Venice, por Luis Pancorbo

Venice es un mundo aparte, con calles asomadas a pequeños canales. Los fines de semana circula por allí un notable gentío en busca de atracciones espontáneas, gratis y para todos los gustos.

Luis Pancorbo

Si alguien está en Los Ángeles y quiere cambiar de chip, siempre puede ir a la playa de Venice. Eso queda entre el elegante puerto deportivo de Marina del Rey y Santa Mónica, barrio donde conviene ser bellos y sanos, y ellas más. Venice es un mundo aparte con calles y callejas asomadas a pequeños canales, aunque muchos ya han sido cegados. Pero no se va a Venice para ir en góndola, ni para nadar en un océano en el que uno se pierde como un corcho con sólo mirarlo. Venice es el sitio para los que desean ir patinando sobre ruedas por media California y parte de Oregón. O para montar en una de esas bicicletas de moda casi verticales que parecen de astronautas. O para los que quieren escuchar un concierto improvisado de hip hop , o deleitarse, como en los viejos zocos persas, con algún personaje que hace algún número, salto o lanza un discurso. Los fi nes de semana, sobre todo, circula por allí un notable gentío en busca de las atracciones espontáneas, gratis y para todos los gustos.

Venice -signifi ca " Venecia " en inglés- es una zona costera del inmenso Los Ángeles que ha sufrido muchos avatares desde que en 1905 fuera fundada por el caprichoso millonario Abbot Kinney, un barón del tabaco muerto de cáncer de garganta en 1920. Un día Kinney viajó a Italia y se quedó prendado de Venecia hasta el punto de querer reproducirla en Los Ángeles sin reparar en gastos. Una historia moderna de lo que el humo se llevó, o una ambición imposible, el caso es que Kinney compró un gran lote de terreno junto al mar, construyó canales, trajo góndolas de Italia y puso un parque de atracciones con un tren propio que hizo furor hasta que vinieron los desastres naturales y su propia muerte. La Gran Depresión hizo que se desmoronaran las últimas instalaciones. Lo curioso es que en 1930 Venice volvió a reverdecer, o mejor, a ennegrecer. La llamada " península de Venice " se perforó con 148 pozos que extraían 40.000 barriles diarios de petróleo. Hoy cuesta trabajo imaginar siquiera ese frenesí cuando uno pasea por algún fragmento limpio de las 18 millas del Ocean Front Walk que va desde Torrance a Santa Mónica.

Si en todo momento Venice es un buen lugar para perderse, más ahora que vienen los cotillones y los augures, las serpentinas y los matasuegras, incluso algunos que dicen que esta es la luna en la que nació Mitra, el dios persa del Sol, o, en su defecto, que este es el tiempo justo en que se conmemora a dioses muertos y resucitados, y no necesariamente cristianos, sino Attis, Adonis, Gilgamesh, Osiris... Pues tal y como decía Campbell, " la muerte y resurrección del dios por doquier se asocia con la luna que muere y resucita cada mes ".

Una mañana de este solsticio hiemal en Venice a uno le permite, por lo menos, retroceder a los años 60. Se ven hippies en puestos que elogian el cannabis, mientras al lado hay personajes que predican la inminencia de Armagedón. Como si fuera el Rastro de las ideas, hay quienes pregonan las virtudes del vegetarianismo junto a los que prefi eren el aún más saludable pacifi smo: ¿de qué sirve comer acelgas bajo el hongo nuclear? Otros, más tierra a tierra, se ganan unos dólares haciendo tatuajes, piercings o dando masajes. Muchos sólo miran y son mirados. O comen ensaladas Caesar bajo la atenta mirada de sus canes orgullosos de haber ido esa mañana a la peluquería. Gordas gaviotas no sacan los ojos de nadie, sino que todo se despliega como en una película de Hollywood con la ventaja de que uno mismo está participando en ella como extra.

Y es que en Venice hay acción y pensamiento para dar y tomar. Los de Atheists United, unos misioneros muy atentos y cultos, tratan de no atosigar jamás al viandante, sino de informarle cortésmente de que ya Thomas Paine, uno los Padres Fundadores de la Independencia, fue un gran defensor del libre pensamiento y que en su obra The Age of Reason lo dijo absolutamente todo: " Cada una de esas iglesias tienen libros que llaman revelación, o la palabra de Dios... Todas se acusan de incrédulas y por mi parte yo no creo en ninguna ".

Un poco más allá de Venice viene Santa Mónica, el barrio donde el gobernador de California tiene su restaurante Schatzi On Main. Se puede fumar, pero a ser posible los habanos que Schwarzenegger no descuida en vender en su lujoso estanco anexo. El gobernador ahora está molesto porque le han grabado una conversación -y se ha publicado en la prensa- llena de prejuicios étnicos y en la que decía sobre una colaboradora: "...tal vez es portorriqueña, o cubana, lo mismo da, todos son muy calientes. Ya sabes, tienen parte de sangre negra y parte de sangre latina...". Todo un christmas. Por lo menos, el gobernador ha pedido disculpas.