Viajar despacio, por Carlos Carnicero

Ahora que no se tienen recursos, es más fácil tener tiempo, vivir despacio para sacarle partido a lo que no cuesta dinero.

Carlos Carnicero

El tiempo es el lujo más difícil de alcanzar. Elegir las fechas y madurar la duración. O dejar los plazos al azar. Ser millonario en tiempo es más gratificante que disponer de dinero ilimitado; solo con la condición de entender el valor de las cosas sencillas. Existe un ojo de fotógrafo de valor incalculable. Permite almacenar las escenas que al común de los mortales resultan imposibles. Los contrastes de la luz y el color, la fuerza de una sombra o el encuadre que da valor al objeto que se quiere inmortalizar.

También existe un ojo de lo cotidiano. Comprobar ese don es sencillo. Basta con salir de casa con un gran angular en la pupila y detectar lo que no se ve con el paso de la vida. El entorno tiene escondidos secretos que solo los elegidos pueden percibir. La fuerza de una sonrisa sobre la sombra de un árbol, el perfil de una calle sencilla por el hecho de que esté contorneada de paz, el vacío de un desierto infinito...

Viajar despacio inspeccionando lo accesible es un placer en casi cualquier rincón del mundo. Conversar con un desconocido sobre la vida que le ha tocado vivir. Seducir a alguien por el placer que reporta un encuentro fugaz que ni siquiera sea cierto, sin futuro. Saborear despacio la taza del café combinando su dulzura o su amargor con la caída de la tarde. Sentir el susurro del agua al borde del mar o arrimado a una fuente. Cerrar los ojos para adivinar lo que sucede.

Soy un firme partidario de la educación para la ciudadanía tanto como para asistir a clases sobre los sabores de lo cotidiano. Buscar sorpresas con desesperación es acomodarse al estrés de la vida urbana y laboral. Entonces, el café es solo una rutina y la conversación un trámite. El deseo no sirve cuando se colma. Confieso que para todo esto es un privilegio ser periodista, porque este oficio está construido sobre una curiosidad que, si eshonesta, es siempre sospechosa. Conocer por el simple placer que proporciona el almacenaje de una información que no tendrá sentido práctico, pero que conforma el sentido de la vida.

No somos nada en un universo que explota en su demografía, pero cada ser humano encierra datos apasionantes sobre la vida de todos. La única verdad es la muerte. Y mientras llega, sentir los detalles de ese recorrido sin retorno permite ejercer sencillamente de persona.

Tengo algunas ensoñaciones que todavía no he realizado. Un largo viaje sin final en un coche pequeño, sin capota, ligero de equipaje, por carreteras secundarias. Sin otra brújula que el instinto desde el punto de partida. Sin otros plazos que los límites del placer de lo cotidiano. Descubrir una iglesia renacentista en un pequeño pueblo de la Toscana, cenar en una trattoria conversando con los paisanos. Escudriñar en las pequeñas cosas de sus habitantes soñando con que es posible un amor definitivo que nos inunde, escondido a la vuelta de la esquina.

Iniciar el viaje en San Miguel de Tucumán, en el norte de Argentina, deslizándose hasta Caracas, haciendo escalas en el salar de Uyuni y en la falda de cualquier rincón de los Andes. Sentir la diferencia de los sabores del medio millar de papas distintas que se cultivan con los mismos conocimientos desde hace miles de años. Ron de caña sin marca. Pescados de cualquier río y frutas de cualquier árbol. Un cuaderno de viaje que permita almacenar los hechos, sin colores distintos para la realidad y los sueños. Amores fugaces cuando se carece de un amor permanente. Listado de direcciones para comunicar en el futuro, a los transeúntes que hemos rozado, que seguimos vivos: esa es la gran noticia de nuestra existencia porque el final no tiene retorno.

Hace calor en Madrid y la siesta está triste porque la pesadilla cotidiana no tiene final en un futuro negro como la más tenaz de las tormentas. Ahora no se tienen recursos: es más fácil tener tiempo. Vivir despacio para sacarle partido a lo que no cuesta dinero. Confieso que me he convertido a la secta de Slow Life. No sé si es un concepto acuñado. Pero estoy en trámites de sacar patente de esta forma de entender la vida. El café se ha quedado frío porque carezco de ansiedad: solo soy consciente de que todavía estoy vivo.