Viajar, leer, escribir, por Javier Reverte

Tres palabras que amo, cuyo sentido me parece en ocasiones el mismo y que son formas similares de plantearnos la aventura.

Javier Reverte

Viajar, leer y escribir son palabras que amo y cuyo sentido, en buena medida, me parece en muchas ocasiones el mismo. Diría que son formas similares de plantearnos la aventura, una hermosa palabra que rima, y no sólo en español, con literatura, esto es: tanto con lectura como con escritura, que son las dos formas sustanciales de significar el proceso literario. En mi particular imaginario no concibo la aventura como una forma de exponerse al peligro y no me vale, como a menudo sucede con las palabras de sentido cambiante, la definición que hace del término el diccionario de la Real Academia de la Lengua: "Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos". Para mí una aventura es, sencillamente, asomarse a lo desconocido, poniendo en cuestión, por el mero hecho de dar el paso, todo cuanto sabes y todo lo que eres.

Viajar es la forma primera de aproximarse a lo ignorado y ya se sabe que el problema de viajar es como el de las drogas: requiere cada vez una dosis mayor. Viajar supone salir del espacio natural de tu propia vida, de la monotonía del existir, incluso del aburrimiento que propone lo cotidiano. Supone también un ejercicio de libertad extraordinario, ya que los días no se gobiernan por la obligación sino por el gusto e, incluso, por el capricho. Significa, además, hacer cada día algo diferente, encontrar cada jornada nuevos rostros, disfrutar de situaciones insólitas, darte de bruces con una realidad que has soñado y que de pronto se convierte en parte de tu vida. Viajar, por otra parte, y eso es algo en apariencia contradictorio, acorta el tiempo, porque todo lo que encuentras a tu paso despierta tu interés, tu pasión o tu rechazo, logra que, en suma, te sientas arrebatado por los sentimientos. Y los sentimientos alargan el ritmo del reloj del corazón. Sin embargo, quedarte en casa acaba por ser una forma de repetir a toda hora los mismos ceremoniales, impulsa a tu ánimo a correr cuanto antes las cortinas del tiempo, acelera el cronómetro del existir. ¡Qué extraño es sentir, cuando viajas, que el tiempo se detiene ante la vorágine de la vida, mientras que, cuando te quedas quieto, el tiempo vuela! No has salido un año de tu hogar y parece que hubieran transcurrido quince días. Y te has ido quince días de tu casa y tienes la impresión de que hubieran pasado tres meses. ¡Ah, la bondad del viaje!

¿Y qué es leer? ¿Es evasión, como quieren algunos? Ni mucho menos. Leer es una suerte de victoria que se parece enormemente al viaje. Cuando leemos, nuestro yo desaparece y se integra en la historia que alguien ha imaginado para nosotros. No es evasión sino evocación de algo que nos pertenecía y sobre lo que no sabíamos nada. Y es un acto de creación mucho más intenso de lo que podría pensarse. Porque al leer la historia que otro ha escrito, somos nosotros quienes ideamos el paisaje a partir de las palabras, somos quienes ponemos el rostro a los personajes, somos quienes percibimos sus más hondos sentimientos, somos quienes nos emocionamos. Los libros acaban perteneciendo a los lectores, se convierten en una propiedad que no puede compartirse. Leer es crear. Y el gran cómplice, al fin, del escritor no es otro que el lector, porque el libro se realiza entre los dos, se hace digno si quien lo lee entiende a quien lo escribe y si quien escribe respeta e imagina a quien le lee. Además de eso, como en el viaje, el tiempo se detiene siempre ante las páginas del libro. Un telediario dura media hora, una película, hora y media o dos. ¿Cuánto dura la lectura del libro que nos arrebata? Veinte horas tal vez según los relojes; quizás toda una vida en nuestra alma. No existe el tiempo.

Escribir, en fin, no es mucho más que todo eso. Es una aventura de los sentidos, la busca de lo ignorado, un afán por percibir lo que se esconde en ese lado oscuro de la existencia, un intento de explicarse el caos, un empeño por convertir en realidad lo que esconde la vida.

Viajar, leer, escribir... Tres forma diferentes de intentar detener el tiempo y comprender el mundo en el que nos movemos. ¿Inútiles hazañas? Las únicas posibles, como todas las empresas que acometiera hace unos siglos nuestro querido Don Quijote, viajero, escritor de sí mismo y gran lector.