Vagamundos

¿Hay mayor espacio de libertad que una vida en la que desconocemos adónde van a llevarte próximamente tus pasos?

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Amenudo me preguntan que cuál es mi lugar favorito del planeta y la verdad es que no sé qué contestar. ¡Son tantos y tan hermosos! Podría escoger un rincón de la Toscana, o una isla griega poco habitada, o un pueblo escondido del Mediterráneo español (si es que queda alguno), o una aldea de las tierras altas del Este de África, o un establecimiento del Ártico canadiense, o una jaima en el desierto de Nubia, o –¡por qué no!– Nueva York o Roma. Me gustan tanto la soledad como el gentío, el ruido como el silencio, vivir en compañía o a solas conmigo mismo. Pero, sobre todo, amo la variedad. Una vez, un lector me pidió que le dedicase un libro y que pusiese, bajo su nombre, el lema Mundo es patria. Hice mía la expresión.

Hace una veintena de años, viajando por Turquía, en la entrada del Mármara me encontré con un muchacho surafricano que llevaba unos seis años fuera de su tierra. Llegaba a un lugar, buscaba un empleo, aprendía un poco de la lengua local, lo recorría y, cuando se cansaba, buscaba otro país en donde asentarse. No llevaba apenas equipaje, no poseía apenas nada (ni siquiera una máquina de fotos) y no pensaba volver jamás a Suráfrica. Era el perfecto vagabundo y no pude dejar de admirarle.

De los exploradores cuyas andanzas he seguido a través de sus libros, el que más me fascina es el escocés Joseph Thompson, que a finales del silgo XIX fue el primer europeo en cruzar el País Masai, viajando sin armas y apenas sin askaris que le protegieran, entre Mombasa y el lago Victoria. Enfermó de fiebres y, de regreso a su tierra, aún joven y poco antes de morir, dijo que no se consideraba un explorador ni un hombre de ciencia ni un aventurero. “Solo soy un vagabundo –añadió–. Y si ahora pudiera levantarme, me calzaría las botas y me iría a vagar por África”.


¿Hay mayor espacio de libertad que una vida en la que desconocemos adónde van a llevarte próximamente tus pasos?


Esa es mi vocación primera. Y creo que, si no me retuvieran en España mi familia y mis amigos, me iría para no volver nunca, como el muchacho surafricano que conocí en Turquía. Sería como aquel que entona esta canción: “No me importa saber quién soy, ni de dónde vengo, ni hacia dónde voy”. ¿Hay mayor espacio de libertad que una vida en la que desconoces adónde van a llevarte próximamente tus pasos? Lo dudo.

Por ello, la palabra vagabundo ha comenzado a parecerme poco exacta. Y, además, mucha gente la asigna a esos personajes que abundan en las ciudades, que no tienen en donde lavarse, que pasan las noches en el refugio de los portales y los comercios enrollados en sacos de dormir y que a menudo descansan rodeados de latas de cerveza vacías. No son vagabundos, sin embargo, sino seres desterrados de la fortuna de la sociedad de consumo, míseros representantes de la desigualdad social que nos rodea.

Tampoco me complace la expresión trotamundos. Sencillamente porque es ridícula. ¿Hay que deambular a saltos sobre el mapa para que le tomen a uno por un viajero? Imaginen la escena: un hombre dando brincos de país en país buscando que le consideren algo parecido a un explorador. Patético.

Vagamundos sería la palabra exacta. Dejar atrás lo que fuiste, buscar lo nuevo, arriesgarse en el encuentro de una ignorada geografía, calzarse las botas para no volver nunca a tu patria de origen por el solo placer de escuchar los vientos libres.

Vagamundos..., la hermosa expresión que nos aleja del aburrimiento que propone ese otro estúpido vocablo: cotidianeidad.