El verano, entre la albufera y el mar

He ido acumulando raíces en este tranquilo lugar animado por la luz que nace en el Mediterráneo y se acuesta entre los arrozales.

Mariano López
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Foto: Susana Guzman / ALAMY

El poeta y músico Vinícius de Moraes, uno de los padres de la bossa nova, dejó escrito que la vida es el arte del reencuentro. Cuando llega agosto, mi reencuentro se llama El Perelló. Es un pueblo mínimo, entre El Saler y Cullera, fundado junto a una de las tres golas que comunican la Albufera con el mar. Durante más de cuarenta veranos he ido acumulando raíces en este tranquilo lugar animado por la luz que nace en el Mediterráneo y se acuesta entre los arrozales. Los árabes dieron nombre a la Albufera –la palabra significa, en árabe, “el pequeño mar”–, iniciaron sus huertas y también la llamaron “espejo del Sol”. Mis veranos comienzan cuando llego a la Albufera, veo cómo se suceden los marjales y disfruto con la presencia y el vuelo de las garzas, los patos y el charrán común, pariente del ave que recorre 71.000 kilómetros cada año, de las islas del Ártico a la Antártida, el animal más viajero del planeta. 


He ido acumulando raíces en este tranquilo lugar animado por la luz que nace en el Mediterráneo y se acuesta entre los arrozales.


La Albufera, no el mar, es la madre de El Perelló y de los pueblos vecinos. Aporta la pesca y la felicidad de la tierra, el ciclo de vida de la huerta, con su majestad el arroz y los mejores tomates, quizá, del mundo, el caviar de la Ribera Baixa. Ojalá tuviera las aguas como cuando las conocí por primera vez: claras, vivas y transparentes. Ahora no es así, pero me sigue gustando perderme a su alrededor, por la gran llanada de los arrozales y entre las huertas que aportan los placeres gastronómicos del pueblo: los tomates del mercado, la torta de pasas y nueces del Horno del Sol, la horchata y los helados de Llinares, el supremo arroz en paella de Casa Chiva. 

Cada verano, El Perelló me ha dejado un rastro de emociones. Días felices con la gente que quiero y que he querido, bañados por la luz del pequeño mar y del mar grande, impresos en la memoria para siempre. Y sí, creo que tenía razón el poeta brasileño: a veces la felicidad no está en explorar lugares –como siempre había creído– sino en releer, repensar, retornar, viajar con las artes del reencuentro.