Ushuaia, por Mariano López

Hoy el fin del mundo ya no es lo que era, aunque la cárcel siga siendo uno de los principales puntos de interés de la ciudad.

Mariano López
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Foto: Jaime Martínez

"Bienvenido al fin del mundo", dice un gran cartel que recibe a quienes se acercan hasta el muelle de Ushuaia, la capital de la provincia argentina Tierra del Fuego, Antártida e islas del Atlántico Sur. El cartel, una iniciativa del ayuntamiento, no es la única señal que advierte de la extrema lejanía -"tan lejos de Dios y de Buenos Aires", escribió Mempo Giardinelli-, de la condición de límite que posee la situación de la ciudad, en el extremo sur del continente americano, junto a un mar cuya siguiente playa, mil kilómetros al sur, pertenece ya a la Antártida. El faro, afamado por Julio Verne, se conoce como "el faro del fin del mundo"; el principal museo local es el Museo del Fin del Mundo, y la mayor parte de las tiendas, restaurantes, edificios públicos y empeños privados, desde un lavacoches hasta una guardería, adornan su nombre con el orgulloso distintivo "del fin del mundo". También la cárcel, el edificio más destacado de Ushuaia.

La ciudad estaba llamada a ser un feliz puerto de aguada para los barcos cuando el gobierno argentino la eligió para acoger un penal. No era una mala idea, pensaron, ni un castigo pequeño: enviar a los delincuentes al fin del mundo. Junto con los presos llegaron los guardianes y los familiares de ambos. Entre todos formaron el primer núcleo urbano. En 1919, Ushuaia contaba con una población de 1.050 habitantes, quinientos de ellos vecinos y el resto penados. Así comenzó a crecer esta ciudad.

Hoy el fin del mundo ya no es lo que era, aunque la cárcel, cerrada a mediados del pasado siglo y luego declarada Monumento Nacional, siga siendo uno de los principales puntos de interés de la ciudad, gracias a los turistas que ahora visitan sus celdas atraídos por los terribles relatos que dieron fama al presidio. La historia, por ejemplo, del preso más famoso: Cayetano Santos Godino, un asesino en serie apodado El petiso orejudo. Los funcionarios creían que el secreto de su maldad estaba en el desmesurado tamaño de sus orejas. Sus compañeros le odiaban por su crueldad con los animales: quemaba los gatos en las estufas y atraía con pan a las gaviotas para atraparlas y pincharlas en los ojos. "Era un tipo jodido", dice Lucas Gastiarena en su Historia de la cárcel de Ushuaia.

Tras el cierre de la cárcel, la economía de la ciudad se resintió. Nunca fue fácil prosperar en el fin del mundo. Aún se divisan, junto al cauce del canal, restos de conserveras y otras industrias fallidas, ahogadas por el frío y la distancia. También se aprecian las señales de enormes disparates. Inmigrantes europeos introdujeron una pareja de conejos poco antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial y veinte años después la población de conejos era de 30 millones. Las autoridades trajeron zorros grises para que acabaran con los conejos, pero los zorros prefirieron atacar a las ovejas antes que a los conejos, a los que solo ha conseguido frenar la mixomatosis. Peor aún ha resultado peor la introducción de los castores, varias parejas de Canadá con las que se pretendía iniciar un negocio de pieles. Sin depredadores naturales, los castores han construido diques, canales y madrigueras por toda la Tierra del Fuego, multiplicándose sin freno: se calcula que ya suman más de 50.000 ejemplares.

Con todo, la mayor transformación de Ushuaia no ha sido industrial. Se debe al turismo antártico, que nació en 1958, con el viaje del buque Les Eclaireurs. Después de aquel barco pionero, los cruceros de Ushuaia a la Antártida fueron muy pocos durante décadas hasta que, a comienzos de este siglo, su número comenzó a multiplicarse. Su progreso continúa: este año, durante el último verano austral, el número de turistas que viajó desde Ushuaia a la Antártida ha sobrepasado los 40.000. El turismo antártico es positivo para la ciudad, para los cruceros y para los cruceristas; es una actividad benefactora, sin duda, pero sus números crecen de un modo que recuerda el ritmo con que se expandieron los conejos y los castores, y son muchos los que opinan que ya va siendo hora de ponerle freno.

Gracias al turismo, la ciudad ha multiplicado sus recursos y sus sueños. El último proyecto, desarrollado con pasión, se llama Nave Tierra y ha sido impulsado por un arquitecto, Michael Reynolds, que acaba de levantar en Ushuaia una extraña vivienda fabricada con neumáticos, botellas, restos de lavandería y latas de refrescos. La casa responde a un modelo que persigue construir por todo el mundo viviendas hechas de basura reciclada y dotadas de sistemas que reutilizan el agua y mantienen una agradable temperatura interior. Quizá estemos ante otro disparate, un nuevo aspirante a formar parte de la colección de fósiles industriales que acompaña la salida del canal de Beagle al mar. Pero también puede ser que estemos ante el comienzo de una gran idea, una forma de preocupación por el reciclaje universal que quiere extender su ánimo y su fórmula por toda la Tierra y que ha hecho bien en elegir, para asentar su primera piedra, un solar de Ushuaia.

El reciclaje del mundo ha comenzado en uno de sus extremos. Junto al faro, la cárcel y el museo. En una ciudad que en un siglo ha pasado de tener vergüenza de su lejanía a presumir de su privilegiado rincón junto al mar, los glaciares y los cóndores. El fin del mundo.

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