Un viaje con la primera película española rodada en el Himalaya

A lo largo de la primavera de 2011 se ha rodado en Katmandú y Mustang (Nepal) y en Barcelona el sexto largometraje de Icíar Bollaín, "Katmandú, un espejo en el cielo". La primera película española rodada en el Himalaya se estrena el 3 de febrero y narra la experiencia de una maestra catalana a principios de los años 90.

B. Iznájar

Mientras el avión ejecuta la maniobra de aproximación al aeropuerto de Katmandú, por las ventanillas ya se descubre una espectacular panorámica del valle al que da nombre la capital del Nepal. A buen seguro que esta imagen inolvidable fue la primera que quedó prendida en los ojos de la maestra catalana Victoria Subirana (conocida como Vicky Sherpa) al aterrizar en una tierra que la enamoró hace veinte años. En busca de esas experiencias nepalíes que la profesora dejó escritas en su libro Una maestra en Katmandú se fue la realizadora Icíar Bollaín para filmar la primera película española rodada en el Himalaya, que se entrena en España el 3 de febrero.

Para captar las primeras esencias de la personalidad de Katmandú, al llegar a la capital extendida a los pies de la cordillera del Himalaya son imprescindibles dos visitas. El primer destino es la céntrica plaza Durbar Square, un bullicioso nido de comerciantes rodeado por cincuenta monumentos, como Kumari Chowk o el Khastamandap, construido con la madera de un solo árbol en el siglo XV. El animado e interesante barrio de Thamel constituye la segunda parada obligada del viajero porque en él se concentra una amalgama de culturas y una rica variedad de la gastronomía del país. A dos kilómetros al oeste de allí, sobre la colina que ofrece una vista privilegiada del verde valle, el equipo de rodaje es recibido por la nube de monos sagrados que habitan la stupa de Swayambhunath, uno de los más ancianos templos nepalíes. Para alcanzar este santuario budista, pero sagrado para la comunidad hinduista, es necesario superar una escalinata realizada en el siglo XVII. El foco cinematográfico de esta producción española se fijó en las cromáticas telas de sedas con plegarias escritas en sánscrito que bailan al son del viento.

La expedición de la película desciende a la llanura en busca de la vida y la muerte que fluye por el cauce del mítico río Bagmati. Aquí el interés escénico se localiza en el rodaje de las famosas cremaciones nocturnas que se llevan a cabo en la mística ciudad Pashupatinath, en la que destaca el templo hinduista más sagrado del Nepal, la pagoda con techo de plata de la diosa viviente Shiva. Las restricciones religiosas obligan a los visitantes extranjeros a contemplar desde la otra orilla las escalinatas (ghat) que salen del agua hacia el cielo, los ritos funerarios y los pacíficos ascetas (shadus) vestidos de color azafrán. Así que los templos de Bachhareshwari (siglo XI) y el de Ram corrigieron las frustraciones del equipo de producción.

El reino perdido. Sin abandonar los márgenes fluviales, en los escenarios de los barrios periféricos de chabolas de Manohara y Sinamangal se desarrolla gran parte de la acción, donde la protagonista imparte su labor docente a una infancia deprimida pero rebosante de la alegría que produce la pobreza extrema. A unos 14 kilómetros de ese mundo se encuentra la localidad de Bhaktapur, centro cultural de Nepal y ajena absolutamente al trajín caótico de la gran capital, que sirve a la película como localización para mostrar el aspecto ya perdido que la ciudad de Katmandú mostraba en los años 90 del pasado siglo. El Palacio de las Cincuenta y Cinco Ventanas, el templo de Shiva o la plaza de los alfareros constituyen solo una pequeña porción de los encantos de esta pequeña ciudad medieval Patrimonio de la Humanidad. Un vuelo desde Katmandú al aeropuerto de Jomson traslada al grupo hasta el norte de Nepal, donde hace frontera con Tíbet. Es el llamado reino perdido de Mustang, en el macizo de Annapurna, hoy perteneciente a los territorios tibetanos y nepaleses. Su paisaje, agreste y duro, es también protagonista en los planos panorámicos que enseñan aldeas tan interesantes como Tukche y Marpha, centro espiritual y con calles que conservan un sistema de alcantarillado medieval.