Valsaín, el bosque para todos

Las páginas de “Leyendas y cuentos del bosque de Valsaín” atrapan cuanto dice ese título y añaden varias rutas con historia.

Luis Pancorbo
 | 
Foto: Ximena Maier

Cuando llega la Luna de las cruces y las calabazas va el recuerdo hacia las personas que se fueron. Pero uno quisiera lanzar también una condolencia por los árboles, los quemados en el último verano de España. Es algo tan fatídico como la peste, esperando que venga la muerte a jugar al ajedrez al hilo de El séptimo sello, de Ingmar Bergman. El bosque ha vuelto a arder en Galicia, en Levante, en La Palma... Los pirómanos se reproducen como la mala hierba. Está claro que en este país hay quien odia de forma escrupulosa a los árboles, aunque otros también tienen enfilados a los toros, y antaño a los gallos de las fiestas que necesitaban sangre física. ¿Diversión o culto? Aquí se quiere un fuego mayor que el de los sacrificios (thysia) de Eleusis. En muchas culturas el fuego fue purificador y a veces las víctimas sacrificiales ni siquiera eran comidas sino quemadas en el altar.

Habrá que preguntarse entonces por qué hay gente que necesita reducir a cenizas el bosque español. Es como si les resultara insoportable la fantasía –erróneamente atribuida al geógrafo Estrabón– de que una ardilla podía recorrer la Península saltando de árbol en árbol.

Pero tomemos la actitud positiva hacia el árbol, que también fue un hermano en España. Parece mentira que la Institución Libre de la Enseñanza durase desde 1876 hasta 1936, sesenta años defendiendo la naturaleza y el rigor científico. Su labor se centró en la sierra de Guadarrama y por eso hay que celebrar los nuevos esfuerzos que evocan ese espíritu. Dos jóvenes biólogos como José Antonio Quirce y Carlos Garbi han recuperado aquel ilustrado espíritu naturalista, tan lleno de conocimientos como de sensibilidad, en su libro sobre Valsaín. Un bosque que tuvo en principio un disfrute privado, para los reyes, para su caza y su pesca, pero que hoy es uno de los mejores epítomes del bosque necesario en España, el bosque de todos y para todos, y sobre todo para los que se sienten concernidos por su belleza y conservación. Un triunfo sobre la vieja tea, el instrumento con el que se quemaban personas, no solo pinos o mieses.

Quirce es el autor literario de las páginas de Leyendas y cuentos del bosque de Valsaín, que atrapan cuanto dice ese título, añadiendo una guía puntual de rutas con historia en esa zona segoviana. También destacan unos bosquejos rigurosos de las agallas de los robles, las libélulas, las truchas... O las jaras, las que dan un jugo pegajoso que los cabreros de Valsaín recogían en la lana de sus animales. Ese polvillo es ládano, una materia que se usó en perfumería con cierta evocación del ámbar gris.

No hay ballenas en Valsaín, pero sí muchos sueños a los que lanzar el arpón del caminante, del curioso por la naturaleza y la historia, esa combinación que a muchos nos convence. Surgen así las historias increíbles, pero reales, que relata Quirce, acompañadas por la fuerza de las láminas, croquis y dibujos de Garbi. El libro es para caminar por lo que se conoce de Valsaín, pero, sobre todo, por lo que se guarda tras una sola excursión. Esconde un mundo de pinares y robledales, de águilas y corzos, de sendas aparte de la más conocida, la Boca del Asno. Y entonces no falla la información sobre cómo llegar a la sierra del dragón (Siete Picos), o para adentrarse otro día por la senda de los frailes. Con tiempo incluso no se descarta dar con el tesoro de Casarás. Pero, si no se encuentra, no hay problema, siempre que se reconozca el canto y plumaje del arrendajo, el pájaro que pone en solfa al bosque.