Vendimia heroica por Jesús Torbado

Hay que echarle mucho entusiasmo e ímpetu al arte de trepar por bancales rocosos sobre el Sil, como sucede en Ribeira Sacra.

Jesús Torbado

Con tanta exageración patriótica como buen sentido comercial, los viticultores gallegos llaman así a la cosecha de uvas que les va a tener ocupados parte de este mes maravilloso, número nueve. Es cierto que hay que echarle mucho ímpetu y entusiasmo al arte de trepar por bancales rocosos, con hasta 40 grados de inclinación, sobre el remansado río Sil, las cajas de uvas mencía y godello al hombro, como sucede en la zona llamada Ribeira Sacra, remoto y bellísimo paisaje. Es cierto que los nacionalismos inflamados creen siempre que lo propio es único, pero también es verdad que la actividad vendimiadora en esta comarca, añadida a la gloria de esos paisajes lucenses y orensanos, merece sin duda un viaje lento.

El esforzado espectáculo no es propio ni único, la verdad sea dicha, aunque no desmerece de otros de su naturaleza. En una buena parte del recorrido del Duero por Portugal -incluso por los Arribes de Salamanca y Zamora- se practica este duro y feliz alpinismo recolector. También junto al lago Lemán, en Suiza, aunque allí son gente más práctica e industriosa y suben los cestos llenos de uva hasta la puerta de la bodega con la ayuda de unos agitados helicópteros. Y junto al Mosela. También en la Ajarquía malagueña era muy habitual, allí con la ayuda de sufridos borricos. Mas allí, en la localidad de Frigiliana y alrededores, decidieron que no valía la pena tanta fatiga y abandonaron casi por completo las viñas en beneficio de las colonias turísticas.

En medio mundo ahora se intenta matrimoniar el vino con los viajes de placer, desde Nueva Zelanda a Valdeorras, desde la ribera del Duero y del Oja a los mejores parajes de California, Italia y Francia. A la figura le han dado el apodo de enoturismo, que es como decir viajes alrededor del vino. Las posibilidades y los hallazgos son tan numerosos que ya abundan incluso las enciclopedias para describir su detalle. Incluso una película popular se ha rodado en Estados Unidos sobre la cuestión. Pues un elemento común, aunque con ciertos matices, es que el vino ha sabido siempre criarse en unos lugares históricos, bellos e incluso suntuosos. Desde luego, de fuerte tentación.

Así ocurre en Galicia y en el Norte de Portugal, que se han unido ahora para ensalzar sus vinos (el albariño y el verde son hermanos) y de paso dar aire a las muchas riquezas paisajísticas, culturales e históricas de por allí, cerca del Miño y del Sil. Se trata nada menos que de cinco Denominaciones de Origen, además de la portuguesa, es decir, de cinco comarcas distintas entregadas con mucho vigor a la elaboración del vino y ahora empeñadas en que la gente vaya allí a beberlo y, de paso, a disfrutar de las muchas gracias de la tierra en la que nace.

Abundan los dulces paisajes verdes casi asomados a las Rías Bajas o Baixas (ésa es una de las más ilustres denominaciones vinícolas, entregada al blanco y fresco albariño) y a la desembocadura del mismo río galaico; abundan poblaciones históricas como Cambados, Monforte, la judía Ribadavia, en el centro de la denominación Ribeiro, monasterios, algunos reconvertidos en modernos albergues, iglesias góticas y barrocas, pazos innumerables -varios de ellos transformados en bodegas-, deliciosas aldeas de vida sosegada...

El vino empieza ya a convertirse en camino propio, itinerario de sí mismo, y arrastra al viajero, con estupenda mano, a recorrer todo cuanto le concierne. La comida y sus artes no es el menor de los regalos que entrega. Y si cierto es que esos vinos gallegos han alcanzado ya un justo renombre y una personalidad definida, el mundo turístico que pretenden abarcar, lo mismo en Galicia que en la zona limítrofe portuguesa, a partir de Monçao, comienza ahora su andadura propia. Brotan restaurantes en las mismas bodegas, pequeños hoteles relacionados con ellos y toda una industria que gracias al vino organizará su estatura.

No es novedad, claro. Media Europa y comarcas de Oceanía y de América (no desdeñemos a Chile) apuestan por nombrar al vino como punto de destino de modernos viajes. Los trabajadores que estos días trepan junto al río Sil en una vendimia esforzada y sudorosa deben saber que mucha gente será feliz con ello y les agradecerá el esfuerzo.