Vacaciones slow: así viajaremos en la era post covid

Aunque ya se venía hablando de la necesidad de echar el freno, esta tendencia está ahora más viva que nunca

Noelia Ferreiro
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Aire puro y sensación de distancia con el mundo. Contacto con la naturaleza. Ciudades sin prisas. Lugares donde aparcar el frenético ritmo de vida para entregarse a los placeres sencillos. Todos estos conceptos cobran ahora más sentido que nunca. El cambio en el panorama del turismo ocasionado por la crisis sanitaria del coronavirus se apoya en dos pilares fundamentales: la certidumbre en materia de salud y el regreso a las pequeñas cosas, a lo local, al disfrute lento y consciente. Porque entre las muchas cosas que hemos aprendido de la pandemia, una de ellas, fundamental, es la necesidad de echar el freno.

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El slow travel es la contraposición al turismo de masas, a los paquetes vacacionales, al transporte colectivo, a las escapadas exprés. Es alejarse del estrés de las visitas, de la yincana imposible de monumentos. Es conocer el lugar, la gente, la cultura. Es parar y respirar. Después de tres meses de confinamiento, la conclusión es que queremos viajar, pero sin urgencia, exprimiendo al máximo el instante.

Origen del movimiento

El movimiento slow no es nuevo, aunque en los últimos años haya extendido sus tentáculos a muchos ámbitos de la vida: slow food, slow cook, slow life, slow hotels... Pero antes de que este movimiento aireara las ventajas absolutas de aflojar el acelerador, el filósofo Pierre Sansot ya había advertido de este peligro en su obra Del buen uso de la lentitud. En ella entendió el placer de viajar como “el vagabundeo sin objetivo claro”.

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Después, ya se sabe, vendría Carlo Petrini a universalizar el concepto. Fue a finales de los años 80 cuando en la Plaza de España de Roma abrieron un McDonalds. Aquel ataque frontal a las virtudes de la dieta mediterránea en un país especialmente atento con la gastronomía le provocó tal indignación que decidió emprender su propia cruzada. Nació así el slow food en contra de la comida rápida, del consumo frenético, de la cocina estandarizada. A cambio, había que apostar por la tradición local, por los buenos alimentos y por hacer del buen comer un bien cultural.

La parsimonia de la vida

El slow travel, en los tiempos que corren, cobra un impulso renovado. Porque ver la vida sin prisas también es ganar en salud. Se trata de recuperar la “poesía del viaje” que defendía Hermann Hesse, aquella que hablaba de “experiencias vitales, es decir, de reencontrar verdades y leyes antiguas bajo unas condiciones totalmente nuevas”.

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La experiencia slow se puede vivir en la ciudad, aunque lo cierto es que está más asociada al turismo rural. También a los itinerarios a menudo desconocidos por el gran público y revestidos del encanto de lo intacto. Y a los alojamientos que apuestan por edificios de pocas plazas, integrados en el paisaje y con un compromiso con la gastronomía y los vinos típicos del lugar.

Pequeños placeres

Se trata de huir de la despersonalización de los viajes, de las grandes aglomeraciones sin alma. De optar por hoteles, casas rurales, albergues, eco-resort… gestionados por las gentes del lugar, que son los verdaderos conocedores del destino en cuestión y los que mejor saben guiar por itinerarios inusuales.

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El slow travel es todo esto. La filosofía de un turismo vivo y profundo, preocupado por la conservación del patrimonio histórico, por el respetuoso disfrute de la naturaleza, por la sencillez de las pequeñas cosas. Aire puro, noches silenciosas y sabores tradicionales. Absténganse los estresados.