de ferrocarril tienen una estación término a la que es conveniente llegar con el corazón entero. Y mientras, se disfruta de cada tramo del recorrido.Ahora, en Nueva York hace frío. Es un frío atmosférico que no tiene que ver con el calor de mis sentimientos. Amo esta ciudad en cada una de las noticias que ha dejado en mi disco duro. Todavía pienso que tengo la posibilidad de venir a vivir aquí durante unos años. Siento que hay ciudades a las que uno pertenece. Yo he tenido la suerte de vivir en sitios que amo y donde he amado: San Sebastián, Madrid, La Habana, Buenos Aires y Londres. Esos espacios son los cuadros que han enmarcado cada capítulo de mi vida. Allí tengo residuos nucleares porque no se consumirán nunca, de amigos viejos y amigos nuevos que forman parte de la esencia de cada ciudad. Mujeres que he amado y mujeres que me han amado. Y la enorme satisfacción de la que disfruto es comprobar que puedo volver a cada escenario sabiendo estratificar la memoria. Llegar a este estadio mental me ha costado tiempo, kilómetros, llantos y risas; y también dedicaciones extremas a las personas queridas. Confieso que he vivido, que estoy viviendo, y que haría cualquier cosa por que este libro no tuviera un final.