Uralsk, por Luis Pancorbo
Una orilla del río Ural sería Asia, y la otra Europa. En ambos lados se esparce la ciudad kazaja de Uralsk.

Uralsk, por Luis Pancorbo / Ximena Maier
Poco antes de aterrizar en Uralsk (Oral en kazajo) las tierras cambian de color como por ensalmo. La estepa se despoja de sus ropajes pardos y el Ural, el gran río que viene del norte, compone con sus afluentes una sinfonía de verdes pantanosos. De pronto sale un meandro del Ural que parece el cuello de un dragón de acero. Una orilla del río, la oriental, sería Asia. Y la otra, Europa. Y en ambos lados se esparce la ciudad kazaja de Uralsk, como Catalina la Grande rebautizó a la pequeña población de Yaitsk. Un lugar fronterizo y rebelde, no en vano lo escogieron los cosacos como bastión en 1773.
El viajero supone que ha llegado a uno de esos puntos del mundo donde lo que más sucede es cierta relatividad. El espacio se esponja y mi tiempo se comprime. En el inmenso Kazajistán (más de cinco veces la superficie de España) hay diversos husos horarios, gentes y costumbres. Otro mundo dentro de la matrioska global. En 2013, en Taksai, a setenta kilómetros de Uralsk, se descubrió un montículo funerario (un kurgan) con un esqueleto y las placas de oro que recubrían su vestimenta. Era de una mujer noble saka o sármata de hace unos 2.500 años. Su engalanado maniquí se expone ahora en el museo municipal sin que le falte un gorro rojo, picudo y tachonado con encajes de oro.
La propia ubicación de Uralsk es una ambivalencia. En el centro, la arquitectura rusa data de antes y después de la revolución. El templo de San Miguel Arcángel, de finales del XVIII, tiene un iconostasio con paneles de azul celeste que alivian tanto santo dorado. Ahí se presentó Alexander Pushkin para recabar del cura datos sobre Yemelyan Pugachev, el caudillo cosaco que se hacía pasar por el fallecido zar Pedro III. La revuelta de Pugachev acabó con su decapitación por orden de Catalina la Grande. Pushkin no se perdió el tema clavándolo tanto en La historia de Pugachev (1834) como en su novela La hija del capitán (1836). Hoy, en la que fue casa de Pugachev, en el barrio de Kuriny, enseñan la jaula donde los zaristas lo metieron prisionero. Pugachev solo podía permanecer de pie, careciendo de espacio entre aquellos barrotes hasta para sentarse.
Esa mazmorra vertical de Pugachev me ha hecho recordar en Uralsk, donde termina Europa y empieza Asia, o al revés, lo importante que es configurar un espacio de libertad personal en este mundo. Aunque hay una buena noticia al respecto. El planeta ha sido dividido en 57 billones de espacios, cada uno con nueve metros cuadrados. En principio todos podríamos poseer una de esas cuadrículas y una dirección fiable, según la aplicación W3W (what3words), inventada por Chris Sheldrick. Y encima se puede poner un nombre a ese espacio único. Mejor dicho, tres palabras, algo más recordable que las coordenadas del GPS. Así se encuentran ya las direcciones imposibles, las calles de Tokio, de la India, o de zonas rurales si no salvajes. Pones tres palabras como emeralds.miss.smooth y eso hace que se te ubique con precisión. Es tu espacio privado en el planeta, 3x3 metros cuadrados, y con un nombre como el citado: esmeraldas.extrañar.suave. Ahí es donde vives, o estás.
En Uralsk tampoco hay pérdida. El mayor río de Europa tras el Volga y el Danubio cuenta con un parque romántico en la orilla ciudadana, y con una reserva de naturaleza en la otra margen. El Ural va veloz al Mar Caspio para completar sus 2.428 kilómetros. Le da fuerza haber nacido en unas montañas, los Urales, donde los continentes se pliegan como papel de liar.
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