Viajar en el tiempo, por Luis Pancorbo

Luis Pancorbo

Lawrence Schulman tiene mucha razón cuando dice que el tiempo transcurre al revés en algunas zonas del universo. Sin ir más lejos, en esta luna de julio hay quienes se quejan de calor, como si ya no se acordaran de la manta que cayó en el planeta el año pasado. Pero lo que dice Schulman tiene más miga viajera. Teóricamente se podría recomponer un huevo roto a partir de los trozos de cáscara, y volviendo la clara y la yema a introducirse en ella como si nada. Eso no lo he visto, pero alguna vez en el Magreb me ha parecido que el té a la menta, que echan desde una tetera picuda, en realidad no va hacia abajo, sino que vuelve al recipiente. No puedo explicar de otro modo cómo te ofrecen vasos y más vasos y nunca se agota la bebida.
Lo más frecuente es la flecha del tiempo convencional, la que, siguiendo los principios de la termodinámica, va de ahora hacia adelante, desde el huevo entero al huevo que se rompe. Pero con la flecha yendo del revés no habría tanto envejecimiento. De ser muy mayores, canosos y arrugados, llenos de callos y veteranía, se pasaría a ir teniendo la faz de un joven. Otra vez Fausto, Dorian Grey y todos los fantasmas decadentes. Si es por eso, uno propone mirarse en el espejo del rey swazi durante el rito del incwala, que se celebra en mitad del verano para consagrar los primeros frutos en esa zona de Suráfrica. Como dice Víctor Turner, "el bienestar del rey se identifica con el de la nación y ambos exigen periódicos fortalecimientos rituales". Ahí salen a relucir los simbolismos lunares, porque el rey es segregado, y "representa durante su reclusión a la luna en su fase invisible de luna nueva".
El tiempo del que hablamos aquí y ahora no arranca del Big Ben de Londres, y ni siquiera del Big Bang, sino del Big Crunch, que no es sólo uno de esos deliciosos helados con pedacitos de nueces que hacen mucho más soportable el verano. De la explosión inicial del universo, o Big Bang, y de su expansión se pudo pasar a un Big Crunch o gran compresión. Si eso es lo que ocurrió, una contracción, afectaría al tiempo. Así que tomemos pronto el té a la menta, porque en tiempo de contracción no es que se vaya a enfriar el té, es que puede volver a ponerse tan caliente que no haya ninguna manera de llevarlo a la boca.
Me imagino otros viajes a la luz del Big Crunch. En vez de ir a nadar en las aguas calientes de los Mares del Sur, te encontrarías con islas que no han nacido, y con otras cubiertas de banquisa polar. En vez de pasear por el Sáhara lleno de dunas y arenas, vas allá y resulta que eso ha ido hacia atrás y te encuentras en un vergel lleno de elefantes y leopardos, de lagunas y ríos fantásticos.
Luego volveríamos a la realidad, a romper un huevo por el puro placer de verlo recomponer solo. Uno tiraría por fin el odiado jarrón chino al que tiene auténtica ojeriza (el de todo a cien, no el Ming); total, en otro momento se repararía él mismo para volver a aterrorizar los ojos del personal.
Schulman, profesor de Física en la Universidad Clarkson de Estados Unidos, cuenta que puede haber regiones de tiempo normal y regiones de tiempo invertido, y sus interrelaciones no siempre se conocen. Cree también que ninguna flecha del tiempo se destruye, y por tanto es posible que alguna cantidad de otro tiempo estaría como almacenada, o congelada, o latente, quién sabe, en algún lugar de la galaxia. La luz tampoco afectaría a esas regiones remotas de tiempo invertido, y así "podríamos ver a seres humanos... pero los veríamos rejuvenecer constantemente".
De eso se trata, nada de caviares para empastar en la piel en vez de comerlos con blinis; ni de inyecciones de botox, ni de rezos, ni cirugías. Las nuevas teorías físicas permiten acariciar la idea de que un día, cuando todo eso se controle, seamos más jóvenes cada minuto que pasa, y por lo tanto a lo mejor nos encontramos en el barco de Colón rumbo a América. O particularmente -eso se pide uno- en la caravana de Marco Polo, pero volviendo ya de China.