Venecia armenia, por Luis Pancorbo

En la isla de San Lázaro viven 15 monjes armenios que cuidan de una fabulosa biblioteca con 170.000 obras.

Luis Pancorbo

Byron cogía su góndola y remaba todos los días hasta San Lazzaro degli Armeni, una islita de la laguna veneciana cerca del Lido. El gran poeta romántico ya había conquistado damas y matices de Venecia, pero le apasionaba descubrir aquel cuadrilátero de tres hectáreas de tierra flotante, una avanzadilla de la exótica cultura armenia en Occidente. Napoleón, que no fue especialmente tierno con iglesias y conventos españoles, respetó al apoderarse de la ciudad de Venecia la cultura local y evitó la destrucción de San Lázaro. Por eso Byron pudo encontrar en la ciudad de los Dogos un floreciente convento armenio de la secta mekhitarista, amén de una biblioteca singular, y un gran amigo como el monje Harutium Avgerian.

El nombre de San Lázaro se debe a que en el siglo XVI se instaló allí una leprosería, o lazareto. Luego fue fábrica de armas y manicomio hasta que en 1717 el abad armenio Mekhitar consiguió la concesión de la isla a perpetuidad. A Byron, "amigo devoto de Armenia", le han dedicado una placa en la isla de sus amores intelectuales, que los otros tenían como escenario de los palacios del Gran Canal. Le atraía la paz que rezumaba San Lázaro, un contraste con esas palpitaciones que produce Venecia, una ciudad donde nunca se sabe qué va a pasar en la siguiente acqua alta. Pocas mañanas de los años 1816 y 1817 falló Byron en su viaje a la isla donde estudiaba armenio. Los monjes no querían que pernoctase en la isla, pero Byron progresó tanto que llegó a hacer traducciones del armenio al inglés de dos epístolas de San Pablo a los Corintios. Y redactó también una gramática inglesa-armenia, siempre con la ayuda de su profesor, el paciente monje Avgerian.

En 1947 se realizó la última ampliación de San Lázaro por el procedimiento de rellenar el mar con tierra. Hoy viven en la isla 15 monjes y tres seminaristas armenios y su mayor trabajo radica en cuidar la fabulosa biblioteca del convento. Tienen 8.000 libros en librerías acristaladas y un total de 170.000 volúmenes. El 65 por ciento de la parte edificada de esta isla se encuentra dedicada a los libros, según el tímido seminarista que enseña el convento. También se ufanan de sus 5.000 manuscritos, muchos de ellos expuestos en la sala Ijpeman. La vida de Alejandro Magno, del siglo XIII, consta de 315 miniaturas, un verdadero gozo en tiempos sin cine.

En la Sala del Tesoro, o Sala Byron, se enseñorea el célebre retrato del escritor de perfil aquilino y con un vaporoso cuello blanco. Entre piezas sorprendentes, hay un sarcófago egipcio del siglo XV antes de Cristo y una momia de cara ennegrecida, con un fabuloso sudario de cuentas de vidrio que forman dibujos de Anubis y otros dioses. En la vitrina contigua han puesto una indescifrable masa de color marrón. "Oh, eso es el cerebro de la momia", dice el guía sin darle importancia. Los egipcios sacaban la masa cerebral por la nariz con un gancho, y se rellenaba la cavidad con alquitrán, aceite de cedro y otras sustancias. El cerebro que, cual pequeña plasta, enseñan en la Sala Byron era de Nenemkhet Amon, un funcionario de Diospolis de cuya momia y sarcófago se apoderaron los franceses en 1825. Todo un tesoro, aunque en Venecia haya quien se pierda por ver los Tintoretto del Palacio Ducal. O por comer un arroz con navajas, entre otros frutos de mar.