Una escritora para una ciudad, por Javier Reverte

Londres solo podía ser retratado en su intimidad por un londinense, en este caso por una: Virginia Woolf.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Nunca he sabido muy bien si una ciudad acaba por determinar el carácter de sus escritores más importantes o si es al revés: que es el escritor quien crea el espíritu de una ciudad, quizás porque sabe mejor que nadie cómo encontrar el lugar más recóndito e íntimo de su alma. En todo caso, por ejemplo, Dublín no se concibe sin Joyce ni Joyce sería nada sin Dublín. Pero el genial novelista irlandés tenía mucho de provocador: en cierta ocasión dijo que, si Dublín era destruido por algún tipo de catástrofe, podría reconstruirse por completo siguiendo la lectura de su Ulises. No era para tanto, urbanísticamente hablando; aunque tal vez sí lo fuera desde un punto de vista espiritual. En su libro está retratada, quizás mejor que en ningún otro, el alma dublinesa.

¿Es concebible Barcelona sin Juan Marsé? A mí me sucede lo mismo que con Joyce: desde una mirada urbanística la Barcelona de los años 50 ha desaparecido. No obstante, yo creo que sobrevive, en cierto modo, su alma cosmopolita y, en gran medida, su entidad mestiza, que es lo que pinta Marsé. No hay nacionalismo cutre en los libros del catalán, sino un hondo universalismo crecido en el retrato de una Barcelona bilingüe. Madrid se debe a los foráneos, a maketos de la periferia como Valle Inclán, Cela, Baroja y Galdós. París, a una pléyade de extranjeros, como Hemingway. Roma, a un francés, el gran Stendhal. Pero Londres solamente podía ser retratado en su intimidad por un londinense, en este caso por una londinense, Virginia Woolf, nacida en la ciudad en 1882 y muerta en la misma urbe en 1941, en plena Batalla de Inglaterra, aunque eligiera para morir, no su amado Londres, sino las aguas de un río del condado de Sussex.

La editorial La Línea del Horizonte es una de esas nuevas empresas literarias que intenta rescatar el buen gusto y el buen hacer de textos clásicos en su mayoría olvidados. Y ha tenido el acierto, recientemente, de sacar a la luz los Paseos por Londres de Virginia Woolf, en una cuidada edición que prologa la escritora barcelonesa Laura Freixas. El libro recoge crónicas de la escritora del grupo Bloomsbury: sus paseos por los muelles de la ciudad, por el interior de la abadía de Westminster, en los alrededores de la catedral de Saint Paul, en la Cámara de los Comunes, por la populosa calle de Oxford Street, por las viejas librerías... "Londres, eres una joya entre las joyas", anotó en su diario. Y añadió: "El encanto del Londres moderno radica en que no ha sido construido para durar; ha sido construido para caducar". A Virginia Woolf le sorprendían, como me sucedió a mí durante los dos años en que viví en la ciudad, esos pequeños camposantos que son como parquecillos y que guardan apenas dos docenas de tumbas en la parte trasera de pequeñas iglesias que uno encuentra en el mismísimo centro de la urbe. "Los únicos lugares tranquilos que hay en la ciudad -escribía- quizá sean estos viejos cementerios que se han convertido en jardines y parques infantiles... Son los más tranquilos refugios de Londres, y sus muertos, los más silenciosos". De los libros de lance que buscaba en Charing Cross Road decía: "Los libros de segunda mano son libros salvajes, sin hogar; se han unido, como aves de plumas abigarradas, y poseen el encanto del que carecen los volúmenes domesticados de la biblioteca". Pero su pensamiento más enigmático y estremecedor escrito sobre la ciudad está fechado en 1924: "¿Por qué amo tanto (Londres)?... Porque tiene un corazón de piedra, por su insensibilidad".