Un remanso en Gabón por Luis Pancorbo

El bayonés Pierre Beti suele evocar en su campamento de Nyonie su pasión por el Athletic o por la cocina de su colega Arzak.

Luis Pancorbo
Pierre Beti es un bayonés de Ustaritz que tuvo un sueño y lo cumplió. Como cocinero de la reserva presidencial Wanga-Wongé (del presidente Bongo, de Gabón) sobrevoló muchas veces en helicóptero el estuario del Nyonie. Si era un sitio hermoso desde el aire, pie a tierra reunía caracteres edénicos: una selva donde engordan maderas preciosas como el okumé, y en otros puntos colinas cubiertas de hierbas que hacen las delicias de los pequeños elefantes gaboneses, todo lo cual junto al Atlántico lamiendo playas donde desovan las tortugas laúd. Los cálaos son dueños de los cielos y los termiteros parecen champiñones de barro en campos inacabables. A Beti le pareció una de esas combinaciones del planeta donde uno, si puede, pone el dedo, o el pie, o la cartera, y se lo queda.A Beti (que en euskera significa "siempre") le concedieron el permiso para poner su campamento, una manera de llamar a cómodos aunque modestos bungalós emparedados entre la selva y el mar. Suficiente para reponer fuerzas entre los safaris de la mañana y de la tarde. Y por lo que se refiere a la intendencia, Beti es cocinero ante todo y en calidad de tal tira del libro de Escoffier y borda las patatas Parmentier (con chorizo, además) o unas endivias (chicots dirían los belgas) con bechamel que reconstruyen las energías perdidas de tanto ver pastar a los búfalos salvajes. El vino de mesa llega sin picar, y no falta el pastis para un aperitivo viendo morir las olas verdes del Atlántico en una playa tomada por los cangrejos. Es simplemente Chez Beti, y así lo conocen los residentes franceses en Libreville, la capital gabonesa. Se coge una barca en el puerto y en media hora se remonta el río Nyonie entre manglares. El último tramo se cubre en 4x4 por el bosque. El Ecuador pasa tan cerca que casi parece una cuchilla que te afeita el bigote. Tras un viaje de apenas dos horas, el campamento de Beti ofrece selva y playa sin escatimar. No por eso Beti olvida sus raíces, ni el restaurante La Ferme Gourmande que tiene en Ossés, cerca de Irysarry. Eso queda por Cambo-les-bains, donde vivía Edmond Rostand, el padre de Cyrano de Bergerac. La villa de Rostand se llama Arnaga y es el sueño de todo escritor y de todo hijo de vecino: lujo entre vino y rosas en las colinas vascas. A Beti le gusta ir allí en septiembre, cuando cede el nunca excesivo calor de la costa vasca francesa y empiezan a marcharse los forasteros. Beti también evoca mucho en Gabón el caserío familiar Castorena ("como el sombrero del picador en español"), y se le aclaran aún más los ojos hablando de lo que le gusta el Athletic de Bilbao o la cocina de su colega Arzak. Pero confiesa que cada vez le atrae más estar en Nyonie, casi en la raya del Ecuador, a segundos del Atlántico, y a media hora de un bosque bello, oscuro y lleno de olores que asaltan la pituitaria. Más los aullidos de los monos, los zumbidos, los crujidos, la lluvia constante de hojas.En Nyonie, Beti trata de hacer feliz a la gente que se sienta en mesas con bancos corridos junto a un árbol cuajado de pájaros tejedores. Los colaboradores de Beti se esmeran para que todo funcione a la perfección. El joven guía Benjamin, de La Rochelle, añora acaso el follón y el kalimocho de algunas noches en blanco que pasó en Mundaka (Vizcaya). Helmut, un alemán nacido en Stuttgart, parece oler desde el volante dónde están los animales salvajes tras haber sido toda su vida un maderero. José Luis González Álvarez, un madrileño de Vallecas, piensa también que lo peor de la vida es jubilarse: lleva 35 años en Gabón, y a sus casi 70 años sigue siendo imprescindible como mecánico de vehículos y de las cosas más variadas. O el atento Desiderio, guía a pie del safari matutino, un miembro de la etnia fang de Guinea Ecuatorial que ha tenido que cruzar la breve frontera marina entre Corisco y Gabón para ganarse la vida. El petróleo aún no beneficia a todo el mundo en su tierra. Como fang de Guinea, no tiene problema en entenderse con los fang de Gabón. No solo comparten idioma sino también la idea de lo fuerte que resulta un fetiche de madera sobre un cofre con huesos de un ilustre antepasado.