Un Tren por Canadá, por Javier Reverte

En un tren o en un barco, uno siente que va hacia alguna parte; enn un aeroplano, la impresión de que le transportan a ninguna parte.

Javier Reverte

¿Por qué amamos los trenes? Es una pregunta que nos hacemos a menudo los amantes de los viajes y cuya respuesta -la mía, quiero decir- ya he formulado alguna vez que otra en esta sección: porque en ellos, como en los barcos de pasajeros que surcan los ríos o los océanos, se viaja a la manera humana. En un tren o en un barco, uno siente que va alguna parte, que existe un destino amable en la lejanía, mientras que en un aeroplano tiene la impresión de que le transportan hacia ninguna parte. En los primeros, el pasajero es protagonista de la peripecia; en los segundos, al menos en mi caso, nos sentimos paquetes carentes de voluntad y de opinión. Eso no les sucede a los pilotos, por supuesto, ni tampoco a quienes tengan la suerte de poder ocupar un puesto ocasional como invitado de cabina. Volar entonces sí que es hermoso, porque significa paladear ese sabor de la aventura que supone retar a las leyes de la física.
Pero hablamos de nuestro viaje como simples pasajeros de tren. El último que realicé con muchos centenares de kilómetros por delante, hace ya año y medio más o menos, me llevó a recorrer casi todo el sur de Canadá, en las cercanías de la frontera norte de los Estados Unidos. Viajaba, pues, de costa a costa, a través de una de las más anchas cinturas de América, en este caso de América del Norte, en uno de los trenes que, a lo largo de décadas, se ha forjado su propia leyenda. Se trata del que se conoció como el Transcanadiense, aunque su nombre real fuera Canadian Railway, y que comenzó su andadura en 1896, después de que el gobierno federal decidiera en 1870 tender una línea ferroviaria que uniese el Este canadiense con las despobladas regiones del Oeste, entre otras razones para evitar una secesión de las lejanas provincias e, incluso, una posible invasión de EE UU, país que se hallaba en pleno expansionismo tras el fin de la Guerra de Secesión de 1861-65. La línea inaugurada en ese año de 1896 contaba con 4.400 kilómetros de tendido ferroviario entre Vancouver (al Oeste) y Toronto (al Este), más una extensión de unos pocos centenares de kilómetros que alcanzaba Montreal y Quebec, en el inicio de la desembocadura en el Atlántico del gran río San Lorenzo. En las décadas siguientes hasta nuestros días, la red ferroviaria del Canadá se ha ampliado hasta cubrir 14.000 kilómetros de raíles y la compañía que puso en marcha la construcción del Transcanadiense, con ayuda del Estado, ha dejado de operar. Pero alquila sus vías a la compañía privada Via Rail, de modo que el ferrocarril legendario del sur de Canadá sigue estupendamente vivo.
Viajar en este tren es, quizás, el mejor sistema para conocer el país. Por una razón: en una nación anclada tan al norte del planeta, donde en consecuencia los inviernos resultan inclementes, la mayoría de la población canadiense se agrupa en la línea de la frontera con EE UU, como si sus habitantes se apretaran en esas regiones templadas durante el verano para darse más calor. Y así, el tren recorre las principales provincias y se detiene en las más importantes ciudades del Canadá: las regiones de Columbia Británica, Alberta, Sashatchewan, Manitova, Ontario y Quebec, ademas de urbes como Vancouver, Jaspers, Calgary, Edmonton, Wineping, Toronto, Ottawa, Montreal y Quebec. Si el viajero quiere conocer al completo el sur del país, puede seguir hasta Halifax, en el Atlántico, muy cerca ya de las costas de la gran isla de Terranova. En el camino, las Montañas Rocosas y las cataratas del Niágara son algunos de los escenarios naturales que uno no debe dejar de admirar, por muy tópicos que resulten. Hice el viaje en unos cinco días. Prefería, en esa ocasión, sentirme viajero con destinos precisos que vagabundo sin prisas por llegar a ninguna parte. Y el Transcanadiense habita desde entonces en el equipaje de mis recuerdos.